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Relatos del Valle del Incapur

 

A ti, Ada, mi hija, te dedico estos relatos surgidos de la imaginación, de las charlas, de los paseos y de nuestra amistad.

HUSUR

 

Bastarda, ella era una bastarda.

Se cuenta que la vida de Husur fue engendrada en la cueva que lleva a las afueras del recóndito y oscuro lugar llamado Valle del Incapur; que sobre una roca, dentro de la oquedad, su nombre fue grabado por su madre justo antes de darle a luz:

Husur, la bastarda del herrero.

Se cuenta que el ser que había tomado a su madre, no por la fuerza, sino a fuerza de hacer que su mente se doblegara a sus deseos tras someterla a un constante sonido repiqueteante de voces que la habían guiado hasta el lugar y que le habían hecho sentir su vientre palpitar, salió del subsuelo a través de las grietas siendo, su primera forma, informe, sin contorno definido, cuál líquido desparramado por el suelo, pero blanco, de un  blanco puro.

Cuentan que, después, en silencio, ante la absorta mirada de Mar (la mujer del herrero), fue tomando forma de hombre, haciéndose sólido en contacto con el aire; dicen que los miembros inferiores de aquello se movían de manera que parecían elásticos, que sus brazos se alargaron hasta tocarla a una distancia de varios metros; se cuenta que su rostro era albino y deforme, que cambió de anchura, altura y expresión hasta tomar una forma definitiva que parecía ser humana, sin serlo; dicen que, desnudo, tal cual había sido generado por la tierra, se acercó a la mujer, que no sabía quién o qué era aquel ser nacido del interior de la montaña, supurado por ella, y la subyugó y la tomó con violencia con un órgano eréctil cuyo grosor agredió su sexo hasta romper los capilares de las paredes vaginales, cuya textura y sabor eran rancios y ligeramente dulzones, y que explotó segregando millones de esporas de leche blanquecina dentro de ella. Se cuenta, como final, o como principio a fin de cuentas, que después aquella cosa tuvo a bien deshacerse en el aire y caer como polvo de cenizas sobre el suelo de la gruta oscura y húmeda: cenizas blancas fluorescentes que impregnaron aquella sima, y que hoy en día todavía pueden verse sus restos; dicen que la mayor parte del engendro fue absorbido por la tierra sin más razón aparente que su pertenencia al interior de la misma.

Mar lo dijo, dijo todo aquello, tras despertar en su casa sin haber sido vista por nadie aquella noche, la misma en la que relató cómo engendró a su bastarda, Husur.

Nadie la creyó, el herrero tampoco.

La vida de la niña blanca fue algo completamente monstruoso, nadie la quiso, solo su madre, Mar. Y pasó que el tiempo pasaba para los habitantes del Valle, y que para Husur, que era menudita y blanquita, el tiempo era mucho más lento que para el resto. Y creció despacio pero robusta a las afueras del pueblo, no reconocida por su padre, el herrero, pero amada por su madre a pesar de su origen incierto y onírico en sus recuerdos. De cría, la amamantó. Creció lenta, pero creció. A pesar de que más de una creía que de los pocos meses no pasaría.

Sola, Husur amontonaba soledad en las horas de los días y, de noche, recorría el pueblo de sus padres para comer algo que los paisanos dejaban siempre apartado porque sabían que la bastarda pasaba hambre y miseria. Puede ser que alguien la viera rebuscando en desperdicios y llevándose a la boca cadáveres de conejos muertos y, desde entonces, se forjó su fama de monstruo carnívoro, de carroñera. Y quizá lo era… o no. Quizá solo fue una ilusión o un deseo colectivo de achacar todos los males a Husur. La blanca bastarda.

En el río del Incapur, que nacía de la gran montaña que obturaba el paso hacia el resto del condado, de aguas cobrizas por las minas de cobre, cuyo color ocre parecía darle un gusto amargo e insalubre, se bañaba la blanca Husur, observada por los demás críos del pueblo sin emitir ni un solo suspiro por el qué dirán de los mayores. A ellos no les hubiera importado bañarse en él, con ella, pero era peligroso por su rugiente potencia y por su más que posible toxicidad para la piel, ojos y narices de los mocosos. Husur salía del agua con su cuerpo blanco, dorado, sus cabellos blancos se tintaban de bermejo y parecía que el sol la dañaba menos, al menos eso le parecía a ella. Y repetía su húmedo devenir en el río que la vio crecer cada mes, fuera verano, fuera invierno, porque en el Incapur solo dos estaciones hay, el resto desaparecieron por carecer de importancia para sus gentes. Con el transcurrir de innumerables años de estaciones inserviblemente cíclicas solo una estación climática se impuso en su lucha por mantener el lugar aislado del resto de la humanidad. Humedad, eso necesita el Valle. Y el tiempo se la dió.

Opp, el muchacho mayor de Don Ugbert, el de los viñedos, la vio un día en medio de las aguas, y se contuvo de acompañarla emitiendo un suspiro en el que exhalaba un deseo infantil de puro amor irracional. Escondido de las miradas de los adultos, se acercó lentamente, y por fin se desnudó mientras ella le miraba con grandes pupilas dilatadas y rosadas. Opp se bañó en el río rojo con Husur. Acarició su cuerpo delicado cuyo tacto apergaminado le sorprendió por ser áspero y seco, aun dentro del agua. Opp se asustó, se apartó, salió del agua y se alejó para siempre de Husur pues supo, por su textura y su olor, que no era humana. Opp fue su perseguidor, a pedradas se desquitó de su decepción durante años.

Creció sola, Husur. Golpeada y sola. Apedreada y sola.

Su madre la acompañó hasta su propia muerte aunque solo algunos días, a algunas horas intempestivas. Horas suficientes para mostrarle un poco de afecto y proporcionarle algo de comida. La muerte le llegó a Mar de manera temprana y, a una edad de doce años, Husur quedó huérfana de madre. Pero la edad para ella no era la misma que para el resto, por lo que aprendió que la soledad forzada era mejor que la compañía de los extraños hombres cuya distancia emocional era cada día más grande, y cada año más extrema.

Husur quiso llorar cuando su madre murió, pero no pudo, sentía una gran conmoción en su conciencia de niña abandonada, solitaria, rechazada, pero no pudo. El dolor se perdió en su interior, como todo lo demás. Y con su cabello blanco, su piel blanca, su cuerpo ninfeo y su boca grande cuyas comisuras llegaban casi hasta las orejas, la pequeña Husur creció hasta tomar gran altura, tanta, que sobresalía por encima de la cabeza del hombre más alto del lugar, Joco, que era más alto que cualquiera de los anteriores hombres más altos del Valle.

El temor se apoderó de los lugareños poco a poco. Era normal temer a aquel engendro de mujer que no parecía ser un ser humano. Muchos pensaron que Husur se quitaría la vida o se marcharía a otro lugar, o quizá que andaría alejada del pueblo, en los enmarañados y negros bosques de los alrededores del mismo sin causar más trastornos a sus habitantes. Eso vinieron a pensar cuando Mar murió. El herrero quiso, entonces, acogerla dentro de su hogar, arrepentido de verla padecer en aquellas condiciones salvajes, y por su mala conciencia para con su mujer, pero para entonces, Husur, no le reconocía como progenitor. Hacía tiempo que se introducía en la cueva de la que se cuenta que su propia madre contó que Husur nació, y comenzó a pasar largas horas diurnas y nocturnas en ella. Jamás se supo si era cierto o no, pero los sonidos que emergían de la gruta eran algo como del mundo exterior…. reales o no, eso jamás se verificó. Los del pueblo decían que varias voces sonaban al unísono, la de ella era audiblemente reconocible, porque todos la habían escuchado hablar en alguna que otra ocasión, pero más voces farfullaban o decían cosas en un lenguaje irreconocible que quizá ella misma inventó.

El tiempo la fue convirtiendo en un ser espectral que recorría los bosques y calles del pueblo en las noches, y sus entradas en la cueva de la gran montaña del Incapur, la fueron alejando, en su fisionomía, del árbol genealógico humano, apareciendo ya en los últimos avistamientos con las pupilas totalmente blancas, como veladas por un pañuelo de seda fino. Si veía más allá de la oscuridad nunca nadie supo decirlo. Pero comenzó a corretear a cuatro patas y olisquear cual alimaña las sendas y rastros de hombres y sus animales.

Era ya, Husur, la bestia.

Un día negro como el mar negro de los bosques. Un día en el que un vecino escuchó un estruendo ensordecedor proveniente de la gran montaña y cuya voz de alarma asustó a todos alrededor: el coloso de piedra color viñedo, comenzó a desprenderse amenazando con sepultar todo aquel valle peculiar. Algunos, mirando hacia la montaña, creyendo que un terremoto la estaba haciendo caer sobre el pueblo, vieron a la hija del herrero junto a un hombre blanco, muy alto y algo desproporcionado, desprendiendo grandes riscos de piedra que arrancaban, sin esfuerzo, y lanzaban como si de pelotas de un juego macabro se tratara. Y ambos parecían sonreírse sin importarse de nada. Solo jugaban. Y supieron los lugareños que su padre había venido a por ella y que le enseñaba que los humanos eran seres de poco fiar, a los que debía castigar por su trato humillante y desigual.

Así el susto, el miedo permanente se les metió desde aquel entonces a los Incapureños del Valle en el cuerpo. Otro día, ambos seres, ya de madrugada, construyeron una presa en el río, acumulando tantos hectolitros de agua como les fue posible y rompiendo el dique de manera abrupta, inundando el pueblo y anegando sus calles, haciendo que los paisanos sufrieran, no solo por el gran desastre material en sus casas sino por las enfermedades que el río tóxico traía consigo. Era, además, un veneno para los pocos animales domésticos del lugar: las cabras.

