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El mejor truco, por Elmer Ruddenskjrik

El mejor truco, por Elmer Ruddenskjrik

Este relato no sé exactamente cómo se me ocurrió. Empecé a escribir unas líneas sin más sobre una ayudante de mago que no sabía qué podía estar fallando con el truco, y a raíz de eso fui improvisando todo lo demás.

Lo que sí quise hacer con este relato fue regresar un poco a la sencillez de los relatos fantásticos clásicos, que se centran en una sola premisa que explotan hasta donde se puede o parece idóneo para una buena historia. Espero que el resultado sea de vuestro agrado…

Y ahora… ¡que comience la función!

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No era la primera vez que se prestaba como objeto del curioso y sorprendente artificio, y se había dispuesto a realizarlo con la profesionalidad inherente a sus atribuciones y la despreocupación propia de su edad. Sin embargo, un conato de incertidumbre creció en ella al creer que algo, sin duda, debía de haber salido mal en el mecanismo, fuera cual fuera, que accionaba el avanzado y sorprendente truco del gran mago Tinas Zumesquiocosicos. 

Esta idea nacía a partir de la disonancia en tiempo respecto de la vez primera en que el ilusionista había ejecutado ante el público su espeluznante maniobra: ni siquiera por un solo segundo había llegado ella a verse sumida en la más absoluta oscuridad y repentino silencio antes de, con el acompañamiento de una creciente ovación, ver aparecer de nuevo la luz de los focos de gas del escenario desde la punta de sus brillantes zapatos negros y hacia el pomposo reborde de su tutú morado, recorriendo por en medio la textura fina y sugerente de las medias de rejilla que envolvían sus piernas. El rumor de asombro y leve terror, así como un lento romper de marea de aplausos, eran ambos completos entre el público antes de que a su vista regresara el mundo al tiempo que ella sonreía, realizaba una seductora caída de ojos y, a continuación, un ademán de reverencia hacia los asistentes. 

Aquella segunda vez, el revelador final, con el desplazamiento instantáneo de su persona de un extremo al otro del escenario, estaba demorando por lo que tenía que ser más de medio minuto. En aquellas circunstancias, era toda una eternidad: el truco ganaba fuerza por la asombrosa velocidad imposible con la que el mago Zumesquiocosicos hacía ver que trasladaba a su atractiva ayudante femenina, así que, con un molesto indicio de culpa que sabía que no tenía, ella empezó a creer que el artilugio había fallado de buenas a primeras, y que, de alguna forma sobre la que no podía especular por falta de indicios, el famoso mago Tinas estaría improvisando alguna artimaña, o haciendo tiempo hasta poder resolver el problema.

Ella, como reclamo femenino del espectáculo del mago, nunca había necesitado comprender el modo en que funcionaba el truco, y tampoco tenía ningún interés, a decir verdad. Lo único que ocurría, que ella pudiera ver, era que unas cortinas opacas y negras caían desde lo alto en extremos opuestos del escenario. Al mismo tiempo que la cortina sobre ella la cubría por entero en su caída, la del otro lado la revelaba teletransportada tan pronto como toda su extensión se precipitaba en grandes pliegues sobre el suelo. Ella no se detenía sobre un pedestal, sobre una alfombra supuestamente mágica, ni veía que existieran trampillas de ninguna clase en el suelo de ninguno de los, hasta entonces, dos distintos teatros donde habían llegado a representar el número. Tampoco se sentía trasladada de manera trepidante por algún artilugio hasta su posición final en el truco.  Simplemente, desde lo que sus sentidos podían discernir, aparecía desplazada por “arte de magia”  a una decena de metros a la izquierda del escenario, sin mayor artificio que las larguísimas y pesadas cortinas negras que, a modo de telón circular, caían de forma simultánea desde lo alto de los puntos designados para mostrar la ilusión. 

Mientras seguía reflexionando acerca de lo que podía estar ocurriendo, la asombró hasta el verdadero sobresalto el deslumbre de los focos de gas del escenario. Gritó incluso, de manera inconsciente, y trastabilló un poco sobre sus tacones al dar un pequeño salto. De inmediato comprendió que la función continuaba, pero al público le dio tiempo a soltar una variedad de risitas y exclamaciones, además de la obvia ovación de asombro y admiración, al verla como dubitativa y alarmada, casi como si las cortinas corridas fueran las de su camerino, y la estuvieran sorprendiendo desnuda. Se recompuso de inmediato mostrando su pose triunfal, como tenía ensayado, pero no pudo evitar darse cuenta de que Tinas Zumesquiocosicos la había contemplado con preocupación por un instante totalmente imperceptible para el público, que estaba abrumado por la rapidez y efectividad del truco, y ansioso por contemplarla a ella el mayor tiempo posible, pues los asistentes eran en su mayor parte caballeros, y habituados a la asistencia en espectáculos de variedades. 

