19 junio, 2024

Lectura del capítulo 15 del Silmarillion… puedes escucharlo en nuestro canal de YouTube mientras lo lees. Esperamos que lo disfrutéis.

15. De los Noldor en Beleriand

Se dijo que con la guía de Ulmo, Turgon de Nevrast descubrió el valle escondido de Tumladen, que se extendía al este de las aguas superiores del Sirion (como se supo luego), en un anillo de montañas altas y escarpadas, y ninguna criatura llegaba allí salvo las águilas de Thorondor. Pero había un camino profundo bajo las montañas, excavado en la oscuridad del mundo por las aguas que iban a unirse a las corrientes del Sirion; y este camino encontró Turgon, y así llegó a la llanura verde en medio de las montañas, y vio la colina—isla que se levantaba allí de piedra lisa y dura; pues el valle había sido un gran lago en días antiguos. Entonces Turgon supo que había encontrado el lugar que deseaba, y decidió edificar allí una hermosa ciudad en memoria de Tirion sobre Tuna; pero regresó a Nevrast, y permaneció allí en paz, aunque siempre meditaba en cómo podría llevar a cabo lo que se había propuesto.

Ahora bien, después de la Dagor Aglareb, a Turgon le volvió la inquietud que Ulmo le había puesto en el corazón, y convocó a muchos de los más osados y hábiles de los suyos, y los condujo en secreto al valle escondido, y allí empezaron la construcción de la ciudad que había concebido Turgon; y montaron guardia alrededor para que nadie los sorprendiese desde fuera, y el poder de Ulmo en el Sirion los protegía. Pero Turgon continuó residiendo en Nevrast, hasta que por fin la ciudad estuvo por completo edificada, al cabo de cincuenta y dos años de trabajos ocultos. Se dice que Turgon había decidido llamarla Ondolindë en la lengua de los Elfos de Valinor, la Roca de la Música de las Aguas, pues había fuentes en la colina; pero en la lengua Sindarin el nombre cambió, y se convirtió en Gondolin, la Roca Escondida. Entonces Turgon se preparó a partir de Nevrast y abandonar los recintos de Vinyamar junto al mar; y allí Ulmo se le presentó otra vez, y fe habló, y dijo: —Irás ahora por fin a Gondolin, Turgon; y mantendré yo mi poder en el Valle del Sirion, y en todas las aguas que allí hay, de modo tal que nadie advierta tu marcha, ni nadie encuentre la entrada escondida si tú no lo quieres. Más que todos los reinos de los Eldalië soportará Gondolin contra Melkor. Pero no ames con exceso la obra de tus manos y las concepciones de tu corazón; y recuerda que la verdadera esperanza de los Noldor está en el Occidente y viene del Mar.

Y Ulmo le advirtió a Turgon que también él estaba sometido a la Maldición de Mandos, y que no tenía poder para anularla. Dijo: —Puede que el Hado de los Noldor te alcance también a ti antes del fin, y que la traición despierte dentro de tus muros. Habrá entonces peligro de fuego. Pero si este peligro acecha en verdad entonces vendrá a alertarte uno de Nevrast, y de él, más allá de la ruina y del fuego, recibiréis esperanzas los Elfos y los Hombres. Por tanto, deja en esta casa unas armas y una espada para que él las encuentre, y de ese modo lo conocerás y no serás engañado—. Y Ulmo le declaró a Turgon de qué especie y tamaño tenían que ser el yelmo y la cota de malla y la espada que dejaría en la ciudad.

Entonces Ulmo volvió al mar, y Turgon reunió a todos los suyos, aun a una tercera parte de los Noldor de Fingolfin, y a una hueste todavía mayor de los Sindar; y compañía tras compañía se alejaron en secreto bajo las sombras de Ered Wethrin, y llegaron sin ser vistos a Gondolin, y nadie supo a dónde habían ido. Y por último Turgon se puso también en camino, y fue con los de su casa en silencio por entre las colinas, y pasó por las puertas de las montañas, que se cerraron tras él.

