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La Graya, un relato corto de Elmer Ruddenskjrik

La Graya, un relato corto de Elmer Ruddenskjrik

Este pequeño relato lo ideé pensando en participar en una convocatoria de cuyo nombre no me acuerdo, celebrada por la editorial Valdivia Críptica. No la seleccionaron para la publicación del recopilatorio para el que iba destinada, pero ello supone una oportunidad de sacarla a luz en todo su esplendor en Historias Pulp. ¡Esperamos que sepáis disfrutarla, pulperos!

Y ahora… ¡que comience la función!

LA GRAYA

—Yes un guajín de lu más guapín…

La anciana, vestida por completo de negro salvo por aquella especie de chal de crochet blanco (qué más bien parecía un tapete de respaldo de sofás) llevó su mano arrugada y temblorosa, moteada de pecas, hacia la cara de Tomás, y abrió el dedo índice para ponerle sobre el pómulo la áspera yema y cruzarla con lentitud hasta cerca de sus labios. No quería ser desagradable con la pobre mujer, así que el niño de casi nueve años (le quedaban exactamente 12 días para cumplirlos) aguantó estoicamente aquel incómodo contacto, tan parecido a que le pasaran a uno una gorda cerilla por la cara.

—¿Gústate el pueblu? ¿Eh, fíu?

Tomás asintió con la cabeza mientras se encogía de hombros, mirando al suelo. Se removió sobre el repecho de roca en el que se había sentado de buena mañana a esperar que su madre despertara. Quería disfrutar del aire fresco después de despertarse con el picante sabor de la madera, consumida en la chimenea durante la noche, pegado a la garganta. Y aquella anciana había asomado renqueante desde la esquina de un callejón que a simple vista parecía no estar ahí. Desde donde estaba, la pared del grupo de casas de enfrente se confundía con la fachada más cercana de otra casa, y no se distinguía que a mano derecha había un camino entremedias. La mujer había aparecido decidida, como si supiera a dónde iba: quizá a comprar el pan o darse un paseíllo sin más. Pero tan pronto se había dado cuenta de la presencia del niño (él no sabría decir en qué momento) se había dirigido directamente hasta su lado para sentarse como él en el repecho.

—¿Gústate el pueblu, eeeh? —insistió ella, dejando caer su mano derecha como tenía la otra, sobre la rodilla pero vuelta hacia arriba; ambas muñecas en una posición extraña, que tenía que ser incómoda—. Entos, ¿nun quies quedate aquí conmigo, fíu? ¿Que toy solina, yo?

Tomás permaneció con la cabeza baja, como si estuviera concentrado en la forma de los guijarros del suelo. No entendía a su madre, los guijarros, y todo lo demás en aquel pueblo del sur del norte de España, eran igual que los de cualquier otro lugar. Aquella mujer, en cambio, era algo peculiar. Parecía a punto de romperse por lo curvado de su espalda, su baja estatura y lo delgado de sus brazos, pero a la vez sus gestos y manera de hablar denotaban energía.

—¡Tomás! ¡Estás ahí, hijo! —su madre decía eso mientras caminaba hacia ellos, entornando los ojos por la luz diurna—. Hijo, ¡que voy a tu cama y que no estás! ¡Pero qué susto!

—¡Nun pasa ná, muyer! —interrumpió la anciana poniéndole a Tomás la mano en el hombro. Se agarró fuerte a él, como si fuera a apoyarse para ponerse en pie. Pero no—. ¡Taba diciéndole al nenu que si quier quedase pa conmigo equí! ¿A que vas quedate conmigo, nenu?

Tomás, como haría cualquier niño en su situación, mantuvo un respetuoso silencio. Levantó apenas la mirada para ver fugazmente el rostro de la anciana. Su cara estaba apretada en una mueca sonriente, con la boca y los ojos apenas bosquejados como finas líneas que se confundían con las largas arrugas de alrededor, todas convergentes, como el blanco cabello, hacia el apretado moño de la nuca. Su sonrisa, al momento de echarle ese rápido vistazo, estaba vuelta hacia su madre. Tomás tuvo la impresión de oír el cráneo de la anciana rechinar o crujir con aquella expresión tensa, y bajó de nuevo la mirada, inquieto.

