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Game Over

Game Over

Es verano, y hace demasiado calor aquí adentro.

Ríos de sudor recorren mi cara y otras partes de mi cuerpo.

Entonces llego a creer que mi casa es un horno, y que soy la carne que se cocina dentro.

portada game overLa idea me irrita, y aunque la combato no puedo erradicarla.

Se me ocurre encender los ventiladores que tengo en mi sala, a una orden de mi voz las hélices de aquellos aparatos se ponen en marcha y disparan ráfagas de aire hacia el caldeado ambiente.

Me colocó en el centro de la sala dispuesto a refrescarme, pero aquellas ráfagas no pueden vencer al calor, y siento una brisa de aire caliente posándose sobre mi piel.

La ira aumenta, pero todavía puedo controlarla.

Imagino una solución, me acercaré a cada uno de los ventiladores que ametrallan el calor reinante, es la única manera de refrescarme, me digo.

Hago lo que pienso, pero me doy cuenta que el efecto es parcial, pues el calor vuelve a atenazarme apenas abandono la zona batida por la hélice del ventilador.

La cólera me hace imaginarme con un revólver en mano disparándole a quemarropa a esos ventiladores inútiles. En ese escenario, mi dedo es una centella, y doy rápida cuenta de cuatro armatostes inmóviles.

Recapacito, y me digo que sería inútil hacer tanto ruido para nada: destruir los ventiladores no matará el calor, por lo tanto mi mente vuelve a sondear el océano de las posibilidades.

Y se me ocurre algo, en lo que no había pensado antes.

Me despojo de toda la ropa que llevo encima, excepto los calzoncillos, de ese modo, cuando mis vecinos me vean, ninguno podrá acusarme de exhibicionismo o inmoralidad; pues en realidad no pretendo transgredir ninguna costumbre, solo combatir el calor que asedia mi cuerpo.

Ahora estoy semidesnudo, busco un banco de plástico, y lo llevo a cuestas hasta situarme delante de la puerta que separa mi espacio íntimo de la calle. Con voz estentórea le ordenó a la puerta que se abra, el pomo gira, crepita levemente, y la hoja se aparta mostrándome el exterior.

Un golpe de viento masajea mi cuerpo acalorado por horas de encierro infernal, su hálito se derrama por mi pecho, desciende hacia mi vientre, y se concentra en la entrepierna Mi calzoncillo se abulta; un conato de erección se produce ahí abajo.

La tarde principia con buen pie, el aire circula por doquier, también las muchachas lindas, y me dedico a piropearlas a conciencia, es un modo como cualquier otro de pasar el tiempo.

Una que otra me mira atraída por la osadía de mi verbo, pero pasan de largo; de todos modos no es importante, se pueden ver otras cosas fuera del horno de donde salí.

Alzo la vista y contempló el cielo, está congestionado de nubes y cientos de pajarracos negros vuelan debajo de ellas dibujando círculos concéntricos. Las aves van y vienen aprovechando las corrientes de viento, el mismo viento que sopla acá abajo dándome frescor.

Ahora mi campo visual abarca mi entorno cercano, miro los puentes peatonales que cruzan la avenida, además de la caravana de carros que pasan de largo haciendo temblar la pista, y también mi cuerpo.

Eso me recuerda el zumbido que emite el móvil cuando llega un mensaje o una llamada, abro mi mano y me doy cuenta que no he prescindido de él; simplemente está ahí, plano y reluciente, dispuesto a otorgarme el solaz que otras cosas no me brindan.

¿Qué haré?, me pregunto, mientras mi dedo acaricia la pantalla jugueteando con los iconos que se estremecen de buenas a primeras. Estoy dudando ¿redes sociales o un video juego? Comparo las emociones que me brindan ambas aplicaciones, sé que el resultado de la puja será parcial, todo lo decide mi ánimo. Hoy me siento guerrero, así que me decido por el juego, y yo prefiero los juegos de guerra.

Presiono el icono respectivo y aparece un arma que puedo manejar tocándola con el índice, ante el cañón de mi arma aparece una especie de laberinto donde se ocultan los agentes que debo eliminar.

El gozo me invade ¡debo matar todo lo que se mueve!, me disparan y yo replico. El sonido de las balas se escucha, siento el fragor de la acción, los quejidos de los cuerpos cuando son alcanzados por los proyectiles, los salpicones de sangre brotando como géiseres.