Tinas había seguido luego con sus otros trucos, más sencillos pero no por ello menos divertidos, actuando ella como mera ayudante que sostenía o le guardaba cosas. El resto del espectáculo había salido sin incidentes ni demoras. 

—¿Qué es lo que salió mal, Tinas? —Le inquirió ella, entre bastidores, mientras ordenaban sus trastos y el público salía del teatro—. A lo mejor fui yo la que se equivocó, pero es que le doy vueltas y más vueltas, y no comprendo…

—¿Mal? —Tinas continuó recogiendo sus cachivaches, sin mirarla siquiera. Parecía contento, de buen humor. Como siempre—. Si has hecho algo mal yo no me he dado cuenta, lo cual quiere decir que eres una ayudante mejor de lo que tú misma te piensas, Pet.

Petunia era su nombre artístico en el escenario, pero él la llamaba Pet fuera de la función. Su nombre real era otro, pero él la había bautizado para el espectáculo con ese, y no mostraba recordar siquiera el original… si es que lo hacía. 

—El truco de la teleportación. Estuvimos como dos minutos sin que pasara nada. ¿El público no se enfadó? Porque yo no oí nada…

—La teleportación salió como la primera vez que la ejecutamos. Inmediata. —Tinas al fin la miró a los ojos. Sonreía y mostraba un fruncimiento de sus rubicundas cejas de lo más elocuente. El truco había salido perfecto, y él estaba orgulloso—. Lo que me extrañó fue que hicieras eso de gritar como si te hubiéramos cogido todos por sorpresa. Pero, ¿sabes qué? Al público le hizo gracia. Y a mí. Ha sido… una reacción original. Le aportó humor a la función. He estado pensando en eso, además, ¿sabes? En que quizá debamos añadir algo de humor al espectáculo. Es demasiado solemne, a veces casi aterrador, ¿no crees? Lo que pasa es que yo no soy buen actor, Pet…

Mientras decía todo aquello, Tinas Zumesquiocosicos continuó trabajando en el empaquetamiento de sus cachivaches. Petunia, pensativa, decidió dejar el asunto por esa noche, y recoger lo más rápido posible para irse a cenar y beber. 

Pasada algo más de una semana, en otra ciudad, Petunia se mostraba ante otro público, dispuesta a abrir la función de esa noche con el llamativo, rápido y eficiente truco de la traslación. Vestía de nuevo el atrevido vestido morado con tutú y turgente escote, el único conjunto de que disponía y que mantenía limpio y aromatizado para las funciones. Era la tercera vez que el mago Zumesquiocosicos salía a escena, pero se había corrido la voz por la región y aquella noche había público repartido al fondo y en los laterales, rodeando los asientos, y mostrando, de pie, sus ganas de ver satisfecha su justificada expectación. 

Petunia estaba contenta. Era una vida alegre, fácil y divertida, aquella. Y parecía que iba de mejor en mejor. Con esas sensaciones embargándola, se situó en su lugar, y la cortina negra se cernió sobre ella. 

Como aquella segunda vez, todo se volvió negro y se quedó así. Petunia empezó a pensar que de nuevo fallaba el truco en el mismo punto. Había olvidado por completo que había estado más tiempo del debido a oscuras en aquella segunda función, y que algo, sin duda, tenía que haber salido mal. “Otra vez no. Si nos va muy bien, ¿por qué tiene que pasar esto?”. Pero recordó otra cosa: que el mago Tinas le había dicho aquella misma noche que todo había salido bien. A la perfección. Pensando en aquello, decidió que lo mejor, como en aquella ocasión, era esperar callada y quietecita. También se mantuvo atenta para, en cuanto cayeran las cortinas, aparecer con su pose triunfal… Aunque Tinas había dicho que había sido gracioso lo de mostrarse asustada. No habían hablado más del asunto, así que, ¿debía volver a hacerlo así, para darle gracia al número? ¿O debía hacerlo como tenía ensayado? Decidió que lo mejor era no fingir sobresalto. Si había tenido gracia aquella vez había sido porque había sido espontáneo, natural. No sabía si fingirlo tendría el mismo resultado. Ella era diligente y meticulosa, pero tampoco se creía una buena intérprete, como había reconocido Tinas de sí mismo. Lo mejor era mantener la profesional forma ensayada. Desde luego que sí. 

