17 junio, 2024

Lectura del capítulo 12 de El Silmarillion de J.R.R. Tolkien.

Voz Narración: María Larralde

Capítulo 12. DE LOS HOMBRES para leer mientras lo Escuchas:

Los Valar estaban ahora en paz detrás de sus montañas; y habiendo dado luz a la Tierra Media, la desatendieron durante mucho tiempo, y el señorío de Morgoth no era discutido, excepto por el valor de los Noldor. Quien más tenía en cuenta a los exiliados era Ulmo, que recogía nuevas de la Tierra desde todas las aguas.

Desde este tiempo en adelante se contaron los Años del Sol. Más rápidos son y más breves que los largos Años de los Árboles de Valinor. En ese tiempo el aire de la Tierra Media se espesó con el aliento del crecimiento y la mortalidad, y el cambio y el envejecimiento de todas las cosas se apresuró con exceso; la vida rebosaba en las tierras y aguas en la Segunda Primavera de Arda, y los Eldar se incrementaron, y bajo el nuevo Sol, Beleriand lució verde y hermosa.

Cuando por primera vez se elevó el Sol, los Hijos Menores de Ilúvatar despertaron en la tierra de Hildórien, en las regiones orientales de la Tierra Media; pero el primer Sol se elevó en el oeste, y los ojos de los hombres se abrieron vueltos hacia allí, y cuando anduvieron por la Tierra, hacia allí fueron casi siempre. Los Eldar llamaron a los Atani el Segundo Pueblo, pero también Hildor, los Seguidores, y muchos otros nombres: Apanónar los Nacidos Después, Engwar los Enfermizos, y Fírimar los Mortales; y además los llamaron los Usurpadores, los Forasteros y los Inescrutables, los Malditos, los de Mano Torpe, los Temerosos de la Noche y los Hijos del Sol. Poco se dice de los Hombres en estos cuentos, que se refieren a los Días Antiguos, antes del medro de los mortales y la mengua de los Elfos, salvo de esos Padres de los Hombres, los Atanatári, que en los primeros años del Sol y la Luna se mudaron al norte del mundo. Ningún Vala fue a Hildórien para guiar a los Hombres o llamarlos a Valinor; y los Hombres les han tenido siempre a los Valar más miedo que afecto, y no han comprendido los propósitos de los Poderes, pues les parecen ajenos y contrarios a la naturaleza del mundo. Ulmo, no obstante, pensó en ellos y apoyó el consejo y la voluntad de Manwë; y sus mensajeros a menudo llegaron a ellos por corrientes e inundaciones. Pero los Hombres no eran capaces entonces de manejar tales asuntos, y menos en esos días, antes de que se mezclaran con los Elfos. Por tanto, amaban las aguas y se les estrujaba el corazón, pero no comprendían los mensajes. No obstante, se dice que antes que transcurriera mucho tiempo, se toparon con los Elfos Oscuros en diversos sitios, y tuvieron amistad con ellos; y los Hombres, aún en la niñez, se convirtieron en los compañeros y los discípulos de este pueblo antiguo, vagabundos de la raza élfica que nunca tomaron el camino de Valinor, y que sólo habían oído noticias vagas de los Valar y no los conocían más que como un nombre distante.

No hacía mucho por entonces que Morgoth había vuelto a la Tierra Media; su poder no llegaba lejos, y además estaba estorbado por la súbita aparición de la gran luz. Había poco peligro en las tierras y las colinas; y allí nuevas criaturas, concebidas edades atrás por el pensamiento de Yavanna, y sembradas como semillas en la oscuridad, llegaron por fin a ser capullo y flor. Por el oeste, el norte y el sur los hijos de los Hombres se extendieron y erraron, y tenían la alegría de la mañana antes de que el rocío se seque, cuando el verde brilla en todas las hojas.

Pero el alba es breve y a menudo el pleno día desmiente la promesa de la primera luz; y se acercaba el tiempo de las grandes guerras de los poderes del norte, cuando Noldor, Sindar y Hombres luchaban contra las huestes de Morgoth Bauglir, y así se arruinaron. Todo esto se alimentaba sin cesar de las astutas mentiras de Morgoth, que había sembrado antaño y siempre volvió a sembrar entre sus enemigos, y de la maldición nacida de la Matanza de Alqualondë y del Juramento de Fëanor. Sólo una parte se cuenta aquí de los hechos de aquellos días y se habla sobre todo de los Noldor y los Silmarils y los mortales cuyos destinos quedaron confundidos. En aquellos días Elfos y Hombres tenían parecida fuerza y estatura, pero era mayor la sabiduría, la habilidad y la belleza de los Elfos; y los que habían morado en Valinor, y contemplaran a los Poderes, sobrepasaban a los Elfos Oscuros en estas cosas, tanto como ellos sobrepasaban a su vez al pueblo de la raza mortal. Sólo en el reino de Doriath, cuya reina Melian era del linaje de los Valar, pudieron los Sindar igualar en cierta medida a los Calaquendi del Reino Bendecido. Los Elfos eran inmortales, y de una sabiduría que medraba con los años, y no había enfermedad ni pestilencia que les diera muerte. Tenían por cierto cuerpos hechos de la materia de la Tierra y podían ser destruidos; y en aquellos días se asemejaban más a los Hombres, pues aún no habían habitado mucho tiempo el fuego del espíritu, que los consume desde dentro con el paso de los años. Pero los Hombres eran más frágiles, más vulnerables a las armas o la desdicha, y de curación más difícil; vivían sujetos a la enfermedad y a múltiples males, y envejecían y morían. Qué es de ellos después de la muerte, los Elfos no lo saben. Algunos dicen que también los Hombres van a las estancias de Mandos; pero no esperan en el mismo sitio que los Elfos, y solo Mandos bajo la égida de Ilúvatar (y también Manwë) saben a dónde van después del tiempo de la memoria por las estancias silenciosas junto al Mar Exterior. Ninguno ha regresado nunca de las mansiones de los muertos, con la única excepción de Beren hijo de Barahir, cuya mano había rozado un Silmaril; pero nunca volvió a hablar con los Hombres mortales. Quizás el hado póstumo de los Hombres no esté en manos de los Valar, así como no todo estuvo previsto en la Música de los Ainur.

En los días que siguieron, cuando por causa del triunfo de Morgoth los Elfos se separaron de los Hombres, como él tanto deseaba, los miembros de la raza élfica que aún habitaban en la Tierra Media declinaron y menguaron, y los Hombres usurparon la luz del Sol. Entonces los Quendi erraron por los sitios solitarios de las grandes tierras y las islas, y se aficionaron a la luz de la Luna y de las estrellas, y a los bosques y las cavernas, volviéndose como sombras y recuerdos, salvo los que de vez en cuando se hadan a la vela hacia el oeste y desaparecían de la Tierra Media. Pero en el alba de los años, Elfos y Hombres eran aliados y decían pertenecer al mismo linaje, y hubo algunos de entre los Hombres que aprendieron la sabiduría de los Eldar, y llegaron a ser grandes y valientes entre los capitanes de los Noldor. Y en la gloria y la belleza de los Elfos, y en su destino, participaron también los vástagos de Elfos y mortales: Eärendil, y Elwing, y su hijo Elrond.

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