Por muchos largos años nadie entró por allí salvo sólo Húrin y Huor; y las huestes de Turgon no volvieron a aparecer hasta el Año de la Lamentación, después de transcurridos trescientos cincuenta años y más todavía. Pero detrás del círculo de las montañas el pueblo de Turgon creció y medró, y trabajó sin descanso, de modo que Gondolin de Amon Gwareth llegó a ser realmente hermosa y digna de compararse aun con Elven Tirion, más allá del mar. Elevados y blancos eran los muros, y pulidas las escaleras, y alta y poderosa la Torre del Rey. Allí refulgían las fuentes y en los patios de Turgon se alzaban imágenes de los Árboles de antaño, que el mismo Turgon talló con élfica artesanía; y el Árbol que hizo de oro se llamó Glingal, y el Árbol cuyas flores hizo de plata se llamó Belthil. Pero más hermosa que todas las maravillas de Gondolin era Idril, la hija de Turgon, que fue llamada Celebrindal, la de los Pies de Plata, y sus cabellos eran como el oro de Laurelin antes de la llegada de Melkor. Así vivió largo tiempo Turgon en serena felicidad, pero en la desolada Nevrast nadie habitó hasta la ruina de Beleriand. Ahora bien, mientras la ciudad de Gondolin se construía en secreto, Finrod Felagund trabajaba en los sitios profundos de Nargothrond; pero Galadriel, su hermana, moraba como se dijo en el reino de Thingol en Doriath. Y a veces Melian y Galadriel hablaban juntas de Valinor y de la dicha de antaño; pero los relatos de Galadriel no iban nunca más allá de la hora oscura de la muerte de los Árboles. Y Melian dijo en una ocasión: —Hay una pena secreta en ü y en los tuyos. Eso puedo verlo, pero todo lo demás está oculto para mi; porque ni con los ojos ni con el pensamiento veo nada de lo que sucedió o sucede en el Occidente: una sombra pende sobre toda la tierra de Aman, que se extiende hasta el océano. ¿Por qué no me dices más?

—Porque esa pena pertenece al pasado —dijo Galadriel y acepto de buen grado cualquier alegría que haya aquí, sin recuerdos que me perturben. Y quizá nos aguardan otras pesadumbres, aunque parezca que aún brilla la esperanza.

Entonces Melian la miró a los ojos y le dijo: —No creo que los Noldor vinieran como mensajeros de los Valar, como se dijo al principio: no, aunque llegaran a la hora precisa de nuestra necesidad! Porque no hablan nunca de los Valar, ni ninguno de esos altos señores han traído mensaje alguno a Thingol, ni de Manwë ni de Ulmo, ni siquiera de Olwë, el hermano del rey, y de su propio pueblo que se hizo a la mar. ¿Por qué motivo, Galadriel, las altas gentes de los Noldor fueron expulsadas de Aman como exiliados? O ¿qué mal pesa sobre los hijos de Fëanor, para que se muestren tan altivos y feroces? ¿No me acerco a la verdad?

—Te acercas —dijo Galadriel—, pero no fuimos expulsados, y partimos porque así lo quisimos nosotros, y en contra de la voluntad de los Valar. Y aunque con gran peligro y a despecho de los Valar, con este propósito vinimos: para vengarnos de Morgoth y recuperar lo que se robó.

Entonces le habló Galadriel a Melian de los Silmarils, y del asesinato del Rey Finwë en Fórmenos; aunque no dijo una palabra acerca del Juramento, ni de la Matanza de los Hermanos, ni del incendio de las naves en Losgar. Pero Melian dijo: —Mucho me dices ahora y, sin embargo, adivino más todavía. Una sombra arrojas sobre el largo camino desde Tirion, pero veo allí un mal del que Thingol tendría que estar enterado.

—Quizá —dijo Galadriel—, pero no por mí.