—Ye que llevo muchos años solina, desde que muriéraseme el mí maríu, que Dios me lo cuide, allá en el cielo…

—¡Oh, vaya, lo siento! —dijo su madre al llegar hasta ellos, turbada por la inoportuna y desgraciada revelación.

—Pero nun pasa ná, ¡el nenu va quedase conmigo! ¿A que sí, mozín?

Zarandeó a Tomás con energía desde el hombro como para llamar su atención. Su madre pudo ver que su hijo estaba incómodo, y como no sabía cuánto tiempo llevaban ahí solos la vieja y el niño, optó por cortar de raíz.

—Bueno, Tomás, vamos a desayunar, que muero de hambre. Vamos pa la casa la tía, venga —le animó levantando una mano hacia él, ofreciéndole el apoyo físico y emocional que necesitaba para saber que haría bien dejando sola a la anciana, ahí sentada.

Tomás se puso en pie sintiendo el peso del escuálido brazo de la anciana aumentar mucho y muy brevemente, para al final escurrirse como derrotado. Por un instante imperceptible, su instinto de supervivencia le había pedido echar a correr hasta quedarse sin aire… pero fue una sensación demasiado fugaz como para reconocerla.

—Bueno, pos que vos aproveche, guapines —reconvino la anciana con alegría, viéndoles darle la espalda cogidos de la mano—. Que Dios os bendiga. In nomine pater…

Y la anciana empezó así un rezo cristiano con énfasis tántrico. La madre de Tomás miró a su hijo con una media sonrisa de complicidad ante el extraño comportamiento de la anciana, pero el niño seguía con la mirada baja, sin darse cuenta.

Tan pronto como entraron en la casa y su madre sirvió el desayuno, Tomás recuperó su compostura habitual de leve complacencia ante los pequeños placeres de la vida. Después, se pasaron la mañana recorriendo el complicado callejero del pequeño pueblo. No había ni un alma. Aunque es cierto que era un domingo de verano y que muchas de aquellas casas estaban ya vacías, abandonadas hacía tiempo por sus propietarios al mudarse a la ciudad, o bien esperando a ser alquiladas en épocas estivales.

Como la casa de su hermana, que la había adquirido a muy bajo precio para pasar las vacaciones cada año y que nunca había podido, entre unas cosas y otras, disfrutar; y que les había cedido a ellos dos para un par de semanas. Habían llegado al anochecer del día anterior, tras perderse dos veces por las carreteras entre los verdes montes un par de veces, y con el tiempo y las ganas justas para meter su bártulos en la reformada casita y cenar antes de irse a la cama.

—A lo mejor es que la gente los domingos los aprovechan para no madrugar… —mencionó ella, acerca de la excesiva quietud.

—Aquella mujer sí que madrugó, hoy… —recordó Tomás, volviéndose serio de repente.

—La vieja que se sentó contigo, ¿esa dices? ¿Qué te contaba?

—Nada, que si me gustaba el pueblo y si me quería quedar con ella…

—¿Te molestó? Esas cosas las diría en broma…

—No, no me molestó. Pero parecía que lo preguntaba de verdad…

La madre de Tomás enseguida cambió de tema, acerca de qué le gustaría comer y a qué hora. Volvieron a la casa tras explorar un poco los alrededores, y tras comer se fueron en coche hasta un pueblo más moderno a comprar comida y cosas para la casa, además de recorrer a pie algunas rutas por el bosque de los alrededores. Cuando volvieron a la casa, estaban el triple de cansados que la noche anterior. Cenaron hasta hartarse, pues habían llegado muertos de hambre y de sed, y enseguida se fueron a la cama. Los dos, cada uno en su habitación, se durmieron en el acto.

Tomás se despertó de golpe en mitad de la noche. Tenía las mantas hasta el cuello, pero aun así tenía frío. Las noches en aquellas latitudes eran muy frías, pero recordaba a la perfección que su madre había dejado la chimenea encendida, como la noche anterior. Sin embargo, la tenue lumbre de la llama no se colaba por la rendija de debajo de la puerta, y el penetrante aroma de la madera consumida hacía rato que se había disipado. Tomás oyó un crujido largo. Demasiado largo para tratarse de un leño aún caliente de la chimenea. Levantó la cabeza. La oscuridad era total. La única referencia que su ser tenía del espacio era la gravedad, el peso de su propio cuerpo sobre el colchón. El crujido se repitió, igual de largo, pero mucho más cerca. A medio camino desde la puerta de la habitación hacia su cama. ¿Lo que crujía era el suelo? ¿Había alguien en la habitación?

