EL TEMPLO

(Arrodillada ante la figurilla adorada)

Quince años. En su haber de cajera, quince años.

Sesenta de vida.

Desde el altar que presidía en aquel templo de las afueras de Madrid, hacía pagar las culpas a través de los códigos de barras. Unas más caras que otras; unas más hermosas que otras; las culpas de mujeres, hombres, niños, y seres variopintos de naturaleza y origen indeterminado.

Tras su jornada como confesora, Magdalena, entre más de treinta y tantas otras confesoras se dedicaba a recoger todos los objetos rituales con los que realizaba aquellos actos de purificación sagrada.

Los pecadores entraban, y cual polillas ante tanta luz, ante tantos objetos sagrados, comprendían que su lugar en el mundo era ese. ¿Dónde mejor que en El Centro Comercial “El Manantial” para redimir sus culpas? Allí todo era perdonado, todo.

Pero un día, sin saber Magdalena por qué, y estando El Manantial repleto de penitentes enfervorecidos y deseosos de pagar por sus pecados, la luz se fue. Hubo un silencio terrible recorriendo, como una brisa cálida, toda la línea de cajas. Algo olía mal.

¡Fuego, fuego!

Y aquel lugar se convirtió en un verdadero infierno; un infierno con sus demonios liberados por la oscuridad; los que antes deseaban pagar, comenzaron a robar los objetos sagrados, los metían entre sus ropas, dentro de sus bolsas o en los carritos de los bebés.

Magdalena, sufrió inesperada y repentinamente una extraña transformación, de confesora pasó a inquisidora y se dedicó a perseguir a los demonios que la rodeaban, desgarrando sus pieles oscuramente repugnantes con un cúter y unas tijeras que tenía en la caja registradora de pecados y que, en otros momentos más celestiales, servían para cortar aquellas partes de las etiquetas o envoltorios molestos e inservibles.

Comenzó a llover, una lluvia fina pero constante, el humo del infierno asfixiaba a todos los extraños seres que, aullando, corrían de un lugar a otro del templo-panteón para almas en pena. Y, repentinamente, se hizo la luz…  Una luz tenue que era incomparablemente inferior al fulgor celestial habitual del centro sagrado.

… y allí, arrodillada ante la figurilla adorada de un escaparate de electrodomésticos, en el que una luz titilaba en lo alto se podía observar a Magdalena con su rostro, sus ropas y sus manos manchadas de sangre y rodeada de cuerpos de “demonios” mutilados… asesinados por ella.

Magdalena había hecho el Bien. Destruir a aquellos seres era la misión de todo buen cajero: acabar con aquellos ladrones impíos, su mayor hazaña.

Fin.

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El Templo de María Larralde

Un relato corto y alegórico representativo de las devociones y religiosisdad pagana de nuestros tiempos.

 

 

 

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