Alexis Brito Delgado, autor de esta agobiante e intensa novela de aventuras, así como de los relatos de ciencia-ficción de Dorian Stark que publicamos periódicamente en esta misma web, nos trae como regalo inesperado el primer capítulo de un nuevo relato del solitario templario germano.

“El Último Templario” es una novela épica de corte oscuro en el sentido de que el peso de la narración, que recae sobre su protagonista, incide constantemente en el huracán de sentimientos encontrados de culpabilidad y triunfante rabia ante la eterna amenaza de la entropía…

“A principios del Siglo XIV, la Orden del Temple ha sido aniquilada por la Santa Inquisición. Es en ese momento cuando nace la historia de Wolfgang Stark, uno de los pocos Caballeros de Dios que ha sobrevivido; un alma errante que se impondrá a sí misma la ardua tarea de peregrinar por el mundo, luchando contra el pecado y la tiranía.”

El libro se puede adquirir en la librería Canaima:

https://www.libreriacanaima.com/libro/wolfgang-stark-el-ultimo-templario_454697

Podéis seguir a su autor desde su blog, en el que no sólo podréis estar al tanto de sus novedades, también leer sus reseñas de literatura, música y cine:

https://alexisbrito.blogspot.com.es/

Esta obra ha sido reseñada en este mismo blog, en la entrada que tenéis a continuación:

Reseña de WOLFGANG STARK, EL ÚLTIMO TEMPLARIO de Alexis Brito Delgado

A continuación, os dejamos con un extracto del primer capítulo de este nuevo relato, que más abajo podréis descargar en PDF:

Año de Nuestro Señor de 1316.

 

La taberna iluminada por candiles de aceite, situada en el corazón de Bujará, estaba atestada de parroquianos. Wolfgang ignoró el rumor de las conversaciones y se sirvió otra copa de vino: quería retornar a la tranquilidad de los páramos persas que había dejado atrás. Molesto, observó la barra llena de individuos barbudos, ataviados con túnicas y turbantes, que bebían y trapicheaban a grandes voces, ajenos a sus ojos gélidos. Stark terminó la bebida y volvió a llenar la copa: después de toda la jornada cabalgando, necesitaba descansar y reponer fuerzas; era un milagro que hubiera conseguido una jarra de vino decente en aquella ciudad. El olor de las verduras, la carne de cordero, el arroz y las especias, salieron de la cocina y llegaron a sus fosas nasales. Sobre la mesa de madera descansaba un plato de lentejas vacío; la primera comida caliente que había probado en semanas. El dueño del local pasó a su derecha y colocó una bandeja de costillas lechales ante un gordo mercader; una jugosa cena que estaba fuera del alcance de su precaria economía. Una vaharada de hierbas aromáticas flotó en su dirección: sazbi, canela, menta y somag. Stark terminó el pan y las cebollas crudas, soltó un suspiro y se reclinó contra la pared: no se había dado cuenta de lo cansado que estaba.

Aquella misma tarde, después de cinco días cruzando el desierto, donde solo encontró valles y dunas, vientos cortantes y calurosos, y oasis llenos de agua insalubre, había alcanzado la ciudad. Desde una altiplanicie, contempló las cúpulas azules que coronaban los edificios, las mezquitas de cerámica troceada, las murallas imponentes, las madrasas rodeadas por columnas de piedra y los minaretes de delicada manufactura. La arquitectura de Bujará, no contaminada por la influencia de Europa, de tonos pasteles, rosas, amarillos, índigos y anaranjados, le causó un escalofrío de placer. La belleza de Jerusalén no tenía nada que hacer al lado de aquellas calles bien construidas, las viviendas y torres enjalbegadas, los palacios inmemoriales, los jardines cuidados por manos expertas, y los mausoleos edificados siglos atrás. Conforme descendía por una colina arenosa, uniéndose a las caravanas de camellos de los comerciantes, hacia las puertas con forma de arco, sintió que el pasado quedaba delineado en un rincón distante de su memoria. Viajar por las tierras de Oriente lo había auxiliado a olvidar las contriciones que aplastaban su espíritu.

