14 septiembre, 2026
Portada Las crónicas del reloj

Las crónicas del reloj por Elmer Ruddenskjrik en iVoox

—No tenemos tiempo para esto —dijo Klaus, mirándose el reloj digital en su muñeca izquierda—. Tenemos que seguir.

Ya había dejado pasar bastante tiempo, un par de minutos preciosos. El resto de sus compañeros, ninguno de ellos nada parecido a un amigo, miraban consternados el cadáver de la niña psíquica. Klaus habría dicho antes que era imposible hacer que la pequeña mutante por radiación pudiera ser más fea. Verla con la mayor parte de sí misma del revés, de dentro hacia fuera, era bastante peor. Mientras los demás se lamentaban por la pérdida, Klaus pensaba que la pequeña se había ahorrado, como mucho, dos años más, el último de ellos entre agónicos dolores y con largos periodos de derramar sangre por todos sus orificios, todo ello como consecuencia de su genética degenerada.

—Ella era la más poderosa de todos nosotros… ¿Cómo vamos a hacerlo? —Le sorprendió el gran cyborg, Plíntel, mirándole con sus dos brillantes ojos rojos. Klaus tuvo la impresión de que lo poco que tenía de humano transpiraba por primera vez. ¿Era miedo?

—Yo te considero a ti el más fuerte de nosotros, ¿de qué me estás hablando? —respondió Klaus, abriendo las manos, desesperado.

Estaba cabreado. Creía que sus compañeros lamentaban la prematura muerte. Acababa de entender que lo que les pasaba era que veían reducidas sus posibilidades de éxito, y no digamos de sobrevivir. La capacidad telequinética de la niña había estado haciendo trizas a los numerosos infectados antes siquiera de que se les acercaran. En realidad, les daba igual la pequeña mutante psíquica. Como a él, desde luego. Pero algo en su interior, a pesar de todo, giró y encajó con el resto de piezas. De una forma tácita, e imposible de explicar, llegó a una abstracta comprensión. Y tan pronto como se sintió defraudado y molesto, le embargó así mismo una absoluta calma. La certeza de que estaba todo dicho. Todo hecho. Solo quedaba continuar.

—Vamos a morir todos —dijo la avezada y ágil asesina, Liek, con la voz distorsionada desde el interior de su avanzado traje mecánico.

—¿Y qué? —dijo Klaus, sacudiéndose el pelo rubio erizado con una mano, y mostrando una sonrisa muy falta de alegría alguna—. Ya has escuchado al profesor Ruddenskjrik, antes de que se volara la cabeza: van quedando menos de 30 minutos; después, toda la superficie de nuestro planeta será mortal. Los que no podamos infectarnos… ya ves lo que les ocurrirá —concluyó, señalando a la mutante despanzurrada.

Las nanomáquinas que hacían moverse a los cadáveres humanos se reproducían a sí mismas a gran velocidad, fabricándose a base de metales que cosechaban y refinaban dentro de los mismos cuerpos vivos, y usando formas de fusión molecular aún desconocidas para unirse al material biológico con un porcentaje total de asimilación… Salvo en el caso de mutantes como la pequeña niña sin nombre. De alguna forma, dentro de ella no habían sabido trabajar, y habían acabado produciendo tal desastre que las entrañas de la mutante se habían salido por sí solas de su cuerpo. Klaus suponía que si eso mismo ocurría con cualquier persona envenenada con radiación, a él le esperaría un destino parecido.

—Ninguno de ellos la tocó, ¿cuánto tiempo creéis que llevaba infectada? —elucubraba Plíntel, volviendo a arrojar la luz de sus ojos sobre el cadáver.

—Quizá ahora se transmite por el aire… quizá la única a salvo, ahora, sea Liek. —La señaló Klaus, con los tristes ojos azules fijos en el cristal oscurecido de su casco, tras el cual apenas se distinguían las facciones de la mujer.

—Si estuviera en el aire, mi traje me habría avisado. Ya debía estar infectada. Quizá por eso vagabundeaba sola, cuando la encontramos… A lo mejor su familia murió igual.

—Bueno, como la pobre no hablaba, y ahora no puede ni gesticular, nos quedamos sin saberlo —atajó Klaus, volviendo a mirar el reloj—. ¿Vamos o qué?

—¿Para qué? —Le espetó el cyborg. Parecía más exaltado de lo que debiera. Se le acercó con rápidos pasos, cerniendo su considerable estatura sobre él—. El encargo era encontrar al profesor Ruddenskjrik, y está muerto. Deberíamos volvernos.