Y los desastres no pararon desde entonces, sumiéndose el valle en una época de profundo terror hacia esos dos seres, ahora extraños, y hacia aquella montaña que durante las noches emitía sonidos desgarradores y que amenazaba con derrumbarse sobre el pueblo. Unos meses después todo cesó repentinamente. El Valle estaba siendo abandonado por los habitantes, cansados de los destrozos, de las terribles desgracias y de las desapariciones de niños que comenzaban a padecer. Y fue en ese álgido momento de horror cuando la montaña quedó enmudecida de manera repentina.

La primera hornada de seres albinos del Valle del Incapur estaba a punto de ser lanzada. Gort, el cura, subió con un grupo de hombres ataviados con azadas, horcas, guadañas y demás aperos de labranza usados para la ocasión como armas contra Husur y su progenitor intraterrestre, del cual nadie sabía qué o quién era realmente. Al subir un trecho la ladera de la descomunal montaña frontera, el silencio se hizo absoluto.

La nada parecía alzarse sobre la montaña con su altura.

Una vez en la boca dentada que era la entrada a la cueva, Gort, avanzó con antorcha en una mano y azada en la otra hasta el interior. Los otros esperaban inquietos afuera. Unos instantes, y volvió de las tinieblas, blanco, mareado, con ganas de vomitar.

Vomitó al dar, la luz del día, en los ojos del cura a la entrada de la cueva, mientras los demás se miraban atormentados de no saber qué imágenes u olores le habían producido aquel estado nauseabundo.

—¡Hay cuatro niños, cuatro niños ahí adentro, medio enterrados! —lloraba, Gort, lloraba, pues las caritas que acababa de ver eran las caritas de los niños a los que tanto quería.

“Entremos”

Gritaron todos al unísono.

Pero Gort les apaciguó:

—¡No, hijos, no! Lo que hay allí adentro no se combate con armas de este mundo, debemos prepararnos para una invasión de seres del interior de la tierra. No sé si serán demonios. Es posible que lo sean… pero son blancos como la leche y se posan sobre los cuerpos de los niños. Me recuerdan a los hongos, toman de ellos el alimento y hacen copias idénticas. ¡Por cada niño, una copia, a su lado, está emergiendo del suelooooo!

Asustados, retrocedieron un poco de la entrada del agujero en la roca. Alguien parecía observar desde el interior. El padre de Fuytu, uno de los niños desaparecidos, iba en el grupo, y entró sin preguntar nada y sin mirar atrás. Gort le gritó que por Dios no lo hiciera… Pero Dios no estaba allí en aquellos momentos o quizá tenía asuntos más importantes que resolver.

Sus gritos de dolor fueron como hondos mugidos animales y con el cuerpo de su hijo en brazos, vacío de vida, salió de la oscuridad arrastrando detrás, sin darse cuenta, el otro, el cuerpo blanco a medio terminar de Fuytu por el suelo cobrizo, manchándolo de tierra, de hojas secas de los alrededores de la entrada de la cueva. Niño y copia unidos por una espesa bolsa blanquecina de gelatina a modo de matriz. La bolsa se estirajaba y cuarteaba al arrastrar el peso del cuerpo por el suelo. Este no se movía, parecía no tener vida, su densidad era distinta a la de los cuerpos humanos reales y sugería un menor peso que el del cuerpo real que aquel desgarrado padre llevaba en brazos. Toda la parte posterior, desde la cabeza hasta los talones de Fuytu, desprendía aquel manto hacia el otro cuerpo. El padre estiraba para romper aquella aberrante unión, pero aquello se tensaba de tal manera que no se rompía ni cuarteaba sino que dejaba entrever zonas menos densas y casi transparentes con formas geométricas diversas junto a las más condensadas y redondeadas de los bordes. Redes de capilares blancos y diminutos irrigaban de savia  todo aquel conjunto matricial biológico desconocido. El padre lloraba ahora sin gritar, compungido.

—¡Husur! —Dijo el padre, y cayó de rodillas ante el grupo de hombres conmocionados y de un cura que había dejado de creer en Dios, minutos antes.

No tenían agallas para entrar, pero no hizo falta, Husur, a cuatro patas, salió de repente de su escondrijo en la cueva y saltando sobre el padre de Fuytu desde sus espaldas, le mordió el cuello con un bocado amplio que abarcó todo el lateral derecho, con dientes blancos y afilados como escualo, arrancando tras la dentellada carne, nervios, arterias y tendones.

El hombre cayó con ojos abiertos sin mirada definida, perdida en la espesura del negro bosque de enfrente de la montaña. No pudo emitir un sonido de dolor, no dio tiempo a  que su cerebro respondiera: el padre de Fuytu moría ante el horror de los otros que salieron en espantada, ladera abajo. Un golpe seco en el suelo terminó con él y con cualquier otro sonido que no fuera el de Husur adentrando los cuerpos hacia el interior de la cueva con dentelladas de rabia y agarrando los cuerpos con aquellas manos entre humanas y bestiales. Unas manos delgadas pero firmes, con una especie de cobertura semejante a una raíz de árbol, sin color, que le daba aspecto de exoesqueleto irrompible, fuerte y flexible. Husur arrambló con una fuerza descomunal ambos cuerpos, que fueron introducidos a la oscuridad de la oquedad. Una oscuridad absorbente y espesa con olor a humedad pastosa.

Gort miraba.

Fue el único que no se pudo mover. Y no era valentía, como él mismo se reconocía, sino imposibilidad de comprender qué era aquello que acontecía delante de sus perplejos ojos, ahora incrédulos de la misericordia, y crédulos del horror. Sus brazos caídos a los lados de la sotana raída demostraban su impotencia ante la aberrante ignominia. Necesitó unos segundos para salir del aturdimiento en el que su cuerpo se había sumergido en contra de su férrea voluntad. Su mundo se derrumbaba, sus gentes estaban siendo aniquiladas, su Fe era ahora un impedimento para la supervivencia. Decidió dejar a un lado todo, todo pensamiento racional y aceptar aquello que sus percepciones le dictaban y, acercándose de nuevo a la sima abierta a ese otro mundo bajo la tierra, creador de una nueva especie en este mundo, Gort, se quedó de pie quieto, esperando alguna respuesta, algún ataque, algún acontecimiento. Porque tras la estampida de los hombres, llegó una calma tenebrosa, extraña, que helaba el tiempo y los alrededores del cuerpo de Gort. Aquel frío comenzó a entrar por debajo de su ropa oscura. Miró hacia abajo.

Todo el pueblo subió la ladera armado hasta los dientes. Las familias enteras, menos los pocos niños que todavía quedaban vivos, se acercaron armadas y resueltas de nuevo a la cueva. Cada uno como pudo, con herramientas y objetos de uso cotidiano. Pero se pararon en seco ante una figura recortada en la entrada de la cueva. El cura estaba de pie ante la abertura en la roca, dándoles la espalda. Su sotana era movida por la brisa que, de manera antinatural, salía de la oquedad y que hacía bailar el dobladillo en una especie de danza alrededor de su calzado. La coronilla de Gort se perfilaba nítida en su cabeza erguida. Una suerte de escarcha cubría ligeramente el cuerpo del cura.

Todos miraron extrañados la figura. Parados a su alrededor, las caras de los paisanos se transformaban en muecas retorcidas, narices arrugadas, ceños fruncidos, bocas de asco, asombro y miedo.

Gort tenía toda su parte frontal cubierta de una espesa capa blanca, mucosa y pegajosa, que se iba expandiendo por todo su cuerpo. De cerca se observaba el crecimiento de aquello que desde la lejanía parecía escarcha. Aquella cosa se multiplicaba sobre él en segundos. Estaba muerto, de pie, rígido, como si el rigor mortis le hubiera sobrevenido de manera oportuna para mantenerlo en esa postura tan antinatural al dejar de respirar. Toda su cara estaba revestida de aquello, sus facciones se mantenían intactas en mueca de dolor grotesco.

Delante de él, en la oscura abertura de la cueva, en la línea que separa el adentro y el afuera, estaba la bastarda, con su cuello abierto de par en par y una especie de bolsa sebosa que sobresalía abierta colgando pendularmente sobre su pecho. Detrás, en la noche de la cueva, estaba aquel que la engendró dispuesto a abrir su propio receptáculo instalado entre cabeza y pecho para emitir una gran cantidad de esporas que infectarían a los aldeanos.

Gort estaba muerto.

Todos los vecinos corrieron colina abajo de nuevo, intentaban huir, asustados por el terrible fenómeno que acababan de presenciar. Arriba y abajo, montaña y valle, aquello  parecía nunca terminar.

Husur, la bastarda del herrero, introdujo hacia la cueva el cuerpo vacío de vida del cura, repleto de esporas.

Se tenía que tomar alguna medida extraordinaria, o aquellos dos seres iban a acabar con el pueblo entero. Entonces el herrero tomó una decisión. Él sintió que la culpa comenzaba a atorarle el pecho. Quizá si la niña hubiera sido criada como humana…  aquel engendro no se la hubiera ganado fácilmente, pero los humanos no eran ya su familia pues la habían rechazado, humillado, abandonado. La bastarda había sufrido mucho. Hambre, frío, soledad.

“Todo, todo culpa del herrero”, se dijo a sí mismo.