Y Melian ya no siguió hablando de estas cosas con Galadriel; pero le contó al Rey Thingol lo que había oído acerca de los Silmarils. —Este es asunto de gran importancia —dijo—, más todavía de lo que sospechan los Noldor; pues la Luz de Aman y el destino de Arda están encerrados ahora en esos artificios de Fëanor, que se ha ido. Y digo ahora que no serán recuperados por poder alguno de los Eldar; y las batallas devastarán el mundo antes de que le sean arrebatados a Morgoth. ¡Tenlo en cuenta! Han matado a Fëanor y a muchos otros, sospecho; pero antes que ninguna otra muerte provocada por Morgoth, ahora o en el futuro, ocurrió la de Finwë, tu amigo. Morgoth lo mató antes que partiera de Aman.

Entonces Thingol guardó silencio, lleno de dolor y malos presagios; pero luego dijo: —Entiendo al fin ahora lo que tanto me había intrigado: por qué vinieron los Noldor desde Occidente. No acudieron en nuestra ayuda (salvo por azar); porque a aquellos que permanecen en la Tierra Media, los Valar dejarán librados a sus propios recursos, hasta que conozcan la necesidad mas extrema. Para vengarse y recuperar lo robado han venido los Noldor. Y sin embargo, y por la misma razón, tendrían que ser nuestros aliados más seguros, pues a nadie se le ocurriría que lleguen a pactar con Morgoth.

Pero Melian dijo: —En verdad, por esas causas han venido; pero también por otras. ¡Cuídate de los hijos de Fëanor! La sombra de la ira de los Valar pende sobre ellos; y han hecho daño, según entiendo, tanto en Aman como contra los de su propio linaje. Hay un dolor, aunque ahora esté adormecido, entre todos los príncipes de los Noldor.

Y Thingol respondió: —No sé si eso me concierne. De Fëanor sólo me han llegado noticias, y todas lo engrandecen por cierto. Y de los hijos de Fëanor poco oigo que me complazca; no obstante, es probable que sean los más mortales enemigos de nuestro común enemigo.

—Las espadas y los consejos de los Noldor serán siempre de doble filo —dijo Melian; y ya no hablaron más de este asunto.

No transcurrió mucho antes de que los Sindar empezaran a hablar en voz baja entre ellos de los hechos de los Noldor antes que llegaran a Beleriand. Sobre el origen de estos rumores no cabe ninguna duda, y la triste verdad fue disfrazada y envenenada con engaños, pero los Sindar eran todavía inocentes y confiaban en las palabras, y (como bien puede entenderse) la malicia de Morgoth los escogió como víctimas propiciatorias, pues no lo conocían. Y Círdan, al escuchar estos relatos sombríos, se sintió perturbado; pues era de buen juicio, y comprendió en seguida que verdaderos o falsos, era la malicia quien los difundía en aquel momento, y la atribuyó a los celos que separaban a las distintas casas de los Noldor. Por tanto envió mensajeros a Thingol para comunicarle lo que había oído.

Ocurrió que por ese entonces los hijos de Finarfin eran otra vez huéspedes de Thingol, pues deseaban ver a la hermana de ellos, Galadriel. Entonces Thingol, muy conmovido, le habló con enfado a Finrod diciendo: —Has obrado mal conmigo, hermano, al ocultarme asuntos de tanta importancia. Pues acabo de enterarme de todas las malas acciones de los Noldor.

Pero Finrod respondió: —¿De qué modo he obrado mal contigo? ¿Y qué daño te han hecho los Noldor que tanto te apena? Nunca pensaron o hicieron nada malo, ni contra ti ni contra nadie de tu pueblo.

—Me maravilla, hijo de Eärwen —replicó Thingol—, que te hayas acercado así a la mesa de un hombre de tu linaje, con manos enrojecidas por la sangre de tus hermanos maternos, sin adelantar alguna defensa o buscar el perdón.