Mato a varios, y me siento invencible hasta que algún hijo de puta se las ingenia para darme.

Borbotones de sangre falsa manchan la pantalla

Game over, el juego acabó para mí.

Entonces me doy cuenta que algunos perros callejeros me han rodeado y mueven la cola amistosamente, quizá quieren que les de comida, pero no estoy dispuesto a meterme en el horno de donde salí para alimentar a estos pulgosos de mierda.

Los espanto con el pie descalzo pero no se van del todo, en sus ojos se lee la esperanza de recibir una dádiva. No tengo nada que darle que darles, excepto el móvil hecho de plástico, sé que no es materia comestible, y se los arrojo para alejarlos de mí.

Los perros se alejan corriendo tras aquel placebo, volviendo al reino de desamparo y olvido al cual pertenecen.

Pero no me siento apenado por haber actuado así, yo no puedo saciar su hambre de afecto y comida.

El viento sigue corriendo, forma remolinos que se desplazan a ras del suelo, dando movimiento a los desperdicios ahí acumulados por la negligencia de la gente que mora aquí.

Fue entonces cuando percibí la presencia de las bolsas por primera vez, son de todo color y condición; las hay oscuras y también transparentes, pequeñas y grandes, pero lo curioso del caso es que se mueven acompasadamente, como si fueran los personajes de un juego diseñado para combatir mi propia monotonía.

Es curioso, pero este fenómeno me convence de que las bolsas han adquirido alguna forma de vida propia. Sé que es una idea absurda, pero no puedo apartarla de mi mente, pero a cada momento que pasa esta noción se hace más fuerte, es como si una nueva realidad hubiera surgido de repente de la estructura que consideramos como tal.

Las “bolsas” negras empiezan a revolotear en torno a mí como una bandada de cuervos, pero sus cuerpos no son sólidos, sino fluidos como el humo que brota de una chimenea, y por eso adoptan formas caprichosas y ágiles, que se mueven sobre el aire como los peces lo hacen dentro del agua.

Ahora pretenden allanar mi morada, entonces me levanto del banco e intento interceptarlas como lo haría un arquero atento a un balón que anhela convertirse en gol, pero es difícil. Soy uno, ellas muchas y pueden superarme constantemente.

Las concibo como una lluvia de piedras inclementes o mejor aún como escurridizas manchas de Rorschach, que ponen a prueba mi cordura, ahora me entran ganas de abatirlas, y apelo a mis manos para hacerlo, pero yerro el blanco una y otra vez, me falta agilidad para derribarlas; las “bolsas” me eluden con éxito, pero lo más curioso de todo es que después de atravesar el umbral, se disuelven y sucumben en el vacío, o al menos eso es lo que me parece.

Pongo los ojos en el suelo, y me doy cuenta que sobre la vereda yace un listón de madera, en cuyo extremo superior asoma la punta de un clavo herrumbroso.

Sonrío, eso de algún modo constituye una victoria para mí teniendo en cuenta mi torpeza a la hora de enfrentarlas; el ejercicio me ha agotado, y la sensación de calor ha vuelto, y se me ocurre que un duchazo pueda ser la mejor solución para esta contingencia.

Pero la avalancha continua, ahora es el turno de las “bolsas” transparentes, éstas me parecen más agiles que sus congéneres ahora extintos, además tienen la capacidad de estirarse, y cuando lo hacen me recuerdan la forma que adoptan los condones cuando están siendo usados, sin embargo la imagen no es del todo exacta pues estas “”bolsas” no contienen nada dentro de ellas, y encima pueden volar.

Ahora se acercan, son muchas y me dispongo a enfrentarlas, quizá pueda abatir a alguna pues tengo como desgarrar aquellos cuerpos hechos a base de polímero.

Me preparo, y enarbolo el listón como un bate de béisbol, la punta del clavo brilla como una esquirla de sol, tan solo me falta tener una gorra con la visera invertida para ofrecer una perfecta imagen de vandalismo urbano.

No le temo a nada, es el momento de la acción y la embestida se produce, las “bolsas” atacan frontalmente. Veo sus bocas abiertas y ondulantes, como las fauces de un depredador hambriento, detrás van sus cuerpos henchidos y transparentes, filtrando la luz del sol poniente.