Y puso su forja a pleno rendimiento, y con el poco material que todavía le quedaba, forjó una daga en cuya aleación introdujo arsenolita. El herrero enfundó la daga y subió la montaña, solo. Los del pueblo se encerraron en sus casas temerosos de los dos demonios de la montaña. La oscuridad parecía seguirle como advirtiéndole de que aquello era un viaje sin retorno. Y pensó para sí mismo que debía morir en el intento de matar.

Era de justicia.

De nuevo el silencio era el rey. El herrero sabía lo que significaba en realidad. Le esperaban. Esperaban un ataque, una revancha. A la entrada de la oscura gruta el herrero echó la última mirada hacia el valle. Nunca más volvería a él. Unos segundos y ya percibía cómo era observado desde la oscuridad insondable. Algún movimiento furtivo parecía que rompía la monótona insistencia de la nada y el silencio.

Un atisbo de lágrima se insinuó en sus ojos. Pero no dio tiempo, Husur apareció felina ante él. Ya nada quedaba de su humana forma de niña medio humana. Era tan blanca que resplandecía aun sin luz de luna o de sol; tan contrahecha que más se asemejaba a un gato grande que a una mujer; tan desgarbada, tan sucia, tan descuidada, que iba más bien desnuda y, sin embargo, algo cubría su cuerpo, cuya apariencia ya había dejado hacía mucho de ser humana; manos palmípedas, boca gigantescamente abierta en fauces dentadas, ojos blancos, pelo enmarañado sobre el cuerpo, sobre la cara…

El herrero no pudo llorar.

Sacó su daga en un vano intento de matar a su bastarda. Husur y él cayeron al suelo rodando hacia el interior de la cueva. Él, clavó su daga envenenada, ella sus dientes en el cuello del mal padre humano. La entrada de la cueva se estremeció como rugiendo por un dolor, un dolor que no sintió el herrero, que no sintió Husur, un dolor, el de su padre verdadero, que en un desesperado ataque de odio despedazó aquella entrada hacia el mundo de los hombres, pues su amada hija había sido asesinada por quien jamás la amó. Un derrumbamiento colosal comenzó a desmoronar la montaña. Un terremoto. Escucharon abajo un rugir de piedras enfadadas con el mundo. Y aquel ser intraterrestre cerró el portal que daba entrada al Valle del Incapur,  hasta que su dolor disminuyó, siglos después.

Así se cuenta en el Valle, así debió suceder, porque lo que vino siglos después se asemejaba a la leyenda que vuestros ojos acaban de leer.

 

 

 

 

 

 

EL INGENIERO

 

Valle del Incapur

 

—Hoy he soñado algo completamente extraño, ¡puf! No es que fuera una pesadilla, más bien diría que me hacía sentir de, alguna manera, bien, no sé… pero era raro, muy raro —Conrad sorbía café americano y hablaba con Tina, su pequeña y graciosa mujer, de ojos grandes hundidos en grises ojeras, que la hacían tener una mirada penetrante; de piel blanca, y boca perfilada y cuya naricilla pequeña, algo alzada y graciosa se asemejaba a la de un duende de los bosques que le miraba embobada por el sueño acumulado tras días de insomnio.

—Creo que es normal, Con, yo estoy igual —unas lágrimas asomaban contenidas en los párpados inferiores de los ojos negros de la mujercita.

—Lo sé joder, lo siento —con compungido gesto se acercó a Tina, que estaba sentada frente a él, al otro lado de la mesa de la cocina de tonos beige y blancos marmóreos, donde desayunaban si había tiempo.

—No soporto esto, no sé si voy a poder, Con —arrancando a llorar sin compasión más que por ella misma, Tina se desbocó en gemidos que atrajeron a su marido de manera inquietante para él, pues sufrió una erección inesperada.

—Lo sé… cariño ¡Ey…! —y tomándola con sus dos manos por las mejillas, la besó con dulzura y algo de lascivia, mientras las lágrimas  entraban a formar parte de la lubricación entre los labios de ambos.

—Vete, estaré bien —Tina deseaba estar sola. Aunque amaba a Conrad, la pérdida reciente era excesiva para ella y un vacío casi sombrío, que horadaba su pecho, le impedía sentir las cosas como antes.

—Si te encuentras mal, llámame. Hoy salgo hacia el Valle. Sabes que estamos en el kilómetro 468 y que allí, entre aquellas montañas tan altas, a veces no hay cobertura. Si ves que te encuentras muy mal llama a Jake, estará en Dinhur, allí sí hay cobertura. Él me avisará —miró a Tina, mientras decía todo aquello sabiendo que ella estaba en otra cosa. Ni siquiera había podido contarle su pesadilla.

—Sí. Tranquilo, ve… — y con su taza de café, su pijama blanco y su cara de tristeza, Tina se fue de nuevo a la cama dejando a Conrad solo.

Ferrocarriles, puentes, diques, canales, presas, puertos, aeropuertos y, como ahora, carreteras que conectaran unos lugares con otros. El país estaba muy desarrollado en lo que a infraestructuras se refiere, en casi todos los condados habían carreteras nacionales y autovías, ferrocarriles, aeropuertos… menos allí, en el condado del Incapur. Y la causa de esta falta de inversiones no era baladí pues la zona era tan sumamente escarpada que se hacía complicado entrar con la maquinaria pesada suficiente y adecuada para horadar la roca y construir sin el peligro de una alta siniestralidad laboral (tanto de peones de obra como de maquinaria pesada que, más de una vez, había quedado atrapada e incluso se había desplomado por algún terraplén de suelo poco firme). Pero otra causa era más importante aún que la primera: los habitantes del Valle no pagaban impuestos desde hacía siglos, nadie pagaba ni un céntimo. Y la cuestión era que esta esta indisciplina ciudadana era casi imposible de remediar,  ya que las multas por no pagar eran obviadas igual que los impuestos y no se podía encarcelar a un pueblo entero de más de dos mil habitantes. Se había llamado al orden al alcalde, pero éste no pagaba impuestos, como todos los demás, y la insumisión era tan coordinada y pertinaz que desde el gobierno central se había tomado la determinación de incluir al Valle en los planes de los distintos ministerios: salud, fomento, educación… a pesar de que en otros condados los ciudadanos, sintiéndose discriminados, se habían manifestado en contra de realizar inversiones en la zona. Nadie quería ir a trabajar allí, al pueblo cobrizo. Nadie quería tratos con esos engendros. Nadie.

Conrad era ingeniero de caminos del estado. Un tipo corriente que acababa de perder a su hijo de unos meses en circunstancias extrañas, aunque la causa de la muerte, o más bien, el diagnóstico de los forenses al realizar la autopsia era “muerte súbita”. Tan apenado como Tina, sentía que su vida se tambaleaba, pero quería mantener la normalidad porque para sus adentros creía que era la manera de ayudarla a ella. ¿Por qué se supone que las mujeres sienten más la pérdida de un hijo que los hombres? — pensaba él— y su dolor era insoportable, y su vida era una pesadilla cotidiana, y las noches eran completamente insufribles, y los fines de semana soledad compartida. Pero amaba a Tina y, por ella, se esforzaba cada día en mantener una vida coherente, racional, con algún sentido —el que fuera— pero algún sentido.

Aquella zona del país, tan recóndita, tan extraña, tan sacada de otro planeta, desagradaba terriblemente a Conrad. A él y a todo hombre de fuera de allí. Esa era, también, una de las causas de su acelerada vuelta al trabajo. No soportaba mandar a su equipo de gente a currar a aquel lugar inhóspito de gentes suspicaces y raras, que recelaba de todos los forasteros, por muy compatriotas que fueran. Y allí, entre montañas escarpadas, se pasaba los días, construyendo carreteras imposibles sobre caminos únicos que determinaban la senda de las nuevas construcciones de asfalto.

Aquel día, y con aquel sueño extraño en la cabeza aflorando como ráfagas en su mente, llegó, tras dos horas de carretera. A veces, antes de que su hijo muriera, se quedaba a dormir en un pueblito cercano a las montañas, al otro lado del Valle, donde la civilización “normal” todavía existía, llamado Dinhur. Pero ahora no quería dejar sola a Tina. Sabía que esa soledad terminaría influyendo en ella como una losa, y acabaría por distanciarlos completamente, sobre todo después de la gran desgracia. La imagen se repetía en la cabeza del ingeniero, y conforme más se acercaba a su lugar de destino, más se le aparecía esa imagen. Veía una gran cueva en la pared vertical de roca rojiza de una gran montaña y, en ella, una figura humana blanca y resplandeciente que contrastaba contra el fondo negro, cual niebla opaca, que parecía emanar de la cueva.  La figura no tenía rostro, y dándose media vuelta se introducía en la oscuridad del agujero alejándose despacio de manera que, ante la mirada de Conrad, aparecía como un punto luminoso dentro de aquella sima. Y ahí acababa su sueño.

Ahora, en la vida real, todo le parecía más surrealista, si cabe, que en su propio sueño. El agujero de la montaña aparecía ante él. Habían dinamitado la montaña más alta que daba directamente al Valle, al que se llegaba solamente por un camino rural que la rodeaba por completo en circunvalaciones imposibles y precipicios aterradores. Aquella mole de cobre y piedra era un titán interpuesto entre el Valle y el mundo de los hombres. El mundo de luz quedaba a este lado, las sombras de los bosques umbríos y negros del Valle, al otro. Conrad estaba, sin saberlo, adentrándose en la oscuridad.