Entonces Finrod se sintió grandemente perturbado, pero guardó silencio, pues no podía defenderse, excepto acusando a otros príncipes de los Noldor; y detestaba hacer algo semejante delante de Thingol. Pero en el corazón de Angrod el recuerdo de las palabras de Caranthir creció en amargura, y exclamó: —Señor, no sé qué mentiras habrás escuchado, ni por boca de quién; pero no hemos venido con las manos enrojecidas. Sin culpa hemos venido, salvo quizá de locura, a escuchar las palabras del feroz Fëanor, que nos aletargaron, como si un vino nos hubiera embriagado, y también sólo por un momento. Ningún mal cometimos en el camino, pero en cambio lo sufrimos nosotros; perdónanos. Por esto se nos acusa de que venimos aquí con cuentos, y de que hemos traicionado a los Noldor: falsamente como lo sabes, porque de nuestra lealtad no te hemos hablado, y de ese modo nos hemos ganado tu enojo. Pero ahora ya no es posible soportar estas acusaciones y sabrás la verdad.

Entonces Angrod habló con amargura contra los hijos de Fëanor, de la sangre derramada en Alqua—londé, y de la Maldición de Mandos, y del incendio de las naves en Losgar. Y exclamó: —¿Por qué a nosotros, que soportamos el Hielo Crujiente, han de llamarnos traidores y asesinos de hermanos?

—No obstante, la sombra de Mandos pesa también sobre vosotros —dijo Melian. Pero Thingol calló largo tiempo antes de nablar: —¡Idos ahora! —dijo—. Pues tengo un peso en el corazón. Más tarde podréis regresar si queréis; porque no os cerraré mis puertas para siempre, ya que fuisteis atraídos a la trampa de un mal que no buscasteis. No me apartaré tampoco del pueblo de Fingolfin, pues han expiado con amargura el mal que cometieron. Y nuestro odio al Poder que provocó toda esta aflicción apagará todas las quejas. Pero ¡escuchad mis palabras! ¡Nunca otra vez quiero oír la lengua de los que mataron a mi gente en Alqualondë! Ni nadie la hablará abiertamente en el reino, mientras dure mi Poder. Esta orden alcanzará a todos los Sindar: no hablarán la lengua de los Noldor, ni responderán a ella cuando la oigan. Y todos los que la empleen serán considerados asesinos de hermanos y traidores incontritos.

Entonces los hijos de Finarfin se alejaron de Menegroth con el corazón apesadumbrado, pues entendieron que las palabras de Mandos serían siempre ciertas, y que los Noldor que habían seguido a Fëanor no podían escapar de la sombra que pendía sobre ellos. Y así ocurrió tan pronto como hubo hablado Thingol; pues los Sindar que lo oyeron rechazaron desde entonces en todo Beleriand la lengua de los Noldor, y evitaban a quienes la hablaban en alta voz; pero los Exiliados adoptaron la lengua Sindarin en la vida cotidiana, y la Alta Lengua del Occidente solo fue hablada por los Señores de los Noldor y entre ellos. No obstante, esa lengua sobrevivió siempre como el lenguaje del conocimiento, en cualquier lugar en que habitara algún Noldor.

Sucedió al fin que Nargothrond estuvo del todo edificada (y Turgon vivía aún en los recintos de Vinyamar), y los hijos de Finarfin se reunieron allí para celebrar una fiesta; y Galadriel vino de Doriath y permaneció un tiempo en Nargothrond. Ahora bien, el Rey Finrod Felagund no tenía esposa, y Galadriel le preguntó por qué; pero Finrod creyó tener una visión mientras ella hablaba y respondió: —También yo haré un juramento, y he de ser libre para cumplirlo y adentrarme en las tinieblas. Nada perdurará en mi reino que un hijo pueda heredar.

Pero se dice que esos pensamientos helados no lo habían dominado hasta entonces, pues en verdad él había amado a Amarië de los Vanyar, quien no lo acompañó al exilio.

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