—¡¿Mamá?! —gimió, asustándose de la imponencia con que su voz había roto el silencio absoluto.

Tuvo la sensación de que la habitación ya no estaba. De algún modo se encontraba abandonado en un reino sin límites ni luz, un espacio al aire libre de un mundo sin estrellas en la noche. Quizá un lugar donde toda criatura viva callaba por miedo a ser atrapada. Y él… acababa de lanzar aquella insolente llamada al infinito de invisibles horrores predadores.

Un crujido largo retumbó junto a su oído antes de sentirse izado por una fuerza impetuosa.

La madre de Tomás se despertó de golpe. Le había parecido oír la voz de su hijo, pero no era la primera vez que se despertaba soñando que le oía gritar. Se revolvió en la cama hasta ponerse de costado, dispuesta a seguir durmiendo. Sin embargo, delante de ella, en ese lado de la cama, un peso pareció revolverse y suspirar. Abrió los ojos de par en par, sin ver nada, a oscuras, con todo el vello del cuerpo erizándosele del espanto. Iba a alargar la mano hacia ese lado, pero se lo pensó mejor y se volvió para alcanzar la lámpara de mesa del lado contrario. Encendió la luz. Allí en la cama no había nadie. Se puso en pie y se sacudió en un escalofrío. Hacía frío, pero era la sensación de haber estado acompañada lo que le ponía la carne de gallina. Miró a su alrededor, por toda la habitación. La puerta seguía cerrada, y sin embargo una insistente sensación de intrusión la atenazaba. Salió a toda prisa y entró en la habitación de Tomás encendiendo la luz. Un fuerte escalofrío volvió a sacudirla, haciéndole temblar tanto las piernas que por poco se derrumba. Ya iba a gritar su nombre, cuando fue a él al que oyó gritar. Fuera de la casa.

Echó a correr superando la debilidad en que la impresión la estaba intentando sumir, con el rítmico pulsar de sus latidos en las sienes y la neblina que se arremolinaba en torno a sus ojos. Sólo podía ver lo que tenía delante justo de los ojos, aquello que miraba directamente. Todo parecía lejos. La puerta a la calle, abierta de par en par. La fachada de la casita de enfrente. Las distancias parecían multiplicadas. Salió volviendo la turbia mirada hacia su derecha. Por aquel lado un forma más o menos familiar se revolvía: unos paños negros sobre los que se agitaban una suerte de mantel de crochet. Pero la altura no estaba bien. Las piernas eran demasiado largas, llegándole apenas la falda por encima de las rodillas. Se movía como tambaleándose, y el mantillo blanco ya colgaba de un hombro, amenazando caerse, cuando se volvió para doblar la esquina. Parecía llevar un buen bulto entre los escuálidos brazos. Tenía que ser su hijo.

—¡Tomás! —gritó.

La anciana se detuvo y retrocedió un poco antes de desaparecer del todo tras la esquina. Volvió su apretado rostro hacia ella y abrió la boca sin dientes. Entre la maraña de arrugas que eran sus labios asomó un gran ojo, negro, bulboso y sin brillo, como el de un tiburón. Cerró la boca un momento, como si parpadeara, y a continuación las comisuras de los labios-párpado se estiraron hacia arriba. Es decir, le sonrió. Y desapareció tras la esquina, con su mantillo blanco revoloteando.

Con la sensación de que el corazón le latía demasiado lento, volvió al interior de la casa. Le parecía que se movía despacio, como a cámara lenta. Corrió hasta la cocina y sacó de un cajón el cuchillo cebollero. Volvió a la calle, en camisón y zapatillas, notándose pesada y lenta, con las piernas como de goma. Torció a la carrera la esquina por la que se había ido la anciana, y se detuvo de golpe. Allí delante no había más camino. Oyó a Tomás gritar de nuevo, y siguió su voz, corriendo hacia aquella fachada. Al aproximarse, descubrió que a la derecha se abría un estrecho callejón. Y al fondo, encogiéndose para pasar por el resquicio de la entrada derruida de una casita en ruinas y sembrada de vegetación, la espalda de la anciana desaparecía en ese momento entre la oscuridad de más allá, para la que no era rival la tenue luz de las estrellas.