—¿Se te han frito los circuitos, muchacho? —susurró condescendiente Klaus, apuntando los saltones ojos hacia las luces rojas de Plíntel, y apretando la cuadrada mandíbula—. Que si no hacemos algo, la humanidad acabará infectada o muerta, ¿te enteras?

—¡Delirios de un científico loco! No va a pasar nada si nos piramos —gruñó el cyborg sin apenas mover la boca.

Klaus pudo constatar que sus partes de carne sudaban. De miedo, sin duda.

—¿Y esta infección? —dudó Liek, señalando a la niña muerta—. Si nadie hace algo, esos muertos robotizados irán extendiéndola.

—Pues informamos a alguna autoridad, de forma anónima, o dando nuestros nombres y direcciones, me da igual, pero esto es algo que unos pringaos como nosotros no vamos a resolver —explicó Plíntel, sin dejar de mirar a Klaus.

Parecía considerarle el líder, la persona a la que discutir. Klaus no se sentía así para nada.

—Haced lo que queráis. Habéis venido hasta aquí tan ricamente, mientras la pequeña mutante nos ha protegido de lo peor —empezó a decir, mientras se alejaba de ellos en la misma dirección que seguían antes de que la niña psíquica reventara—. Miradla. Era una retrasada, sí. A lo mejor no sabía ni lo que hacía. Pero el hecho es que ha pasado sus últimas dos horas de vida con nosotros, protegiéndonos mientras avanzábamos hacia el terrible enemigo del que nos advirtió el profesor. Su creación. Está claro que, si no os vale su sacrificio, os va a importar una mierda lo que pase con el resto de la gente. Pero a mí no, colegas. Así que… volveos, y repartíos mi parte, si queréis.

—El profesor dijo… que solo gente como nosotros podíamos detener esto. —Liek apuró el paso para ponerse a su altura, mientras dejaban atrás el pequeño cadáver—. Que él había tenido la oportunidad pero no se había atrevido. ¿A qué se referiría?

—No lo sé, pero si dice que nosotros podemos, le creo. —Klaus volvió a mirar su reloj—. Tenemos 26 minutos, según él, para evitar la diseminación atmosférica de las nanomáquinas.

—¿Por qué ocurre esto? ¿Quién puede hacer algo así?—quiso saber Liek.

—No lo sé. ¿Acaso importa? De todos modos, si llegamos con vida, lo averiguaremos, ¿no? —repuso Klaus, encorvado, cerrándose la pesada gabardina negra ante sí, sobrecogido por el viento repentino del crepúsculo y el preludio de un destino funesto.

Mientras hablaban, Plíntel, mucho más atrás, empezó a seguirles con paso pesado.

Las dunas de tierra del yermo les sirvieron de promontorio desde el que contemplar la instalación autosuficiente. Parecía una gran planta de refinado de minerales, como hacía tiempo que no se veían. Entre la apretada amalgama de oscuras chimeneas silenciosas se alzaba, tímida, una construcción cónica y oscura. Su visión, con su perfil redondeado y brillante, era tan ominosa que los tres mercenarios se quedaron asombrados. A pesar del silencio, roto ocasionalmente por el rumor de alguna racha de viento en sus oídos, se sentía la presencia física de aquella instalación, como si ronroneara de forma invisible a través del aire y la tierra.

—Muy tranquilo está esto —dijo Liek, comprobando la zona cercana con el pequeño sensor de movimiento incrustado en el lado interior del antebrazo derecho de su traje.

—Sus fuerzas, probablemente, están muy ocupadas invadiendo nuevos territorios —explicó Plíntel, en un tono demasiado esperanzado para un cyborg.

—¿Las fuerzas de quién? —preguntó al aire Liek, insistiendo en el misterio de a qué o quién se enfrentaban.

—¡Vamos, que nos dan las uvas! —animó Klaus, torciendo la mandíbula al mirarse el reloj. Apenas 14 minutos para que se diera el desastroso evento vaticinado por el científico Ruddenskjrik.

Empezó a bajar a saltos la ladera excavada alrededor de la refinería, que se encontraba a poco más de un kilómetro. Parecía que la instalación hubiera aterrizado hacía tiempo, provocando aquella especie de cráter a su alrededor, aunque la idea era absurda. Para bajar, no podían hacer más que dejarse caer de aquella forma, procurando mantener el equilibrio, con los pies por delante en cada salto. Sus compañeros le imitaron, y no tardaron en descender al fondo, unos 25 metros por debajo.

—No ha sido difícil, pero no sé por qué estaría… —empezó a decir Liek.