Se mantuvo alerta. No oía nada. Era increíble que el truco estuviera parado tanto tiempo y el público no murmurara, cuchicheara cosas soeces o incluso increpara al mago para que se diera prisa en arreglar lo que fuera que estaba demorando la función. Ella incluso empezó a cansarse de estar quieta, de pie, sobre los agudos tacones. Los hombros le pesaban, y las rodillas y tobillos le temblaban. Tenía sed, además. ¿Cuánto tiempo llevaba allí? Más de media hora, seguro. Temerosa de estropear el truco, apenas se movía, solo pasando el peso de una pierna a otra, y luego de nuevo a repartirlo entre las dos, como todo alivio a su rígida postura. 

Temía que se notara desde fuera, pero sintió la necesidad de tocar las cortinas. No veía nada, así que, al menos, quería sentirlas. Saber que el truco estaba parado, pero que ella podía salir cuando quisiera. Cuando ya estuviera demasiado cansada de esperar. Alargó y alargó la mano, pero no tocó nada. Abrió mucho los ojos, sin ver nada. Se inclinó hacia delante, y luego hacia los lados. Se dio media vuelta y trató de alcanzar de nuevo la cortina. No llegaba a tocarla. Estaba segura de que la cortina apenas caía a treinta o cuarenta centímetros de su persona. Al quedarse colgada, debería ser capaz de tocarla. De pronto se asustó y encogió los brazos, cruzándolos bajo sus pechos. No hacía frío, pero estaba temblando. Quiso gritar. Gritar el nombre del mago, o cualquier cosa. ¿Iba a estropear el truco por una tontería? ¿Era aquello una tontería?

Aguantó el absurdo miedo hasta que volvieron de manera paulatina el cansancio y el tedio. Luchó por permanecer en pie, cuando tenía la tentación de sentarse o al menos ponerse en cuclillas un rato. ¿Y si lo hacía, y las cortinas caían por fin? Eso le hizo pensar, además, en las ganas que ya tenía de orinar. Se cuidaba mucho de empezar cada función debidamente desahogada, pero empezaba a dolerle el vientre de las ganas. También fue consciente del hambre y la sed. Tenía hambre como si hubiera pasado de largo su acostumbrada hora de cenar. Y la sed… La sed era casi insoportable, dado que nunca en su vida había alcanzado semejante umbral de necesidad de beber agua. Siempre salía del teatro con sed que satisfacía con cerveza o champán, pero en aquel momento se moría por un sorbito de agua. Sin duda, el esfuerzo de mantenerse quieta, en pie, rígida de esfuerzo, la había deshidratado. 

De pronto, desde algún lugar de más allá de la negrura que la envolvía, un rumor de voces espantosas, siseantes, ansiosas, pero sigilosas, como si compartieran secretos acerca de ella a su alrededor, la sobresaltó. Al mismo tiempo, un destello cegador, como si la alumbraran directamente al rostro con uno de los focos de gas. Gritó del susto, y la vejiga se le descargó. El dolor en el vientre era tal que se le escapó la mayor parte, todo esto mientras la cortina a su alrededor al fin caía y el demasiado brillante y ruidoso teatro apareció a su alrededor. Ante el desbordado graderío apareció Petunia, con los brazos en alto, como si alguien la fuera agredir; con los ojos hinchados y cegados, apenas visibles sus brillos entre unas pestañas temblorosas; las piernas torcidas y demasiado juntas, como si pudiera perder el equilibrio sobre los delgados tacones de sus brillantes zapatos de un momento a otro. Y derramando a sus pies, empapando sus medias de rejilla, un largo e incontenible chorro de orina. 

El rumor de asombro se transmutó en insólito silencio. Alguien soltó una carcajada solitaria, pero no fue en absoluto contagiosa, y se acalló enseguida, seguramente por efecto de un conveniente codazo bajo las costillas. El aspecto de Petunia, más allá de su postura y el hecho de estarse meando encima, iba más allá de lo admisible para un espectáculo, por muy humorístico que pretendiera ser en el modo más retorcido. Que pareciera mearse encima por medio de algún sencillo truco con agua sería más tarde objeto de controversia entre los asistentes sobre hasta dónde podía llegar el mal gusto. Pero lo realmente abrumador era ver a la joven tan aterrada y derrengada, como realmente al límite de sus fuerzas. Empalidecida, quizá por el terror o la baja tensión, y temblorosa, asustada, debilitada. Sin duda resultaba ser una gran actriz, pero ver a la bella y frágil criatura tan desamparada, por muy alegórico que pudiera resultar desde el punto de vista artístico, era sin duda demasiado para un público que, por lo general, acudía esencialmente a divertirse y quizá sorprenderse, pero solo un poco. 