Stark comprobó el contenido de su bolsa, y decidió pedir otro odre al posadero. Las paredes sombrías decoradas con tapices, y los suelos cubiertos por mullidas alfombras, habían conocido tiempos mejores años antes. Previsivo, había alquilado una habitación en un albergue cercano con las últimas monedas que le restaban. Mañana tendría que salir a recorrer la ciudad; debía encontrar trabajo para renovar su equipo y provisiones. Encontrar a una caravana que necesitara protección sería lo ideal; desde que desembarcó en el límite sur del mar Negro, aquella había sido su manera de ganarse el sustento. Según sus cálculos, había avanzado a lo largo del continente a buen ritmo; pocos individuos habrían podido recorrer aquella distancia solos, viviendo de la naturaleza y alquilando su espada al mejor postor. Involuntariamente, observó la empuñadura del acero que sobresalía, dentro de una vaina oscura, por uno de los laterales de la mesa. Debía la vida a aquel mandoble, el pomo rodeado por tiras de cuero estaba desgastado por infinitos combates; ambos formaban una unidad compacta de carne y metal.

Faltaba poco para que expirara el año. En breve transcurriría una década desde la caída de la Orden de los Caballeros de Dios. Dudaba que en Francia alguien recordara las torturas y vejaciones que los dominicos hicieron sufrir a sus hermanos. El recuerdo de la muerte de Jacques de Molay regresó a su memoria: solo transcurrían dos años desde que lo había visto arder ante la catedral de Notre-Dame. Por fortuna, el Señor había hecho justicia, y el rey Felipe IV y el papa Clemente V fueron aniquilados por su mano vengadora. Las maldiciones que su superior lanzó a ambos, presagiándoles una muerte próxima, resultaron atinadas. Aunque fuera un pecado, Stark experimentaba una salvaje satisfacción al pensar que aquellos inicuos estaban bajo tierra. Esperaba que Satanás los hubiera acogido con los brazos abiertos. En Samarcanda, antes de partir hacia Bujará, un mercader lo había puesto al día respecto al tema en cuestión. Felipe el Hermoso había perecido en Fontainebleau, durante una partida de caza, rodeado por sus aduladores y sirvientes; su cadáver fue sepultado en la basílica de Saint-Denis. Las circunstancias del fallecimiento de Clemente V no las tenía tan claras: al parecer había muerto en abril de 1314, pocos meses antes que el soberano de Francia, en la ciudad de Avignon. En su opinión, los dos habían tenido un final demasiado piadoso. Dadas las aberraciones y los crímenes que habían perpetrado, un suplicio lento y doloroso en un potro de tortura hubiera sido lo ideal. La posterior sucesión al trono, tal como era costumbre en Europa, fue realizada con el escándalo y destrucción habitual: Isabel de Francia denunció a Margarita y a Blanca de Borgoña, acusándolas de adulterio a sus respectivos maridos, Luis X y Carlos IV. De inmediato, ambas fueron encarceladas y despojadas de todos sus títulos y bienes. Sus supuestos amantes, los hermanos Felipe y Gauthier de Aunay, después de un juicio hipócrita, fueron desollados vivos, castrados, decapitados, arrastrados y colgados por las axilas, por sus verdugos en la plaza de Pontoise. El germano frunció el entrecejo al recordar el resto de la historia: Margarita de Borgoña había fallecido el año anterior en turbias circunstancias, en la celda del castillo de Gaillard, donde fue encerrada. Las malas lenguas apuntaban que su esposo, Luis X de Francia, al desear contraer matrimonio con la princesa Clemencia de Hungría, no había dudado en ordenar su asesinato para realizar sus abyectos planes. Según lo que le habían comentado, Blanca de Borgoña y su hermana Juana, seguían confinadas en la fortaleza de Château-Gaillard, sin la posibilidad de ser liberadas. Stark apretó los labios. Todos los monarcas europeos eran igual de corruptos: seres amorales y sin conciencia de ninguna clase, que venderían su alma a Lucifer por conservar sus tronos enmohecidos. La Dinastía de los Capetos debería ser exterminada de la faz de la tierra.”

La morada del Diablo, capítulo 1

Wolfgang ha abandonado Europa, cruzado el desierto y se encuentra en el Imperio Persa. Sus aventuras por Oriente solo acaban de empezar…

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