—¡Mirad! —La interrumpió Plíntel, señalando con un plateado dedo metálico delante de ellos.

A lo largo y ancho de aquella explanada, en torno a la refinería, la tierra seca empezó a removerse como si estuviera viva. Cabezas y manos grisáceas empezaron a sacudirse de forma nerviosa, ávida, repugnante. Personas zombificadas por las nanomáquinas.

Klaus miró hacia el impracticable terraplén a sus espaldas, con una sonrisa torcida y lúgubre.

—Claro. Es una trampa —dijo mirando a sus compañeros a los ojos, casi como si él mismo la hubiera planeado. Se abrió la gabardina y empuñó la pesada y compacta escopeta de mano y la pequeña pistola láser—. ¡Abrámonos camino entre ellos como solo nosotros sabemos!

Klaus empezó a correr entre el jardín de cuerpos apelmazados y medio enterrados, saltando para esquivar los ávidos zarpazos de la mayoría, y disparando a bocajarro a aquellos que ya estaban terminando de salir para ponerse en pie o para arrastrarse a cuatro patas. Liek se dio cuenta de que la velocidad era su mejor aliado, en todos lo sentidos, y empezó a correr, aprovechando las capacidades superiores de su traje para alcanzarle enseguida.

—¡No dejes que te toquen! —Le advirtió, corriendo junto a él para ayudarle a protegerse—. ¡Las nanomáquinas se agolpan al extremo de sus dedos para ser inyectadas con los arañazos!

—¡Apenas puedo oírte, déjame en paz y pelea! —rugió Klaus, sin dejar de correr y disparar a dos manos, a un lado y a otro.

Liek luchaba a la carrera, utilizando la sierra láser del antebrazo izquierdo de su traje para desmembrar los cuerpos controlados por las nanomáquinas. La única manera de evitar sus ataques era hacerlos trizas lo suficiente como para que no supusieran una amenaza, pues hasta el más pequeño trozo de carne muerta seguía mostrando aquella imitación de vida. De pronto, una serie de explosiones se sucedieron a una veintena de metros por delante de ellos. El calor y el impacto les obligó a detenerse, mientras trozos de infectados caían a su alrededor. El rumor sordo de un grito que parecía de dolor surgió de las gargantas de los infectados por un momento, repitiéndose como una ola de unos a otros, en todas direcciones.

—¿Pero qué…? —Miró hacia atrás. Plíntel seguía donde lo dejaron, al borde del cráter, con los brazos en alto.

El cyborg había acabado de disparar los pequeños cohetes que guardaba en las muñecas de sus brazos metálicos. Sus puños ya habían vuelto a su sitio, y estaba aplastando a terribles golpes a los infectados que se amontonaban a su alrededor. De cuando en cuando, soltaba un intenso haz de plasma incinerador desde los ojos. No tenía mucho alcance, pero era devastador, calcinaba a los muertos vivientes por completo.

—¿Qué diablos hace ese inútil? —gruñó Klaus, entornando los ojos para aliviarlos del intenso calor repentino.

—No puede seguirnos tan rápido —explicó Liek, poniéndole una mano en el hombro para animarle a seguir—. Nos ha despejado algo el camino, ¡vamos!

—Disparando plasma de esa manera, pronto se quedará sin energía —dijo Klaus, dudando de repente.

—Sí, como mi traje si nos quedamos aquí a pelear, ¡vamos! —Lo azuzó ella.

Klaus reaccionó al fin cuando Plíntel pareció enfocar sus ojos rojos hacia él para disparar plasma. Obviamente, no podía alcanzarle con el disparo, pero Klaus tuvo la impresión de que aquella era la máxima expresión de una mirada rencorosa. El cyborg arrojó el haz de plasma rojo contra los infectados que le rodeaban, y la ilusión desapareció casi de inmediato. Klaus reanudó la carrera, siguiendo a Liek, quien había llegado al fuego de la explosión y apartaba los convulsos restos de los muertos a patadas. De un salto, apretándose en su gabardina, Klaus atravesó lo que quedaba de las llamas y siguió corriendo.

Enseguida llegaron al silencioso y siniestro entramado industrial. El lejano sonido de la solitaria lucha de Plíntel, adornado por el seco sonido de los movimientos de los humanos deshidratados que se dirigían en completo silencio en su búsqueda, les llegaba en extraños ecos entre las estructuras metálicas. Alguno que otro aún les había seguido a ellos dos, pero Liek se había deshecho de ellos con su sierra láser sin mucho problema.