Tinas Zumesquiocosicos, tan aturdido de verla así como su público, hizo ademán de acercársele, pero Petunia reaccionó echando a correr de forma torpe, resbalando un poco, hacia el extremo opuesto del escenario. El resto de la función se canceló, y salvo algún exaltado, que se quejaría de ser timado, lo cierto es que el público no exigió devolución del precio de sus entradas. Lo cual no permitía decidir al mago si la aparición en aquellas condiciones de su ayudante había resultado ser un fiasco o todo lo contrario. 

Tinas dejó pasar una hora u hora y media desde la cancelación de la velada, y por fin se decidió a llamar a la puerta del camerino de Petunia. Ella le abrió la puerta sin decir nada. Se había lavado y vestía un camisón ligero que sin duda era el disfraz para algún personaje de alguna obra de teatro. Había estado llorando.

—Bueno… ¿Me cuentas cómo y por qué has hecho eso? —Preguntó directamente el mago, en verdad curioso, y sin mostrar decepción u enfado.

—¿Cómo? ¡¿Por qué?! —Gritó Petunia, mientras Tinas, sobresaltado y nervioso, le hacía gesto de callar con un dedo sobre los labios y de bajar la voz agitando la otra mano—. ¡¿Te crees que iba yo a hacer algo así a propósito?!

—¡Cálmate, Pet! ¡¿Qué quieres que diga?! ¡No entiendo nada! Ni siquiera estoy molesto, solo quiero saber qué te pasa… ¿Es que no quieres seguir trabajando conmigo?

—¡No! —Petunia le gritó, se dio media vuelta y se sentó en la silla ante el tocador de maquillaje—. Quiero decir que no es eso. Claro que quiero este trabajo. ¡Me encanta! Es el truco. Algo pasa con el truco.

—¿Qué le pasa al truco? —Tinas, de pronto preocupado de una forma más intensa, se acuclilló junto a Petunia, poniéndole una mano en el hombro. 

—¿Cuánto tiempo he desaparecido? —Preguntó ella.

—No has desaparecido. Te has teleportado, como siempre. Al instante. Por eso no entiendo cómo has hecho para, de inmediato, cambiar tan drásticamente tu aspecto. En realidad, estoy hasta admirado. Es como esos trucos de cambio instantáneo de vestimenta, pero de otro estilo. Tu aspecto… No tenía que ver con el atuendo, ha sido… algo emocional. Parecías…

—Cansada. 

—Iba a decir rota. Fue impactante. Para mí y todos. Parecías una joven a la que le habían destrozado el corazón, y que se había pasado la noche entera, en vela, llorando desconsolada. Ahora que lo pienso, fue hasta hermoso. Aunque lo de mearte encima…

—Estaba cansada, Tinas. Y hambrienta, y sedienta. Y asustada. Y me meaba de veras. Por eso me meé. ¡Me meé en el escenario! ¡¿Acaso no lo oliste?!

—Bueno, es que hay muchos olores fuertes en el escenario…

—¿Y te has pensado que fue parte del espectáculo? —Petunia volvía a estar más enfadada que triste.

—Pues… sí. ¿Qué podía ser, si no?

—Ha sido real. 

—No te entiendo, Pet. —Tinas resopló y se pasó la mano libre por la cara, como estirándosela de arriba a abajo—. ¿Real, el qué?

—¡El truco! ¡Es real!

—Ya sé que es real. Yo lo hago. Te muevo de un lado al otro de verdad. 

—Sí… Pero pasa algo entre medias.

—No puede pasar nada, no da tiempo. Apareces tan pronto desapareces, Pet.

—Tinas… He estado horas, ¡horas!, esperando a que las cortinas cayeran después de que me cubrieran. ¡¿Lo entiendes?! Me he cansado, me he muerto de hambre ahí dentro, y me he meado encima del susto cuando al fin me hiciste volver, ¡porque no aguantaba más! 

Petunia hablaba entre dientes, mostrando su ansiedad por hacerle comprender lo que había vivido. Tinas se puso en pie con lentitud, como pensando en lo que ella le decía. 

—¿Horas? —Se quedó callado un momento—. ¿Ha sido así cada vez?

—Ya has visto que no, ¡no! —Petunia volvió a gritar, y Tinas volvió a hacerle gesto de mantener baja la voz—. La primera vez, cuando lo hicimos de verdad tras los ensayos, fue instantáneo. La segunda, pasaron varios minutos. 