Sin aliento, con la garganta seca, se acercó hasta la entrada de la casa. La madera de la puerta partida, que colgaba torcida del viejo gozne superior, semejaba un gran diente resquebrajado y podrido. Pasó al interior, sorprendiéndola un agradable aroma a estofado de hierbas. La oscuridad era total, y se golpeó la cabeza contra una masa de tierra. Palpó a su alrededor. El interior de la casita en realidad era un pasadizo de tierra que descendía en pronunciada pendiente. El suelo estaba apisonado y era resbaladizo. Intentó mantener el paso firme haciendo fuerza con los brazos en los irregulares paredes y techo, pero sólo consiguió desequilibrarse, forzar más aún la pérdida de equilibrio. Cayó sentada y patinó de culo un corto trecho hasta suelo nivelado.

—Nun lloreeees, mozín, nun lloresss… La tu ma ya vien por tiiii… —oyó que decía la voz de la anciana, delante de ella, en la oscuridad total.

No sabía estimar la distancia desde la que hablaba. A su hijo, pese a lo que decía la anciana, no le oía. Ni gritar ni llorar. Avanzó a tientas, palpando con una mano y golpeando con el mango del cuchillo, con la otra. De súbito, vio luz. La lumbre vacilante de las llamas de ¿una chimenea?, tras un recodo en el pasadizo. Al final, mientras el aroma a rica sopa o cocido especiado se hacia más patente, se vio caminando hacia una gran olla de barro lamida por su base por las cortas llamas del amplio hornillo en el que descansaba. Llevando el cuchillo por delante de sí, vio el pasadizo abrirse a aquel amplio espacio, donde el aire era pesado pero olía francamente bien. Enseguida pudo ver, con la única pero intensa luz del hornillo, que todo el agujero estaba sembrado y emparedado de huesos y calaveras, todos incrustados con firmeza entre la compacta tierra que la rodeaba. Había tantos que todo el espacio refulgía en un tono amarillento, reflejando la lumbre.

Aún horrorizada al reconocer aquellas piezas, la sombra alta y desgarbada de la anciana se cernió hacia ella desde un agujero a la izquierda. Soltó el cuchillo y se dejó caer de rodillas al ver lo que zarandeaba en su mano izquierda, al final de su larguísimo brazo, que no era para nada parecido al de una anciana. Sus nudosos dedos envolvían el cuello aplastado y torcido de Tomás, quien mostraba una azulada expresión neutra, con la amoratada lengua asomando entre los labios secos y los ojos hinchados y rojos. Su cuerpo se agitaba siguiendo los ademanes de la anciana, como una marioneta inútil en su mano.

—¿Qué ti parez? —dijo la anciana, con la apretada cara vuelta hacia atrás para poder mantener abierta la boca, donde el gran ojo de tiburón se tragaba la luz. Las pequeñas y arrugadas manitas que tenía la vieja esa mañana colgaban de pequeños brazitos muertos desde su pecho, y entre ellos, debajo, una gran boca con un solo diente que era una gran muela, se abría para hablarle—. El tú fíu va quedase pa conmigo, al final…

Y rompió a reír, lanzando con furia el cadáver del niño a la olla, que cayó de cabeza dentro. Los brazos y piernas golpearon de modo aparatoso contra el borde para quedar colgando retorcidos antes de escurrirse lentamente mientras el niño se hundía burbujeando en el caldo hirviendo.

—¡Dios míooo…! ¡Mi hijoooo…! ¡¿Qué le has hechooo…?! —aulló ella, sin aire, viendo sus pies descalzos desaparecer tras la boca de la olla.

—¿Qué i voy facer? ¡Pos retorcile el pescuezu como a una pitina! —la espantosa anciana alargó los brazos mientras daba largas zancadas hacia ella— ¡COMO VOY FACETE A TI!

La Graya, por Elmer Ruddenskjrik

Una mujer y su hijo disfrutan de unos días de vacaciones rurales en un pueblecito del norte España…

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Elmer Ruddenskjrik