Un coche pequeño necesitaría ir a 20 o 30 kilómetros por hora para no salirse de aquel caminucho de cabras montesas que los del Valle usaban desde tiempos inmemoriales, andando, por aquellas sendas vertiginosas. Por eso la voladura de la montaña estaba justificadísima. Pero los vecinos del pueblo del Incapur estaban en contra de las obras y en absoluto estaban dispuestos a colaborar en ellas. Ni aportaban hospedaje, ni alimentos, ni colaboración de ningún tipo. Todo lo necesario era traído de fuera. Y los obreros estaban muy a disgusto en aquellas tierras tan poco agradables cuyas gentes los rechazaban o más bien los ignoraban como si no existieran. La misión tenía que durar lo menos posible para salir de allí lo antes posible.

Conrad coordinaba las voladuras. Y aquel coloso de piedra iba cediendo ante la potencia de la pólvora milenaria, quizá a regañadientes, pero cedía lentamente y las vetas de piedra solemne caían como los brazos, caídos por el abatimiento, de un gigante moribundo. El estruendo era su llanto, los temblores de las explosiones, sus estertores; la montaña era un ser descomunal que gemía ante su propia destrucción. Todos los obreros e ingenieros miraban expectantes la llegada de la luz al otro lado del túnel. Y Conrad con ellos pero, apartado de los demás, se debatía consigo mismo en un conflicto de pensamientos encontrados y emociones entremezcladas. Algo no iba bien en todo aquello, algo sombrío acechaba desde el interior de aquella piedra maciza,  pero solo él era consciente. Solamente él pensaba que todo era una grave equivocación. No era una simple intuición personal, era evidente que aquellas hurañas gentes no querían salir de su aislamiento ancestral. Pocos extranjeros se habían adentrado al valle para quedarse definitivamente en él, y los que lo hacían acababan convirtiéndose en sigilosos y escurridizos personajes alienados por las rarezas del lugar y sus lugareños, perdiendo, la mayoría de ellos, su relación con las familias de origen. La pregunta estaba servida en su mente: ¿por qué?, ¿para qué?… no existen intereses económicos en el lugar. Si sus gentes están en contra de formar parte de la humanidad, ¿a qué viene el empeño de la humanidad por hacerles formar parte de ella? Mucho mejor sería —según barruntaba mientras barrenaba la montaña— dejarlos en paz.

Conrad sabía todo esto de manera inmediata e intuitiva. Miraba el túnel y sabía que algo acechaba desde el interior de la montaña. Algo ancestral, algo que siempre había estado allí, aletargado en el tiempo infinito del subsuelo, algo que esperaba ser descubierto, desatado, liberado, algo informe, tal vez, pero que no tardaría en dar su rostro a conocer. Y apareció, apareció al otro lado la luz oscura del Valle. Esa luz que eran tinieblas. Todos supieron que, a partir de ahora, cambiaban de espacio y de tiempo, dejándose engullir por la montaña y pasando a ser su alimento. El Valle del Incapur, aquella fosa repleta de encantamientos, de seres extraños con forma humana, de plantas modificadas por las condiciones ambientales deformes; aquel lugar de otro tiempo que deseaba descansar aislado eternamente y que estaba siendo violado por los hombres mortales; aquel pedazo de tierra invertida en su estructura, siendo, más bien —como Conrad pensaba—, el interior del planeta dado la vuelta sobre sí mismo y recreando, a su manera, la vida del exterior como una copia inmadura y aberrante.

Pero la casualidad, que nunca existe, quiso que estas explosiones dinamiteras acabaran a la hora del mediodía. Los obreros se miraban con ganas de dejar ya el lugar, ir a comer y descansar, pues la noche llegaba, en esta época del año, muy temprano a esta zona y todos querían detener el trabajo. Había sido un día duro desde bien pronto, y Conrad ordenó parar los trabajos y dar el resto del día libre. Él se quedó allí, inspeccionando la cueva reciente durante un rato más —según dijo a su equipo, solo estaría una hora más—, pues quería revisar el trabajo realizado, y planificar el del día siguiente. Todos se marcharon satisfechos. Sabían que ahora, a pesar de todo, quedaba la parte más fácil: llegar hasta el profundo Valle tras la colosal montaña sería pan comido.

Cuando estuvo solo se paró frente a la cueva, negra y profunda, cuyo final mostraba una tenue luz sombría del otro lado. Quinientos metros de túnel. Se sentía inquieto, no obstante, por las visiones del sueño de la noche anterior que le seguían incordiando cual destellos luminosos. Y así se tiró un buen rato, contemplando la obra, que debía ser apuntalada en su totalidad para comenzar con el encofrado y pavimentación de la misma. Se acercó algo más hasta tocar la tierra y las piedras de la entrada. Y vio, entremezcladas en ellas, pequeñas esferas blancas, blancas de pureza sin igual. Repasó mentalmente los minerales que podrían constituir aquellas estructuras, pero rápidamente se dio cuenta de que no era un mineral, sino algo biológico, aunque para él totalmente desconocido. Tomó una gran linterna y se adentró para ver aquello. Desde el suelo y las paredes, aquella sustancia comenzaba a supurar de manera lenta, casi imperceptible para el ojo humano, pero inexorable. Hacía tan solo unas horas nada de todo aquello se mostraba en la superficie. Pero ahora era algo evidente, algo palpable, cuyo olor fétido comenzaba a saturar el olfato y el gusto de Conrad. Masticaba el olor a podrido que emanaba de aquella pastosidad cuasi pétrea de paredes, suelo y techo.

Sin pensarlo mucho, tocó aquellas cosas con sus manos descubiertas, se adentró hasta casi la mitad de la cueva, pero, de repente, viéndose rodeado por la sustancia, se asustó y echó a correr, metiendo uno de sus pies en aquella masa informe y cayendo al suelo cual plomo de caña. Entonces lo supo, aquello era un ser vivo, era algo sin forma, pero vivo. Su cuerpo, tendido boca abajo en aquel suelo del interior del túnel, fue siendo absorbido por la sustancia viscosa que le picaba a rabiar hasta convertirse en dolor. Los gritos eran terribles, sus intentos por escapar furibundos, pero aquella cosa lo retenía y poco a poco lo absorbía. Las carnes le dolían como si las penetraran miles de agujas a un mismo tiempo, pero su forma corporal seguía intacta; entonces alzó la cabeza hacia la luz del otro lado del túnel, el del Valle, y pudo ver las sombras oscuras a contraluz,  paradas y estáticas,  de una muchedumbre observando su muerte, sin hacer nada por él, a pesar de sus gritos de socorro, de sus llantos, de sus gemidos de dolor… Ninguno se acercó. Y entre gritos y aullidos, poco a poco la tierra se lo tragó. Nadie supo más de Conrad. La sustancia blanca desapareció. La linterna se hallaba tirada en el suelo. Se le buscó durante meses. Equipos de búsqueda especializados rastrearon los bosques, las montañas, el río, las casas, los sótanos… nada.

 

Una indemnización para la viuda, y Conrad fue dado por muerto al año de haber desaparecido.

Sin embargo, los del Valle sí sabían.

Sabían que de allí adentro,  en el fondo de la montaña, aquella masa informe les brindaba la oportunidad que siempre habían intuido, pero que nunca habían comprobado: la de ser eternos. Un ser de otra especie acababa de llegar al Valle del Incapur, desde el interior de la tierra;  un ser que tomaba el cuerpo de los hombres pero mostraba su propia naturaleza: llegó el hombre blanco, el albino puro, saliendo de la montaña: Funzo se quedó en aquel lugar, convirtiendo a todos aquellos hombres en otra cosa.

Pero esta ya es otra historia.

 

 

 

 

 

 

FUNZO DE INCAPUR

 

Si miras hacia el norte desde el Valle del Incapur verás montañas muy altas y algo escarpadas, no tanto como para que en sus cumbres permanezcan las nieves perpetuas, pero sí lo suficiente como para aclimatar la región de manera peculiar. El valle es muy profundo y se sumerge debajo del nivel del mar, sin estarlo. La presión atmosférica pesa más que en las regiones circundantes por lo que al llegar a lo más bajo de la hondonada vertical, la sordera por compresión es habitual en el viajante iniciándose en el organismo un estado físico de malestar que aumenta conforme te adentras en la región. Las condiciones ambientales peculiares dan forma a toda una amalgama de seres divergentes, dándole un toque distinto al de todo ecosistema conocido, incluidos los habitantes humanos del único y pequeño pueblo que existe en el valle, que también presentan peculiaridades antropológicas, morfológicas y supuestamente genéticas que les confieren una fenotipia algo rara: todos son albinos, todos. Y si uno mira más atentamente, percibe que no solo los humanos mantienen estas peculiaridades físicas heredadas excéntricas sino que también las plantas y vegetales son algo raros a pesar de pertenecer a especies conocidas. Y ocurre, con frecuencia, que si uno busca entre las boscosas especies de enmarañados setos y bosques bajos de arbustos retorcidos aparecen, ante su absorta mirada, alimañas desclasificadas hace tiempo de los anales de la evolución.

El río, que da nombre al valle, recorre sinuosamente todo el conjunto de laderas escarpadas, gargantas oscuras y meandros estériles. Sus aguas no son cristalinas sino más bien de un color o tonalidades cobrizas, pero toda la población bebe y da uso doméstico a la misma y nadie, nunca, ha sufrido consecuencias perniciosas para su salud, al menos que las autoridades sanitarias competentes hayan detectado. Aunque las autoridades sanitarias quizá no sean competentes en este estado de cosas anómalas.