—¿Varios minutos? —Repitió Tinas.

—¡Sí! ¡¿Te has vuelto sordo?! —Petunia le volvió a gritar. Le daba igual que fuera su jefe. Continuó hablando con rapidez—. Pasaron varios minutos, y ya creía que algo iba mal con el truco, y no sabía si la había cagado yo o lo habías hecho tú, y de pronto cayeron las cortinas…

—¡Ah!, y por eso te asustaste. ¡No te lo esperabas!

—¡Claro! ¡Claro que no me lo esperaba! ¡Pasaron varios minutos, y no tenía forma de saber cuándo iba a continuar el truco!

—Te juro, Pet, y hay al menos medio centenar de testigos en esa segunda vez, y como doscientos en esta última, que tu aparición en cada función fue instantánea.

—¡No me digas! —Petunia lloraba de nuevo, frustrada, consciente de que sonaba a locura. 

Se inclinó sobre sus antebrazos, encima del tocador, para romper en sollozos. 

—¡Oye, oye, no llores, no llores, mujer! —Tinas se acercó a ella, volviendo a tocarle el hombro. En realidad, no la conocía demasiado, y no sabía cómo gestionar la situación—. ¿Qué quieres hacer?

Petunia tardó un poco en recuperar el aliento lo suficiente como para poder decir algo. Lo hizo sin levantar la frente de encima de la mesa, sobre los brazos cruzados.

—¿Dónde aprendiste ese truco, Tinas? —preguntó con la voz nasal, la nariz abotargada de mucosidades.

 —De un libro viejo que pasó fugazmente por mis manos.

—¿Un libro viejo? —susurró ella, en un suspiro desesperado.

—En la portada había un símbolo incomprensible, y el título “Tomo Oscuro”. —Tinas se retiró de su lado y deambuló por el estrecho espacio del camerino mientras hablaba—. El hombre que me dejó abrirlo me dijo “aquí encontrarás un truco que te permitirá hacer magia, magia de la de verdad”. —Representó una voz grave y ominosa para recordar aquellas palabras—. Me grabé a fuego las instrucciones del hechizo y las palabras que debía susurrar para provocarlo, y no sé nada más.

—¿Cuántas veces lo habías probado antes de las funciones? —Quiso saber Petunia, mirándolo al fin, con la cara empapada de lágrimas.

—Una vez. Antes de conocerte. Con una planta en una maceta.

Petunia soltó una risa quebrada.

—A una planta poco le importará el paso del tiempo… Y tampoco tiene voz para quejarse.

—Bueno… —Tinas se sacudió entero, sin atreverse a mirarla a los ojos—. ¿Qué quieres hacer?

—¿Cómo que qué quiero hacer? 

—Sí… Bueno, diría que no querrás seguir trabajando conmigo.

—No me importa trabajar contigo —contestó de inmediato ella—. Me gusta mucho, de hecho. Pero no quiero volver a hacer ese truco. Para todo lo demás, cuenta conmigo. 

—Pero no puedo dejar de hacer ese truco. Ese truco es el que me distingue de cualquier otro mago de todo el mundo. —Tinas enfatizó muy serio lo que decía—. Este es el sueño de toda una vida hecho realidad.

—No te digo que no hagas el truco. Pero hazlo con una planta. 

—¿Una planta? Eso no tiene efecto ninguno. Dirán que he puesto dos plantas iguales.

—Pues utiliza… Un animal, un gato, ¿qué sé yo? —Petunia alzó las manos, hablando sin apenas mover los labios.

—El truco tiene fuerza porque se ve que eres tú, Pet. La misma persona, no una hermana gemela u otra chica que se le parece. Sino tú, la misma esencia vital, la misma persona a ojos de cualquiera, por observador que sea. Con un animal, ¡por Dios!, jamás igualaríamos el efecto. 

—No hables en plural sobre hacer ese truco. Si quieres que haga ese truco olvídate de mí. 

—No, no me hagas esto, Pet. —Tinas se arrojó a las rodillas de la chica, sin atreverse a tocarla, solo uniendo las manos como si fuera a rezarle—. Escucha, te necesito para el truco. Sabes que ahora tenemos otra función en solo tres días, porque hay mucha expectación para ver y volver a ver esta verdadera magia. 

—Pues te buscas a otra, Tinas. ¿A mí qué me cuentas? —desdeñó, mirándose la cara en el espejo del tocador, y empezando a secarse con las manos, furiosa.