El clavo entra en acción y se abate como una guadaña contra uno de aquellos seres de polímero, la “bolsa” no tiene ojos pero tiene un modo de presentir la agresión y emprende una maniobra evasiva que la aleja del alcance de aquella arma improvisada.

La miró con odio, pues mi orgullo me dicta destruir unas cuantas “bolsas” antes de irme a descansar, cojo el listón con las dos manos y lo vuelvo a blandir de modo desafiante contra las “bolsas” que ahora vuelven a la carga.

Dos “bolsas” me embisten de frente, me concentró en ellas y planeó abatirlas dando un potente mandoble lateral de tal modo que el clavo pueda ensartar sus cuerpos al unísono, dando cumplimiento al dicho que habla de matar dos pájaros de un tiro.

Me concentro en alcanzar mi objetivo, mi arma barre el aire raudamente, confío en no fallar, de repente mi visión se nubla; siento que algo me envuelve la cabeza por entero: se trata de una “bolsa” que me ha atacado por el punto ciego de mi defensa, suelto el arma e intento liberarme de aquello que me atenaza por todas partes, es una sensación terrible, parecida a la que podría sentir un paciente psiquiátrico preso al que le ponen una camisa de fuerza.

Estoy desconcertado, la “bolsa” me sigue apretando y amplifica su boca para permitir que el resto de mi cuerpo pueda caber en su interior, ahora me encuentro cautivo dentro de ella, de la cabeza a los pies, e irónicamente puedo ver lo que pasa afuera de mi celda transparente; en esencia todo sigue igual: los carros pasan, los perros siguen buscando afecto y comida, y los desechos plásticos siguen dando vueltas sobre la vereda.

Ahí dentro el frío es tan intenso que mi cuerpo no lo puede soportar, es como estar dentro de una cámara frigorífica sin esperanza de escapar; poco a poco principio a desplomarme, a perder la conciencia de quien soy hasta el momento.

Mientras tanto mis manos se vuelven garras y pugnan por desgarrar el epitelio de aquella extraña cosa, pero no puedo hacerle daño, más bien la “bolsa” empieza a infringírmelo mediante una serie de descargas eléctricas que van rompiendo las cadenas que atan mi ego a este cuerpo.

Me siento como la raíz de una planta hundiéndose dentro de una tierra ignota, no hay obstáculos que me impidan penetrar en este mundo nuevo, tampoco atajos que aceleren mi marcha. Tan sólo existe el impulso, la fuerza que me absorbe una parte de mí hacia arriba.

La succión empieza, percibo su sonido sobre mí como si me estuviera dando la bienvenida. Tal vez esa sea su forma de saludar, pero yo creo que me están sacando el alma a pedazos.

El dolor que causa la separación es terrible, y me parece que empiezo a asomarme al inconmensurable abismo que existe más allá de este planeta; entonces percibo que algo está saliendo de mí, el pánico ya no puede afectarme; mi cuerpo ahora yace sobre la acera como si fuera un cadáver que jamás volverá a abrir los ojos sobre este planeta.

Game over.

La “bolsa” principia su ascensión, poco a poco se eleva con esa gracia y vivacidad de las cometas de madera que echaba a volar cuando era niño. Me resulta curioso que ahora me asalte un recuerdo de infancia: la tapa de un cuaderno escolar donde solía practicar caligrafía; en ella se representaba a un hombre semidesnudo flotando en medio de la soledad del espacio.

El hombre tenía uno de los brazos levantados y sobre su puño brotaba el esplendor de un pequeño sol que brillaba como una potente lumbre. ¿Me convertiré en algo parecido a eso?, o en algo imposible de imaginar para la mente humana.

Todavía no lo sé, pero la respuesta vendrá pronto, al menos eso espero.

El resto de las “bolsas” también ascienden, no parece importar el hecho que se vayan sin nada adentro; ninguna de ellas rompe la disciplina, y como es su deber acompañan en su triunfo a la que ha conseguido aprisionar mi consciencia para proyectarla fuera del mundo donde había vivido siempre.

Chiclayo, verano del 2014.

Un relato de Rubén Mesías Cornejo

FIN

 

 

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María Larralde