Pocos son los visitantes que por turismo o placer visitan este valle alejado del resto del país pues no tiene peculiar belleza, ni lugares espectaculares naturales y salvajes; el pueblo tampoco destaca por poseer construcciones bellas o artísticas, y si destaca en algo es por no tenerlas. Casas y edificios de color cobrizo asemejan el conjunto a un termitero como la “Ola” del desierto de Arizona, afeando el lugar de manera que pareciera que los adoquines de las calles y los ladrillos, que se asoman en las fachadas como buscando tu mirada, hubieran padecido el acoso de una intemperie liderada por un viento huracanado o una lluvia chaparrónica durante siglos, erosionando las fachadas a lametones gigantescos. Sin embargo el valle es apacible y, justamente, es el tiempo calmo lo que prepondera, con mucho, sobre el resto de condiciones meteorológicas. No se puede comprender por qué todo parece desgastado y viejo, y el lugar vacío y sin vida. No ofrece ni posadas, ni hoteles, ni pensiones al viajante pues, como en un círculo cerrado de acontecimientos en perpetua repetición, el hecho de que nadie visite el pueblo y el valle, no ayuda a los lugareños a decidirse por inaugurar ningún lugar de reposo y cobijo; pero hay quien apuesta a que es porque no existen hospederías, por lo que nadie visita la zona. Sea por lo que fuere, las gentes autóctonas prefieren mantener a los foráneos a raya, lejos, si es posible al otro lado del valle y fuera de la cadena montañosa que ejerce de barrera natural.

Pero los bosques que rodean al pueblo son quizá, y con mucho, lo más llamativo de todo. Son espesos, retorcidos, enmarañados pero, sobre todo, son negros. Algo que nadie se espera, algo incomprensible y del todo desconcertante. Y no son negros metafóricamente, son negros literalmente. Su oscuridad contrasta con la tierra roja de las montañas y del suelo del lugar. Y desde las montañas, cuando uno se va acercando y ve que es vegetación lo que antes parecía un mar de petróleo, queda absorto en esas tonalidades sobre las que destaca, en su centro, el pueblito rojizo. Un pueblo que en los mapas aparece como un pequeño punto al que se le denominó hace tiempo Incapur por el estado al que pertenece pero que en realidad nunca tuvo nombre. Un  pueblo sin nombre es como un hombre sin alma,  no es persona. Incapur es un pueblo muerto hace mucho, un muerto que lleva a rastras su cuerpo vacío pero repleto de desechos de generaciones huecas.

No se sabe mucho de estas gentes del Valle del Incapur. No interesan en el resto del país porque no existe ninguna riqueza natural, si dejamos aparte las antiguas minas de cobre que dejaron de ser explotadas y que quedaron casi esquilmadas allá por los años 60. Pocas veces se pueden leer noticias trascendentes o importantes e impactantes ocurridas en este lugar tan aislado, retrógrado y adormecido en el tiempo. Durante la década de los años 80 se hicieron algunos estudios genéticos a la población, fueron realizados por las autoridades sanitarias en colaboración con la Universidad de Santray, en la capital del estado. En los resultados nunca se pudo esclarecer el porqué del albinismo congénito de los autóctonos. Es una tara pero no es genética, nadie nace albino, quizá por eso su genoma no registra esos cambios ya que aparecen con el tiempo,y en todos los habitantes sin excepción. Al menos, hasta ahora.

De repente, como suelen ocurrir estas cosas, un día, comenzaron las desapariciones. Todos recordaron la Leyenda de Husur,  claro que nadie creía que fuera más que eso, un cuento de viejas. Aquella vieja historia que hablaba de Husur, la bastarda del herrero e hija de un ser intraterrestre venido de las profundidades de una cueva, allá arriba, en la montaña, en la que desapareció tras un descomunal derrumbe y que supuestamente acabó con ella.

Pero hacía mucho ya de eso, tanto, que todo el mundo lo ignoraba, y solamente en la pequeña biblioteca, que en la deforme iglesia había oculta bajo el suelo de madera carcomida, dispuesta en tablones gruesos y pesados linealmente en el suelo, tal que unos restos arqueológicos (porque nadie la visitaba),  había unos manuscritos del cura, de nombre Gort, en los que se hablaba del lugar y del momento de la Leyenda más arraigada del Valle, y en los que se hacía referencia a la criatura, a su nacimiento, a su vida, a su forma física inusual, a su extraña procedencia, a su inhumana vida solitaria, a su reencuentro con el progenitor deforme y albino de la cueva de la gran montaña que encierra el valle.

Solo eso, unas viejas referencias en viejos pergaminos ajados.

Las primeras desapariciones, conocidas por nosotros, fueron hace más de un año, pero se ocultaron, inexplicablemente con la aquiescencia de los familiares directos de las desaparecidas. Sí, digo bien, las desaparecidas, porque todas han sido mujeres jóvenes. Al menos en los últimos años. Padres, hermanos, vecinos, amigos, todos callaban. Todos menos Juliette, la madre de Laureana Gamboa, la última desaparecida.

Me llamo Marlon Peine, soy inspector de homicidios de la comisaría del condado de Incapur, que abarca varios de los valles cerrados cuya extensión es demasiado grande para una sola comisaría, pero suficientemente amplia para eliminar pruebas, cuerpos y vestigios de los crímenes que se comenten, porque en todos los lugares del mundo se cometen crímenes, en todos sin excepción.

En este lugar las condiciones del terreno, y de sus gentes, son excepcionalmente buenas para las desapariciones en cuestión. En el pueblo nadie habla, excepto Juliette; nadie se muestra dolido, irritado, enfadado o derrumbado por las desapariciones, salvo Juliette; porque Juliette es la única extranjera que vive en el valle y a pesar de haber adquirido, por hábito de vivir, las costumbres de los del valle, en esta situación tan extraordinaria se comportó de manera distinta a los demás.

Juliette era una extraña en aquel lugar, porque huía de un hombre que la quería matar en vida y huyó al lugar donde nadie iría nunca, ni a esconderse ni a encontrarla. Unos cuantos meses le bastaron para arrepentirse de su decisión, pues hija y madre seguían sintiéndose aisladas y solas, aunque al resguardo del valle estaban seguras de que él no las encontraría. Sin embargo, “alguien” se había llevado a Laureana.

Juliette denunció la desaparición de su hija en nuestra comisaría, para ello tuvo que salir del valle y recorrer 150 kilómetros de terrenos agrestes, vacíos de población y transportes modernos. Pero lo verdaderamente llamativo fue que además denunció que el pueblo entero era una especie de organización liderada por un tal Funzo, un joven de aspecto y físico raros, taciturno, excéntrico, solitario, que manejaba en el pueblo a todos y cada uno de sus habitantes.

Lo más extraño de todo fue que no acusó a su exmarido y denunció, sin embargo, esta confabulación de los del valle. Yo investigué al padre de Laureana. Seguía siendo el principal sospechoso, pero tenía coartada. Estaba de visita en casa de su hermana, al otro lado del país, y a más de 800 Km del Valle.

Juliette aseguró que no había sido el padre, y le parecía que ese hombre albino (de perfilados ojos claros, como si fueran translúcidos, y que iba siempre con un pañuelo de fina seda alrededor del cuello, a pesar del calor) controlaba la producción de los alimentos que se consumían en el lugar (exceptuando los de aquellos que tenían tierras propias y cultivaban algunos árboles frutales o viñedos, con uva especialmente creada para elaborar vino de una calidad bastante buena debido a la peculiaridad del clima y de la tierra, cuyo color rojizo y sus grandes cualidades minerales le daban cuerpo, color y sabores ideales: vino del Incapur, una producción artesanal, a la vieja usanza, y que es muy limitada), y que a través de ella controlaba sus mentes. Me dio qué pensar todo aquello.

Por cierto, el vino del valle casi no se encuentra en el exterior y solo una bodega lo comercializa, aunque todos los habitantes tienen su propia producción para el autoconsumo. Las Bodegas Incapur. Nada aquí es original, no hay eslóganes publicitarios, no hay vallados, no hay tecnologías, y la electricidad está instalada pobremente en el pueblo. Pero parece que las ganancias económicas no son la prioridad de estas gentes, por lo que nunca reclaman mejoras al Estado, nunca. ¿Tomarían alguna sustancia a través del vino o de otros alimentos que les hiciera ir perdiendo sus cualidades humanas para ir pareciéndose todos cada vez más a Funzo?

Funzo apareció hace tantos años que nadie sabía cuándo, tampoco nadie sabía si era autóctono o extranjero venido de algún lugar remoto, pero si era extranjero daba la curiosa casualidad de que presentaba las peculiaridades de los vecinos del pueblo, y si era un hombre anciano, su aspecto, al verlo, contradecía completamente esta idea. Su fachada era extraña, y el blanco de su piel mucho más puro que el de la de cualquiera de los otros habitantes del Valle. De piel fina y sin arrugas, ni siquiera líneas de expresión, de ojos grandes algo separados por una recta nariz caucásica y boca rectilínea de un color amoratado permanente. Alto, delgado pero fuerte. Vestido con ropas holgadas que no dejaban intuir su verdadera complexión. Sin expresión, sin gestos que indicaran empatía alguna por su interlocutor. Funzo tenía una forma de mirar alrededor suyo distante y fría, sin que un ápice de expresión revelara emoción alguna por su entorno. Pero la impresión que daban las gentes (decía Juliette) era que a Funzo se le quería, se le respetaba e incluso se le obedecía.