El extraño edificio cónico parecía estar avanzando hacia ellos de una forma mágica, a pesar de ser ellos los que caminaban. El entramado de metal de alrededor crujía y chirriaba con el pasar del viento.

Klaus volvió a mirar su reloj: 6 minutos.

—Si no nos damos prisa, todo esto no habrá servido para nada. —Le dijo a Liek, quien se volvió ligeramente al oírle hablar inesperadamente. Parecía que el ambiente les tenía a ambos con los pelos de punta.

—Lo sé —convino ella. A pesar de la protección y mayores capacidades que le proporcionaba su traje, parecía preferir que él abriera la marcha.

Klaus, tras comprobar rápidamente el estado de munición y de energía de cada arma, empezó a dirigirse hacia la entrada del edificio cónico a paso ligero, como en su época de instrucción en las fuerzas especiales. Al llegar hasta la sencilla puerta, cerrada con sistema electrónico de código, se apartó a un lado y dejó que su colega, usando la carrera y la fuerza de su traje, la derribara de una ágil patada. Pasaron al interior. Todo era oscuridad, pero Liek encendió las pequeñas luces de su casco, proporcionándoles una visión clara. Una pasarela de reja avanzaba sin más hasta otra puerta.

—Rápido, rápido. —La animó Klaus, volviendo a ir en cabeza.

Aquella otra puerta no necesitaba ser derribada. Era una puerta de manilla, sin mayor seguridad. Al cruzarla, ante ellos se abrió todo el espacio de aquella instalación: una vasta sala llena de grandes tubos metálicos dispuestos en vertical: silos, en realidad, que tenían el tamaño de grandes depósitos para cohetes espaciales del siglo XX. Desde distintas alturas de todos ellos, unas pesadas canalizaciones negras se entremezclaban en gruesas ramificaciones que se reunían en el centro de la amplia sala circular, formando una torre amalgamada de tuberías. En medio, debajo, una suerte de cápsula, parecida a las de criogenización, refulgía desde el interior con la única luz que alumbraba apenas todo aquello. Era blanca y, sin embargo, desprendía sensación de calidez.

—Esas máquinas, sean lo que sean, debe ser donde se está preparando la diseminación aérea de las nanomáquinas… —explicó Liek, dirigiendo las luces de su casco alrededor—. ¿Cuánto tiempo nos queda?

—Cuatro minutos —dijo Klaus, mirándose el reloj—. No importa, ya estamos aquí…

—Sí, pero, ¿cómo detenemos esto? No creo que sea buena idea destruir nada, puede que empeoremos la situación…

—Ruddenskjrik dijo, antes de suicidarse, esas tonterías, ¿recuerdas? Eso de “está soñando una pesadilla, una pesadilla que está haciendo real”. No nos dijo de quién hablaba, pero mira, creo que está aquí dentro…

Klaus se acercó más hasta aquella cápsula, dispuesta en vertical sobre un soporte que rodeaba la superficie de las chimeneas centrales. Aquel blanco le deslumbraba hasta el punto de tener que guardarse los ojos tras el dorso de la mano con la que sujetaba su pequeña pistola láser.

—¿Qué es? ¿Quién hay dentro? —Quiso saber Liek, terminando de observar los alrededores y yendo a reunirse con él ante la cápsula.

Klaus empezó a distinguir lo que había en el interior. Sus ojos se acostumbraron repentinamente al fulgor y descubrió dentro a una niña. Debía tener menos de diez años, y era lo más hermoso que había visto en su vida. Su instinto de depredador volvió a asaltarle como nunca desde antes de que lo expulsaran del ejército, y un temblor parecido al del síndrome de abstinencia empezó a sacudirle. De la impresión, soltó las armas a ambos lados, y se acercó al cristal de la cápsula, como hipnotizado.

El batín blanco que vestía la criatura sugería los encantos a los que él era adicto desde siempre.

—¿Qué pasa? —Quiso saber Liek, viéndole actuar así, como si rezara ante la cápsula. Al acercarse vio los cables implantados en la calva cabeza de la niña. Algunos indicadores de la cápsula mostraban que gozaba de buena salud, mantenida en un estado de estasis criogénica—. No puede ser. ¿Esta niña controla todo? ¿Por qué?

Klaus no la escuchaba. Salivaba y sudaba de excitación. Se olvidó del reloj y del tiempo que les quedaba. Estaba hipnotizado por la visión. La quería para él.

—Ahora lo entiendo. El profesor Ruddenskjrik quiso decir que no podía matar a la niña. De algún modo ella hace funcionar todo esto. No sé qué estarían haciendo con ella, pero tenemos que apagarla. Matarla pero ya.

