El 23 de junio de 2021, en un despliegue de recursos y de circunspecta voluntad de tocar los cojones por parte de la ejecutiva política de Alicante, varias unidades del Grupo de Oligofrénicos para la Interrupción de Recreativos (GOIR) se reunieron en preventivos grupos de al menos ocho ejemplares de gran tonelaje con el fin de evitar la celebración de presuntas aunque tradicionales hogueras en las playas de la ciudad durante esa, la que fue la festividad de la noche de San Juan. 

La orden, anunciada por megafonía durante un periodo de al menos un cuarto de hora antes, de desalojar las playas, independientemente de la actividad desarrollada, para las 20:00 horas de la tarde, tuvo como resultado la esperada y poco sorpresiva obediencia de la ciudadanía, la cual despejó la playa sin mayor miramiento, dejando en el ambiente un silente pero tácito “si queréis la playa vacía, pues ahí la tenéis y que os den por culo”.

A pesar de ello, la combinación de zampabollos e hipertrofiados oligofrénicos del GOIR montaron guardia desde el paseo de las playas en dichos grupos, no faltos de su buena cantidad de tensión homosexual entre sus miembros, haciendo vigilante prevención de cualquier clase de sospecha siquiera de incumplimiento de la absurda y desproporcionada orden de desalojo, azorados entre el aburrimiento y el irresistible y lascivo acto de frotar sus porras entre sus manos, ansiosos por descargar sus frustradas ansias de autoridad totalitaria sobre cualquier espécimen del ciudadano medio, preferiblemente uno de naturaleza autóctona.

El único suceso tuvo que ver con un ciudadano solitario que, abstraído, y a pesar de portar de manera diligente su mascarilla, parecía ocultar bajo la misma una ligera sonrisa que afloraba sin poder evitarlo al ligero entornar de sus ojos soñadores, sin hacer, por más, que estar sentado en un banco cualquiera. Cuatro miembros del GOIR, que repararon en el irresponsable individuo, se creyeron suficientes para apartarse de su grupo y acudir a interpelarlo. Entre el maremágnum de viandantes enmascarados que recorrían el paseo y de consumidores que, descubiertos, consumían apelotonados sus pedidos en las terrazas de la misma costa, fue que sucedió lo siguiente:

—Caballero. ¿Qué esta haciendo, caballero?

—¿Yo? —Mirando a su alrededor, como traído de vuelta a la realidad de improviso, las cuatro torres de carne de actitud automática rodeándole por todas partes—. Pues… Pensando en mis cosillas.

—¿Es usted consciente de lo que está haciendo? —Le acusó otro miembro distinto del GOIR.

—¿Eh? No, ¿es que he hecho algo malo?

—¿No es usted consciente de su irresponsabilidad? —Volvió a hablar el primer agente del GOIR—. ¿No sé da cuenta de que se ha subido el precio de todo, de la comida, la bebida, las medicinas, de la luz y el agua, de todo, a tenor de los impuestos? ¿No se da cuenta de que están la mayoría de los sanitarios haciendo lo posible por atender, si es que atienden, de la manera más negligente posible a cualquiera de ustedes? ¿No es observador de que el conjunto de todos nosotros, las fuerzas del orden, nos empeñamos en hacernos omnipresentes para asegurarnos de que todos y cada uno de ustedes no se quita la mascarilla ni hace amago alguno de incumplir cualquiera de las nuevas normas que están entrando en vigor a fin de, si es así, tratar de adscribirles una multa? ¿No es sabedor de que todo tipo de ocio, si se permite, se ha de ejecutar de acuerdo a unas nuevas normas de contención y distanciamiento social que harán aburrida, cuando no insoportable, la experiencia del mismo? ¿No ve, con cierta desidia pero alguna indignación, que la clase política se empeña en socavar todo el bienestar económico, cultural y social que queda en este país? 

—Pues… bueno, así dicho todo de golpe, suena un poco bestia, sí…. —reconocía el individuo, aún sentado, y azorado a vista de cualquiera—. Pero… ¿Por qué me lo pregunta?

—¿Cree usted que todo esto se hace para pueda usted, siquiera por un segundo, ser lo más mínimamente feliz pensando “en sus cosillas”? —Intervino de nuevo el segundo GOIR hablador.

—Bueno, yo… —Trató de disculparse el ciudadano.

A lo que siguió un reguero de varios pares de cachiporrazos por parte del cuarteto del GOIR, los cuales hicieron suceder los golpes con tal insistente y rítmica cadencia que no pocas monedas fueron arrojadas a su alrededor al ser confundido el lío de palos con un improvisado concierto callejero de percusión. 

¿El ciudadano feliz? Nunca más se supo. El saco lleno de huesos rotos de su piel fue arrastrado al interior de una de las blancas furgonetas del Grupo de Oligofrénicos de Intervención de Recreativos, la cual permaneció estacionada adecuadamente a fin de posar para la foto que adorna esta publicación. 

Un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad.

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