Esta obediencia no era tal (según Juliett), se trataba más bien de una especie de mente colectiva formada por todos los habitantes del pueblo. Funzo sabía todo de todos, siempre. Pero ésta era la versión de una mujer que había perdido a su hija y que había huido de un “supuesto maltratador” meses antes. Su testimonio, para mí, era convincente, solo había que mirar a las gentes para saber que aquel pueblo era deformemente extraño, aunque “ser raros” no implica haber cometido un delito tan grave como el secuestro de una niña. Yo no me negaba, sin embargo, ninguna hipótesis de investigación. Soy una persona que nunca da nada por supuesto y además, como investigador, esta extrañeza me resultaba excitante. Era la primera vez, en años de monótonos casos de fácil resolución y tediosas investigaciones, que me sentía alentado a investigar como verdadero policía de criminalística, sabiendo, a un mismo tiempo, que podía quedar sin resolver.

Cuando fui descubriendo cómo era la vida de aquellos habitantes, por mucho que lo intenté evitar, acabé por sentir recelo hacia ellos, hacia sus extrañas costumbres. Por ejemplo, los alimentos, todos, eran macerados largamente con hongos y líquenes de las más variadas especies que se cultivaban en casa de Funzo ex profeso para fermentar cada uno de los que se consumían, ya fueran carnes, peces de río o vegetales de todo tipo. Quizá Juliette tenía razón, y este tipo les envenenaba poco a poco. Se analizaron a nuestra llegada por si contenían alguna sustancia tóxica o adictiva, pero nada especial había en ellos. Todos los del pueblo tenían almacenados en sus casas los hongos y mohos que Funzo repartía para su consumo diario. Nosotros no comíamos sus comidas, nos traían de afuera los víveres. Me negaba a caer enfermo o a “volverme pálido” como un plato de porcelana. Raras costumbres y raras gentes, raro lugar en el que parecía que el aire para respirar faltaba, oprimiendo el pecho y haciendo que una congoja casi melancólica se apoderara de uno, sin motivo aparente.

Nadie hablaba de él. Ni bien ni mal. Nada… nadie, nunca, hablaba de Funzo.

Al llegar al pueblo me puse manos a la obra. Lo primero fue hablar con el representante del cabildo para pedir un lugar donde hospedarme y otro donde ubicar la sede de nuestro equipo. La cosa iba para largo. Me quedé sorprendido por sus facciones y aspecto físico. También el alcalde estaba ¿infectado? No sabría decir si me asustaba o me atraía su tez translúcida, sus ojos sin color, el pelo blanco, ni siquiera podría decirse que era rubio, solo era blanco… un hombre que parecía haber salido de un cuento de hadas, como si fuera irreal, asemejaba su aspecto un elfo de algún bosque perdido en un mundo de fantasía. Le pregunté por la situación, era evidente que a la gente no le importaba mucho nuestra presencia en el lugar. Mostraban tal indiferencia que me parecía que quizá nada estaba ocurriendo, pues es bien sabido que ante una desaparición o un crimen, sobre todo si es de un niño, las aldeas, los pueblos o las ciudades sufren una especie de convulsión en la que las gentes comienzan a murmurar, no solo del suceso en sí, sino sobre todo de las siguientes posibles víctimas en la lista del asesino.

La desaparición de una niña siempre es traumática, en cualquier lugar.

En cualquier otro lugar, el desconcierto, el miedo, la inseguridad… hubieran alterado la vida completa del pueblo. Pero aquí a nadie parecía importarle un carajo que Laureana no apareciera, o que Juliette sufriera o, al menos, que hubiera denunciado la desaparición. Ni siquiera les importaba nuestra presencia.

Mientras estuve en el Valle del Incapur, tuve que quedarme en una pequeña casa cedida para la ocasión, un tanto alejada del pueblo, donde tan solo íbamos a dormir. No había ninguna estafeta de la policía en el pueblo, y no podía rodear las montañas para salir de él, porque era un tortuoso recorrido que llevaba unas cuatro horas en coche por carreteras rurales altamente peligrosas que, en algunos de sus tramos, no estaban siquiera asfaltadas, y en las que, al asomar la mirada desde el vehículo por los precipicios, daba vértigo (aunque uno no sufriera de tal afección de manera patológica como es mi caso), y parecía que el cuerpo se iba hacia abajo como si una fuerza absorbente estuviera ejerciendo alguna influencia sobre el coche o el cuerpo. Aquellas carreteras son casi como un sacacorchos, un tirabuzón alrededor de las altas cumbres oscuras, arduas e incomprensiblemente enrevesadas. Alguien o algo parece no querer que estas gentes salgan y contacten con el mundo exterior. O quizá la naturaleza de estas gentes se adaptó al micro clima creándose una subespecie endógena humana desligada del resto de la humanidad.

La casita que me brindó el alcalde era cómoda, sencilla, muy rústica pero equipada con algunas comodidades como electricidad y agua corriente. Disponía de tres habitaciones, dos aseos y una cocina-comedor amplia, donde nos reuníamos bien pronto por las mañanas para organizar el trabajo, y por las noches para revisar los datos obtenidos en la jornada. Estaba inmersa en el centro del final del camino que llevaba a un lugar cerca del río Incapur. Su construcción era antigua: paredes incrustadas en la húmeda tierra roja repleta de ramas; hojas de los árboles, negras como el carbón, alrededor de la entrada, amontonadas sin sentido; un lateral, el del lado izquierdo, repleto de escombros de algún intento de obra para construir un cobertizo para aperos. Pero esto debió ser hace mucho tiempo, cuando aquella casa estaba habitada por la familia que fuera la propietaria. El pueblo no tenía nombre, pero la casa sí. La Casa Entreverada. No sé a quién se le ocurriría ese nombre.

Durante la primera semana, un día, después de andar en los interrogatorios de algunas familias de las más antiguas de la zona, volvíamos a la casa cuando la noche se nos había echado encima. El camino era tan oscuro que, a pesar de las luces del coche, había momentos que se perdía el rastro de la senda. Conducía Vincent, y yo miraba atentamente el camino para darle instrucciones en caso de que se desviara por no ver correctamente. Fue en ese momento cuando me pareció ver, a través de los negros árboles, una figura blanca agazapada entre la espesura. Hacía frío, pero el individuo parecía desnudo y la imagen impactó mi retina casi como si me deslumbrara con su cuerpo, dándome la impresión de ser fluorescente: parecía que se estaba agachando hacia el suelo como para rebuscar en él. Grité a Vincent que parara, que detuviera el vehículo, saqué la linterna de la guantera y, sin bajarnos, alumbré hacia el lugar donde me había parecido verlo, pero solo pude observar cómo se movían las ramas de la vegetación circundante. Entonces bajé, me acerqué y vi que en el suelo alguien había rebuscado, apartando hojas secas y caídas de los árboles como buscando algo enterrado. Aquello me conmocionó, pero no pudimos ver al individuo, por lo que cualquiera de los habitantes del valle podría haber sido al que había visto. Pensé que Laureana podía estar enterrada allí. No esperé a que amaneciera. Di orden inmediata de buscar en aquel lugar, pero no se encontró nada. El trabajo se hizo a mano por un equipo llegado desde el exterior del valle, pues no se podía meter ninguna maquinaria pesada por aquellos caminos estrechos y fangosos. Me sentí frustrado ante este hecho, nada era un indicio y todo lo era, en realidad. Pasé un muy mal día. Enfermo y decaído, el día siguiente fue el peor día para mí, porque estar fuera de casa era algo desagradable. Al contrario que otros polis desarraigados y cuya actitud es la de ser tipos duros, amargados, solitarios, medio alcoholizados y abandonados por sus familias, yo soy un hombre felizmente casado, amante de sus hijos y de la pesca. Más simple que una amapola, pero feliz. Y aquella historia me estaba jodiendo la vida. No me había hecho gracia que me asignaran el caso. En aquel momento, el Comisario Jorn no tenía a nadie más a quien confiar un caso así de extraño. Necesitaba al más cuerdo, al mejor preparado, al más equilibrado. Y desgraciadamente, ese, era yo.

Pero el hecho de tener que pasar días fuera de mi casa, no me agrada en absoluto, hasta el punto de que suelo pedir “días libres” tras estas salidas laborales. No me tomo mi trabajo como algo especial, es un trabajo como otro cualquiera y solamente así uno puede seguir cuerdo durante más tiempo que los demás. Pero, para mi desgracia, eso me hacía mantener unos altos índices de resolución de casos. En fin. Lo que debería ser una virtud, era un infortunio para mí.

El hecho que más fuertemente llamó mi atención fue la remota y extraña aparición de aquel individuo llamado Funzo, que no parecía pasar de 30 años, pero que según todos los indicios llevaba más de tres décadas en este valle. Ésto comenzó a ser un rompecabezas para mí. Le interrogué en la pequeña iglesia donde se dispuso una sala para que pudiéramos realizar nuestro trabajo, aunque los archivos e informes me los llevaba a diario al lugar donde dormíamos yo y mis dos compañeros: Vincent y Fernando.

El tipo no recordaba nada de su niñez.

—Buenas tardes señor Funzo, Funzo ¿qué? —le dije.

—Funzo a secas —era pastoso, el sonido que salía de su boca violácea era pastoso. No puedo decir de ninguna otra manera cómo sonaba aquello que salía de aquel tipo.

—Por favor dígame sus apellidos, y enséñeme su identificación —le dije, disgustado por su respuesta tan provocadora.

En realidad mostré repulsión, y él se dio cuenta. Esa tez blanca casi translúcida dejaba entrever algo raro bajo aquella piel. Una capa de tejido similar a la celulitis, de tal modo que de cerca se asemejaba a la piel de los reptiles, sin serlo.

—Funzo Deulofeu Tuhill, así consta aquí —y me enseñó su DNI, cosa que por otro lado yo ya conocía porque había investigado al tipo. Tenía fecha reciente y lo había renovado en la capital, hacía solamente un año. Llevaba más de tres décadas en el valle, según Juliette.