—Pet, no conozco a nadie en esta ciudad. Sabes que no se me da bien tratar con personas, y menos con chicas. Te conoces a la perfección la función, y eres guapa y estilosa, y vital y grácil…

—Suéltame los piropos que quieras. No. —Petunia seguía mirándose en el espejo, como si hablara consigo misma. 

—Buscaré a otra chica para las funciones de aquí en adelante. Pero para este jueves que llega te necesito a ti.

—Pues no hacemos el truco de la teleportación —sentenció Petunia, mirándole a los ojos. 

Tinas bajó la mirada al suelo, aún en cuclillas, y separó las manos para apoyarlas sobre las rodillas. Suspiró largamente. 

—Sin el truco de teleportación somos como cualquier feriante, Pet —explicó con la voz endurecida—. Si no lo hacemos, es muy posible que no haya más allá de una o dos funciones más. Puede que ninguna. 

—¡Me he meado encima delante de cientos de personas, Tinas! —Rugió Petunia, levantando ante sí los puños apretados—. ¿Es que no te enteras?

—Sí, ya lo sé, ya lo sé —reconoció él, poniéndose en pie y retrocediendo. Se llevó una mano a la barbilla y continuó hablando, en tono conciliador—. Escucha, el problema es que te pasas mucho tiempo dentro del truco, según tú…

—¿Según yo? —repitió Petunia, sin renunciar a la ira.

—Escucha, escúchame, por favor —propuso Tinas, alzando ambas manos, como si tratara de aplacar a una fiera con la que no supiera tratar—. Si el problema es que te pasas demasiado tiempo dentro del truco, eso podemos solucionarlo.

—¡¿Ah, sí?! ¡¿Cómo?!

—Mira, podemos esconderte provisiones. Comida y agua para que no sufras durante el tiempo que tardes en regresar. Hacer el truco, esta vez, contigo sentada en una silla. Con tu donaire no creo que a nadie le importe, sobre todo si agitas un poco las piernas, antes y después de que caigan las cortinas. 

—¡¿Provisiones?!

—Que sí, escucha. Ponemos una silla, con los bajos ocultos por telas entre las patas, y ahí te ponemos agua y comida. Y una bacinilla, para que no te tengas que hacer nada encima…

—¡Estás loco, Tinas! ¡No se trata solo de que pase hambre y todo eso! ¡No quiero estar en donde sea que esa cosa me lleve ni por un solo segundo!

—Vale, vale, no quieres hacerlo más. Pues no lo hagas más. Solo esta última vez. Escucha, te daré el noventa por ciento de lo que llevamos ganado hasta ahora, ¡sumado incluso lo de la taquilla del próximo jueves! Lo que ha pasado hoy nos va a dar publicidad, no sé si buena o mala, pero atraerá, estoy seguro, a un buen puñado de gente al menos una vez más.

—¡¿El noventa por ciento?! —Petunia dudó un segundo, mirando más allá de Tinas, tratando de imaginarse cuánto dinero podía ser eso—. ¿Por qué harías eso?

—Mira, Pet. Cada función que logramos hacer con este truco es como una pequeña inversión. Inversión en credibilidad, en expectación, en fama. El dinero no me termina de importar, pero es que si haces esto por mí una última vez, podré buscarme la vida por un tiempo, solo, al menos un par de semanas, hasta que encuentre a otra ayudante dispuesta a hacer el truco. 

—¿Quién va a querer pasar por esto, Tinas? —Trató ella de devolverle a la realidad.

—¿Es ese tu problema? —contestó él, moviendo las manos en un gesto desdeñoso—. Siendo así las cosas, pues tendré que usar una ayudante nueva cada vez, quizá, no lo sé. Pero para el jueves te necesito. Por favor, no me dejes ahora sin este truco. Es el mejor truco que existe. Yo me ocuparé de que tu viaje de un lado al otro del escenario sea soportable. ¡Vamos! ¿Todo ese dinero no vale bien unas cuantas horas de estar sentada, esperando?

Y llegó la noche del jueves. Petunia, junto a Tinas, a un lado del escenario, a punto de salir a escena, estaba seria y quieta como una momia. Su lividez y lo serio de su semblante hizo a Tinas replantearse la función de aquella anoche. Hasta poco antes, aunque Petunia parecía algo triste, se encontraba en buenas condiciones. En ese momento, justo antes de salir a escena, parecía alguien que fuera a compartir piscina con un gran tiburón blanco. Petunia se dio cuenta de que él la miraba con preocupación. Le devolvió la mirada y le sonrió. Pero solo con la boca, no con los ojos. A Tinas le sacudió por entero un escalofrío. El presentador del teatro dijo entonces su nombre, y Petunia hizo ademán de salir. Él dejó de mirarla y se le adelantó para aparecer primero, como debía ser, y darle paso a ella diciendo su nombre y haciendo un gesto de bienvenida. 