—¿Cuánto hace que vive aquí? No consta en el padrón.

—No consto, no. Nunca me empadroné, pero tampoco muchos otros. Déjeme decirle algo: vine hace mucho tiempo, me recogieron mis padres de la cueva de la montaña y no recuerdo mi edad. Siempre viví a las afueras del pueblo. La Casa Rotgire. Esa es mi casa, como sabrá —y me volvió a mirar con aquellos ojos, rojos a la luz artificial—. Está más cercana a las montañas y los bosques que ninguna otra, a excepción de la casa en la que pernocta usted. Mis padres están enterrados en el Ocre Cementerio local. Me dejaron en herencia todo, a pesar de morir muy jóvenes. No les recuerdo bien. Los del pueblo me ayudaron a crecer y seguir adelante con mi vida. No sé mi edad. Me quedé a cargo de todo: la casa, las cabras, los cultivos.

—Sí, supongo, pero eso no es lo que nos interesa. Necesitamos analizar su sangre, Funzo. ¿Entonces es usted adoptado? ¿Tiene papeles?

—Pa-pe-less… No —me miraba sin pestañear y comenzó a darme miedo. Rostro sin expresión, era el tipo más raro del mundo.

—Sí, algo que acredite lo que cuenta. Señor Funzo, hay vecinos que cuentan historias raras sobre usted.

—¿Juliette? —dijo con voz pastosa. Como si su lengua fuera más grande que su boca y no pudiera vocalizar.

Él asentía sin mostrar en absoluto negación u antipatía, fastidio o desconfianza. Parecía apático. Su mirada se perdía en el fondo de mis ojos, en la cámara que grababa los interrogatorios.

—¿Sufre de alguna enfermedad? —le pregunté de inmediato. Aquel aspecto, para nada normal, tendría alguna explicación.

—No, no… soy así desde que nací. En realidad, soy un ser de otro mundo. Usted entenderá, solo debe esperar el momento.

Me quedé estupefacto. Nada saqué en el interrogatorio más que palabras vacías. ¿No sabía quiénes eran sus padres, apareció un día, sin más, en el pueblo y allí se quedó? ¿Cómo que era un ser de otro mundo?

Mis dos compañeros y yo no entendíamos cómo aquel loco manejaba a toda una población que, aunque mermada y pequeña, en algún momento debían percatarse de la rareza del tipo y sus costumbres, de su hablar pegajoso y lento, como sin entender el tiempo humano. Yo quería creer que era un loco. No entendía nada de todo aquello. Todo ese asunto me comenzaba a parecer tan sumamente extraño: ¡no se conocía nada sobre él antes de su llegada al valle! Para mí comenzaba a ser el principal sospechoso, aunque no había pruebas contra él. Aquella voz suya era metálica y profunda, como si saliera directamente de su pecho sin pasar por las cuerdas vocales. Era extraño hablar con él. La sensación de estar ante un ser de otro mundo era patente, y no solo me ocurría a mí, nos pasaba a todos nosotros. A todos los que estábamos investigando el caso. ¡Y encima eso! ¿Estaba loco?

El caso se enmarañó de tal manera que pedí refuerzos, necesitaba más que un par de agentes para interrogar prácticamente a todo el pueblo. Había 10 desapariciones en diez años. Pero de repente, como una intuición sobrevenida, censo en mano, se me ocurrió tirar hacia atrás en el tiempo y en las familias. Comencé a preguntar por muchachas que debían ser mujeres de mediana edad hoy en día y que, sin embargo, habían desaparecido, se habían esfumado, sin más. La cosa se remontaba mucho tiempo atrás. Había más, muchas más, pero olvidadas en el tiempo. Todas y cada una de las familias del pueblo recordaban que alguna de sus mujeres había desaparecido cuando eran jóvenes o púberes. Y, a pesar de que no existían registros fidedignos en los archivos de la casa consistorial, tanto las desapariciones como el inicio de casos de albinismo congénito se remontaban al siglo XIX. Y con este descomunal caso al descubierto, eché mano de refuerzos, no solo policiales sino sanitarios, de personal judicial, equipos multidisciplinares con psiquiatras, psicólogos, trabajadores sociales… nada podía escaparse.

El pueblo estaba tomado. Yo creía que estaba tomado por mí.

Juliette señalaba a todos los vecinos como conjurados en la trama de desapariciones y en su declaración expresó el temor de que su hija estuviera muerta o “algo” peor. Nosotros pensábamos que Juliette estaba completamente traumatizada y que andaba casi en estado delirante, por lo que le facilitamos asistencia psiquiátrica. Su declaración era completamente aberrante aunque ella lo decía completamente convencida de su veracidad:

—Esto es obra de Funzo, él es quien secuestra a las crías, porque aquí todos lo saben y dejan que lo haga. Yo nunca, hasta ahora, lo había creído, eran para mí cuentos… ¿saben? —y, desconsolada, meneaba su cabeza mientras sus ojerosos ojos rebosaban tantas lágrimas que parecía que se le fueran a salir tras ellas los globos oculares, su nariz moqueaba profusamente de la llantera, y su relato se entrecortaba con sus sollozos lánguidos y profundos cada poco tiempo—, ¡con las cosas que se dicen de una persona porque se le teme, porque es raro, yo no quise hacer caso! Pero ahora sé que es verdad, y él es quien las mata, las utiliza… se dice que las usa para algo, algo que nadie sabe… o quizá sí, ¡ahora me doy cuenta, quizá sí lo sepan todos, y todos participan con él…! ¿Han visto cómo comen todos? Yo no he podido con eso, no es normal, mi hija sí, mi hija en casa de su amiga Nolby comenzó a probar esa comida “especial” y en unos días ya comenzó a exigirme que debíamos comer como ellos. Yo nunca accedí, nunca —y seguía derramando lágrimas y nombrando de manera obsesiva a Funzo.

La mujer estaba destrozada. Eso explicaba esta ideación. Y aunque yo creía que Funzo podría estar implicado, lo que estaba claro es que más parecía un loco que un asesino. La investigación más profunda de los acontecimientos anteriores me dejó tan estupefacto que decidí salir un día de allí y hablar con mis superiores del caso, en persona.

—Desapariciones, sí, pero al poco tiempo aparecían de nuevo e iban cambiando su aspecto y conducta de manera progresiva, así como la de sus familias. Pero no aparece nada en el pueblo o alrededores que apoye esta hipótesis que Juliette nos brinda. Lo que Juliette cuenta no tiene sentido, y no porque Funzo no pueda ser sospechoso (aunque no hay nada más que el testimonio de esta mujer para relacionarlo con el caso, pero no más que a otros), sino porque ella está hablando de que todo el pueblo es cómplice, ¿todos? Habla de una especie de conspiración que suena realmente estúpida, imposible.

—Bien, Marlon, sé que este caso desafía las más mínimas leyes de la lógica —me contestó absorto el Comisario Jorn sentado junto al Inspector Guy—, pero en esa región hace décadas que no colaboran con el resto del Condado. Ni censos, ni recursos, ni inversiones. En fin, que aquello está abandonado y sus gentes son raras, hurañas, retrógradas, endogámicas. Mira, se ha hecho un estudio genético de poblaciones. Ellos están emparentados entre sí desde, al menos, quince generaciones. Vuelve y averigua qué está pasando. Mandaremos a todo el personal necesario.

Nunca me dejo llevar por un exceso de racionalidad, no porque no sea racional, sino porque es un error. A veces es lo más absurdo, lo más inverosímil, lo real, lo que explica los acontecimientos de un caso embrollado como este. Comencé a investigar aunando todos estos recursos humanos. Desde hacía diez años, como mínimo, faltaba gente: ¡faltaban niñas en las casas, en muchas, y nadie lo había denunciado jamás!, y todas y cada una de las cosas que esa desquiciada mujer decía se corroboraron progresivamente. Creíamos que Laureana había sido la primera niña desaparecida en extrañas circunstancias cuando llegamos al valle, pero era sorprendente que las desapariciones fueran muchas más de las esperadas y que nadie, nunca, hubiera dicho u hecho nada, no ya a la policía, es que no se había conocido nada de esto por ninguna vía. La cosa era de lo más surrealista. Yo sabía que Funzo tenía relación con ello, pero quizá todos los demás.

La cuestión: niñas que desaparecen y aparecen de nuevo transformadas. Todas las que habían desaparecido habían muerto jóvenes, sin descendencia. Algunas desaparecidas no habían vuelto a aparecer. Podrían no tener relación con el caso. Pero todas las reaparecidas morían justo a los tres o cuatro años. Aparentemente por causas naturales. Esto era de locos.

 

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Funzo a Marlon Paine, confesión.

“El ciclo de la vida es perpetuo y sigue a pesar de los impedimentos que se le quieran poner, sobre todo la vida de aquellos seres que, como yo, son capaces de reproducirse y adaptarse al medio compitiendo con el resto de seres vivos y eliminándolos en una lucha sin cuartel por la supremacía del más apto. Este lugar se ha convertido en mi hogar, aquí tengo los recursos necesarios para comenzar una nueva vida. Nadie me hablaba inicialmente, nadie se acercaba a mí, nadie había preguntado nada; en este valle aislado la gente es temerosa, pero poco a poco gané su confianza. La población es pequeña, y de esta manera la sustitución progresiva de los individuos humanos fue imperceptible para el resto del mundo. ¿Mis necesidades? Tierras ricas en minerales, cuerpos humanos inmaduros pero fértiles e individuos de la especie humana que pasen a ser mi soporte.