Ella, como habían acordado, paseó por el borde del escenario su atractiva persona, envuelta en el corto y escotado vestido morado con tutú, además de las sugerentes medias de rejilla, mientras Tinas anunciaba su ya famosísimo truco y señalaba la silla sobre la que la chica esperaría a ser teleportada. Petunia, sin dejar de sonreír, y dirigiéndole a Tinas una última y significativa mirada, rodeó la silla al fin antes de terminar por sentarse en ella, cruzando las piernas una sobre otra tras alzarlas ante sí en un acrobático giro de abanico que entusiasmó a todos los varones e hizo bostezar de envidia o celos a alguna vetusta señora. 

Tinas Zumesquiocosicos se adelantó en el escenario, apareciendo a ojos de Petunia como una delgada silueta cuyos movimientos garbosos eran recortados hacia sus ojos por efecto de la deslumbrante luz de las decenas de focos de gas. Apenas veía al público, si no era como un fondo homogéneo de tapiz negro, apenas agitado, a modo de un manto zarandeado para sacudirle el polvo. Tinas terminaba sus palabras de presentación y de ejecución de la magia de cara al público, y se volvió a mirarla mientras agitaba los brazos y susurraba para sí las que producían el verdadero truco. Petunia lo percibió como una negra criatura sin cabeza distinguible, que estiraba unos apéndices finos y afilados, con ansia, tratando de darle caza. La impresión la dejó sin aliento. Y en ese mismo instante cayeron a su alrededor las cortinas, y todo quedó, otra vez, completamente negro.

Silencio. Lo más terrible de estar ahí dentro era el silencio. Cierto era que no podía ver nada, que la oscuridad era tan total como si las luces de todo el teatro se apagaran de pronto, a aquellas horas de la noche. Pero el terrible silencio, cuya extensión era solo comprensible cuando ella producía algún sonido, ya fuera al rozar con levedad su vestimenta, o al roer con timidez la comida provista bajo las telas cosidas entre las patas de la silla, era lo más aterrador. La forma en que sus sonidos quedaban sin respuesta producían en ella la impresión de que la extensión de aquella oscuridad era la misma en absoluto vacío. Procuraba no hacer ruido, temerosa aún, quizá por profesionalidad, de que montar jaleo entre las cortinas pudiera de alguna forma estropear el truco, aunque en el teatro nadie tendría tiempo siquiera de poder darse cuenta de ello. Pero que no pudiera experimentar con sonidos más potentes no servía para olvidar la misma idea: que no había nada más allá de ella que pudiera devolverle el sonido. No había espacio material. ¿Había suelo? Desde luego, algún tipo de suelo tenía que existir, porque la silla y sus pies, al igual que durante las anteriores funciones, eran sostenidos por algo. ¿Hasta dónde se extendía? No podía ni atreverse a especular. ¿Era tan eterno como la misma oscuridad? ¿Daba paso a un inesperado abismo, en algún momento?

Sus pensamientos se perdían en ideas vagas y absurdas en aquel lugar, mientras alternaba periodos en que dejaba los ojos cerrados con otros en que los abría con desesperación esperando poder llegar a distinguir algo. Las esferas de sus ojos rodaban alrededor de su posición, sentada en la silla, durante el suficiente tiempo como para acabar por perder el sentido del equilibrio, sin saber, ni con ayuda de la gravedad, dónde estaba arriba o abajo en aquel silencioso limbo. 

Había comido y bebido dos veces cuando decidió, con extremo cuidado, ponerse en pie, tras haber estado alternando posturas y movimientos de piernas, buscando aliviar los calambres y el adormecimiento de sus muslos, gemelos o glúteos, según el momento. La silla en sí misma era una tortura parecida a la de permanecer por horas en pie. Demasiado sencilla, una vulgar silla de madera con un reposo ciertamente flexible tejido en ancho mimbre, acomodado lo mínimo con un simple cojín rojo, mullido para unos minutos, pero que se había vuelto una retorcida madeja de fibra de espuma envuelta en tela, con el pasar de ¿cómo saber cuántas horas?

Se había desahogado de orín tres veces usando la bacinilla provista por Tinas junto a los víveres, y la había dispuesto a la distancia a la que alcanzaba con el brazo a su izquierda, lo más alejado de su persona que podía. Aun así, con el pasar del tiempo, empezó a apreciar el leve hedor de la micción cercana tanto como lo hacía con el olor de la comida antes de devorar un nuevo pedazo. Porque, en aquel vacío, tampoco existía olor alguno. 

No hacía frío ni calor, ni corría siquiera en ocasiones la menor brisa de aire. Toda sensación que Petunia sentía solo podía producirse en su propio cuerpo. Por causa de sus estremecedoras imaginaciones, terminaba por temblar de sudores fríos, escalofríos de terror en realidad. Luego, por efecto de la ira que la producía pensar en el modo en que se había dejado arrastrar hasta aquella situación, llegaba a sentirse sofocada al extremo. Llegó incluso a masajearse con un poco de agua el cuello y la cara en diversas ocasiones. Pero todo esto, como todo, duró todo lo que pudo durar. 

El desconsuelo la atenazó con un nuevo e irresistible poder cuando sintió que sus heces, al caer en la bacinilla, la hicieron desbordarse para llegar a empapar los talones de sus pies, estropeando sus bonitos zapatos y las medias de rejilla. Comprendió que el truco estaba arruinado, a su entender. No quería esconder la hedionda bacinilla bajo la silla, con lo que le quedaba de comida, y era imposible que no apareciera al final del truco, como ella misma y la silla. ¿O quizá sí?

Pensando en ello, trató de alejarla lo más posible, apoyándose en la silla y acuclillándose sobre una pierna mientras empujaba el instrumento con la otra. Aquella distancia, estaba muy segura, era bastante mayor de la del contorno de las cortinas. Lo cual quería decir… que se quedaría en el vacío, ¿no?

A pesar de esa precaución, de alguna forma el olor de la deposición la envolvía. Solo el transcurrir de más tiempo llegó a atenuarlo. Pero no lo suficiente como para que desapareciera del todo antes de volver a necesitar depositar más. 

La comida se terminó, en un momento dado. Igual la bebida. Se había arriesgado a caminar un poco más allá de la silla para poder orinar y defecar alrededor de la bacinilla, ya que era imposible depositar nada más en su interior sin lograr mancharse los zapatos y los tobillos. Pero llegó un momento en que su cuerpo tuvo por imposible producir algún residuo más.

El tiempo siguió pasando. Se moría de hambre, claro. También de sed. Pero a pesar de lo proverbial de estas oraciones, era incapaz de morir. Se moría sin parar, pero no podía morir. Sentada, de pie, a gatas, derrumbada en mitad de la oscuridad. Durante no supo cuánto tiempo trató de traspasar la oscuridad. No avanzando más lejos de la silla, pues no se atrevió jamás a perder la única posibilidad segura de volver al teatro que conocía. Pero sí con la voz. Gritó tiempo y tiempo, hasta desgañitarse y quedar rota. Y cuando la recuperó volvió a gritar hasta volver a quedarse sin ella. Y llegó un momento en que no la pudo recuperar. Y entonces vagó en medio de la oscuridad con la mente. Mientras el estómago se le encogía devorado por sus propios ácidos, mientras la deshidratación carcomía sus órganos y sembraba de millones de agujas sus músculos, y también cuando después de todo eso la carne se secó sobre los huesos, adhiriéndose a ellos como la mortaja en las más antiguas de las momias. Y por todo ese tiempo, Petunia siguió, cada segundo que pasaba, viva. 

Y las cortinas, al caer en el teatro, mostraron por un imperceptible instante a una criatura seca, de cabellos blanquecinos, alargados y retorcidos, que yacía ante la silla mientras alargaba hacia ninguna parte un brazo terminado en un puño de dedos retorcidos. Pero al volver  a la realidad, Petunia murió por fin, recibiendo de golpe el auténtico efecto de su hambre, su sed y su ancianidad, que traspasaba por mucho la vitalidad natural de todo ser humano. Y se derrumbó, quebrándose su costillar, el brazo alzado e incluso su cráneo contra el suelo, rompiéndose todo en mil pedazos con un sonido tenue y seco, y espolvoreando hacia los más cercanos asistentes del público una nube de polvo maloliente. 

Tinas, estupefacto, se acercó unos pasos hasta los restos envueltos en el raído vestido morado y las deshilachadas medias de rejilla. La visión le aterró, y no escuchó nada cuando un exaltado, con la cara enrojecida de emoción, se alzó de su asiento para gritar su incontenible elogio:

—¡El mejor truco del mundo! 

Unas palabras a las que siguieron los más estruendosos de los aplausos.

20:01 del 20 de septiembre de 2020

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Elmer Ruddenskjrik