Ella fue mi primera humana parasitada después de mi hija, a la que asesinaron hace unos siglos. Ahora ya no engendraría al modo humano, como mi primera vez con Mar, la mujer del herrero, pues es muy lento y, aunque más imperceptible a su mirada escudriñadora y amenazante, requiere de un proceso demasiado flemático y ya no me queda tiempo para ello.

La muchacha salía de su casa para tomar agua del pozo que, algo aislado del pueblo, suministraba a toda la población. Un agua rica en cobre, que producía alteraciones renales en los habitantes, pigmentación de la piel y el iris, y a veces intoxicaciones en algunos críos demasiado sensibles a estos minerales que en estas proporciones son tóxicos. Pero el lugar nunca ha importado a nadie y, sin embargo, a los de mi especie nos interesa el alto contenido en minerales, nos nutre… y nuestro metabolismo los requiere para ejercer correctamente nuestras funciones básicas. Cuantos más minerales más pureza de raza.

—¡Psssh! Nelly.

—Hola Señor Funzo.

La muchacha se sobresaltó al escucharme a sus espaldas mientras subía el agua a través de la polea, vieja, herrumbrosa y sucia, en el cubo de madera negra que tenían por aquel entonces para tal menester atado con un simple nudo de doble vuelta a su asa. Sería apta para mi primera incubación de esporas.

La tomé de la mano y le hice soltar el cubo que ya había terminado de subir.

—Escucha Nelly, sabes que soy extranjero y que las gentes de por aquí no soléis fiaros mucho de los foráneos. Mira, vivo cerca de este pozo y tengo una manera mucho más fácil de extraer el agua, pero el gobernante no quiere escucharme. Es una bomba de extracción de líquidos, se utiliza en otros lugares del mundo para extraer no solo el agua, sino otros líquidos subterráneos muy valiosos para la vida. Acompáñame, lo traeremos aquí y verás cómo en un minuto tienes varios cubos llenos de agua, sin esfuerzo ninguno. ¿Qué te parece?

—No debería hablar con usted Señor Funzo, se dice que es un ser de otro planeta.

La niña se mostraba fascinada por mi aspecto. Mi color blanco de piel, mi pelo, mis ojos transparentes que se ven rojos al mirarlos por falta de coloración en el iris, lo cual deja ver la corriente sanguínea produciendo la sensación en el observador de que las pupilas son púrpuras.

—¿Sí? ¿Eso se dice de mí?

—Sí, y debería pedirle a alguien más fuerte que yo que le ayudara a traer el artilugio del que me habla, yo no puedo…

No me dejó más opción.

Bajo mi mandíbula, a lo largo de todo el cuello, tengo a cubierto mis esporas, preparadas para ser liberadas en el momento oportuno, y ese era el momento. Mi cuello y mandíbula se abrieron por su juntura natural, longitudinal, expulsando a una gran velocidad los millones de diminutas réplicas de mi ser en estado latente, pero que en el cuerpecito de Nelly comenzarían a crecer a una velocidad espectacular de 5 mm por minuto, dado que su humedad, su calor, los niveles tróficos de su sangre y linfa y su provisión de proteínas es la ideal para mí. La muchacha quedó cegada, respiró el polvillo, se le adhirió a la piel, a los ojos, al cabello castaño, a todo su cuerpo, dejándola momentáneamente ciega. La cogí en brazos y la llevé a mi guarida, que en absoluto era una casa de las afueras, aunque así lo hacía creer. Ella pataleaba, pero pronto dejaría de hacerlo… Mi verdadero hogar se halla en una zona recóndita del espeso bosque, con su suelo cubierto de hojas y residuos orgánicos en putrefacción y con mucha humedad proveniente del río Incapur. Allí, en un agujero en la tierra la metí y enterré viva, no sin antes asegurarme de que estaba paralizada por la sustancia tóxica que va unida a la parte externa de la cápsula diminuta de mis esporas. Tras unos días, la muchacha se había convertido en ella misma, pero de aspecto albino, y la retorné a su casa por la noche. Ella no sabía lo que tenía que hacer pues mis hijos se convierten en unos seres sin memoria, sin pasado, sin recuerdos. Así controlo su cuerpo, mueren a los pocos años, vacías, como una especie de envoltorio lleno de esporas que revienta liberándolas y esparciéndolas hacia el resto de seres humanos: estas esporas llevan réplicas exactas de mí mismo. Después, cuando toda la familia está infectada, los restos de la niña son utilizados en la comida diaria, mezclados casi como condimento junto a los alimentos habituales de los infectados. La cadencia de mi reproducción se produce solamente una vez por año. Pero los humanos contaminados se convierten en réplicas de mí, aunque con su aspecto físico original. Sus características biológicas, ante los estudios médicos, nunca podrán explicar la naturaleza intraterrestre. Mi naturaleza.

 

****

 

Esta fue la carta que Funzo me dejó en la casa donde nos acomodaron en el Valle la misma noche en que todos los aldeanos se reunieron en la Iglesia a las doce de la noche.

 

 

Todo el equipo de policías y demás miembros profesionales, comenzaron los interrogatorios a todos y cada uno de los vecinos de la comunidad, incluido Funzo, que se mostraba tranquilo. No encontrábamos más que silencio y actitudes extrañas en las personas interrogadas, todas ellas creían que la tranquilidad de sus vidas bien merecía la pena su silencio y que era Juliette quien había trastocado su apacible, aislada y tranquila vida en el valle.

Tras esta ardua tarea infructuosa y desconcertante, reuní a todos los albinos en la plaza del ayuntamiento. Debía advertirles que el caso había sobrepasado todas las alarmas a nivel nacional, y que pronto el pueblo se llenaría de periodistas ávidos de noticias extravagantes e impactantes. Si querían seguir viviendo tranquilos debían colaborar. Era sobrecogedor ver una multitud de albinos sentados en aquel lugar esperando escuchar mis palabras. Creí estar en otro mundo. Un mundo perdido en el espacio. Un mundo no terrícola.

Esto fue un grave error. Lo fue debido a mi incapacidad para ver más allá de una realidad cuya explicación no es racional o, al menos, de una racionalidad humana.

Funzo se acercó al lugar donde yo estaba, me pidió hablar a sus vecinos. Sus palabras fueron:

Vamos a colaborarEsta situación altera todos mis planes. Todavía no pude llevar a Laureana hasta la casa de su madre. Juliette se fue a denunciar la desaparición. Esta gente del exterior ha venido a investigar, haré que todos vosotros estalléis a un mismo tiempo. Yo partiré a otro lugar aislado para mantener mi invasión en un ecosistema propicio. La montaña me espera. La montaña nos espera, hijos. Nos vamos.

Y todos aquellos seres, repentinamente, abrieron sus gargantas por una abertura que no se veía a simple vista, era como una cicatriz fina y longitudinal que comenzaba a separarse milímetro a milímetro, expulsando, cada uno, millones de esporas en forma de un polvo blanco que se metía por todos los orificios de las personas que todavía éramos humanos en aquel lugar. Es decir, los miembros del cuerpo de policía y de los equipos multidisciplinares científicos y judiciales. Después, no recuerdo nada más, solo que me sentí paralizado durante horas. Fui trasladado a un lugar oscuro. Allí tuve ensoñaciones horribles. Frío y oscuridad. Terribles visiones sobre hombres con formas amorfas, blancas, llenos de protuberancias que al menor contacto rebosaban un polvo que se esparcía por el aire. Nada escapaba al polvo blanco, nada.

Después de un tiempo, comencé a moverme, mi mente y mi cuerpo habían cambiado. Algo crecía dentro de mí. Abrí la puerta del sótano donde estaba encerrado junto con los demás miembros de los equipos de investigación. Había una familia de albinos comiendo tranquilamente en su mesa y sin saber por qué, me senté con ellos y comí. Creo recordar aquel primer sabor. Fue un delicioso sabor, como a queso Gorgonzola, y partes de piel y tejidos que parecían humanos, en estado de putrefacción, estaban mezclados en un guiso de carne de cerdo. Todos estaban tranquilos. Nadie dijo nada, solo comían y me ofrecían comida. Después me levanté de aquella mesa, pasé al baño  y allí en el espejo miré el reflejo de un hombre que no conocía, un hombre albino, un hombre con facciones parecidas a las mías, pero no idénticas. Poco a poco, tras un breve sobresalto inicial, fui calmándome. No sentía casi ninguna emoción. Y poco a poco fui comprendiendo lo que me había ocurrido: había sido infectado por aquellos seres, que ni mucho menos eran humanos. Sin embargo, aun sabiéndolo, mi voluntad estaba anulada. Todo era indiferente. Simplemente seguía sus instrucciones, las de Funzo, que escuchaba claramente en mi cabeza y que seguía al pie de la letra sin sentir el más mínimo remordimiento. Todos mis antiguos compañeros se unieron de la misma forma, uno tras otro, conforme despertaban de la parálisis total que sufrimos. Aquel pueblo iba a ser tomado en poco tiempo por los humanos del exterior. Así que todo estaba dispuesto, todo estaba preparado. Sin nada que llevar como equipaje, cada uno de nosotros se dispersó hacia algún lugar del planeta. Y Funzo nos daba las instrucciones necesarias para mantenernos ocultos hasta llegar a la aldea recóndita donde asentarse y comenzar nuestra invasión y suplantación de la especie humana.

El Valle del Incapur quedó abandonado a su suerte, nadie quedó libre de la toxicidad de las esporas de los albinos, de los hijos de Funzo.

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Relatos del valle del Incapur

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