—¡No! —Estalló Klaus, babeando contra el cristal. Se volvió hacia la mujer del traje robótico—. ¡No te acerques a ella!

—¡¿Qué te pasa, Klaus?! ¡No tenemos tiempo! ¡¡Desconéctala!!

—¡¡NO!! —gritó Klaus, tirándose con torpeza hacia su pistola láser, que seguía en el suelo, a un lado.

Liek, con rapidez y agilidad, y activando la sierra láser del brazo izquierdo de su traje, se movió hacia el arma. La destrozó de un pisotón y amenazó a Klaus con el corto haz de láser.

—¡Klaus, reacciona! ¿Qué te pasa?

Pero no la escuchaba. Saltó hacia atrás, casi a cuatro patas como una bestia, y se hizo con su escopeta. Con aquella arma no podía matarla, pero instintivamente Liek se protegió con la hoja de láser cuando él disparó, y el sistema de la sierra chisporroteó, destrozado. Los perdigones rebotaron por otros sitios de su traje, surcándolo de brillantes arañazos inofensivos.

—¡Maldito subnormal! —rugió ella, desesperada, con la voz distorsionada por la estática desde el micrófono de su casco.

Se cernió sobre él y le agarró del cuello. Lo izó en volandas, mientras él escupía esa saliva densa y blanca, tremendamente lasciva, entre los dientes. Liek lo empujó contra el cristal de la cápsula que contenía a la niña. Se resistía, pero era inútil. Con la mano derecha, Liek empuñó la muñeca izquierda de Klaus y trató de hacerle mirar el reloj.

—¡Dos minutos, imbécil! ¡Llevas dándonos por saco con el tiempo que quedaba desde que murió el profesor! ¡¿Qué te pasa ahora?!

Klaus no la escuchaba. Su mano derecha, libre, sacó de un bolsillo la inyección de hiperesteroides y se la inyectó en el muslo. Mientras ella trataba de hacerle entrar en razón, un calor insoportable nació en su cuádriceps y se extendió por el resto de su anatomía como una llama por gasolina. Su fuerza incrementada le dió el ímpetu necesario para asestarle un brutal cabezazo al casco de Liek. Klaus se acababa de abrir la carne de la cabeza hasta el punto de levántarsele el cuero cabelludo y vérsele el cráneo ensangrentado, pero el casco de Liek se acababa de hacer añicos.

Aturdida, le soltó y retrocedió, sin entender bien lo que acababa de pasar. Los trozos de cristal rodeaban la fea cara recorrida de líneas de sangre de Klaus, que se le acercó de inmediato y la abrazó por la cintura, levántándola a pesar del gran peso del traje cibernético.

—¡Klaus! ¡¿Qué pretendes?! ¡¿Qué…?! —Su traje empezó a rechinar, dándole la respuesta—. ¡¡No es posible…!!

No pudo decir nada más. Sintió cómo el imposible abrazo de Klaus aplastaba el metal del traje contra ella, dejándola sin aire y acabando por hacer que el material atravesara su carne. Trató de golpearle, pero los puñetazos sobre su cabeza le arrancaban trozos de cuero cabelludo y pelo, sin que él diera cuenta de ello.

—¡Es mía! —dijo Klaus, sonriendo, con los ojos más hinchados que nunca. El natural azul de los iris parecía brillar entre las hinchadas venillas del blanco que los rodeaba.

Liek, con una última esperanza que ya era vana, extrajo del compartimento junto a su muslo izquierdo el rudimentario puñal de combate y se lo hundió a Klaus, con todas sus fuerzas, en la cara, atravesándosela a través del tabique nasal. El hombre enloquecido soltó un ronquido más propio de un cerdo moribundo y cayó a un lado, con ella aún abrazada.

 Liek, sin fuerzas, pensó en si quedaba tiempo. El dolor era insoportable, tenía ganas de cerrar los ojos y dejar que pasara el tiempo, pero fijó los ojos en la niña: en su cara, que reflejaba una paz que no merecía. Parecía complacida, casi como si sonriera en sueños, sabiendo que ella estaba muriendo allí, a sus pies. Con rabia, Liek luchó por zafarse del abrazo de Klaus, pero solo consiguió más dolor. Sin embargo, vio que avanzaba. Su torso acababa de separarse de sus caderas. Sintió que todo su ser se escapaba por allí abajo y que un frío sin igual la embargaba. Pero no quiso mirar. Miraba la cara de la niña.

Se arrastró un par de brazadas más. Alcanzó la escopeta de Klaus y, haciendo más uso del sentido de la orientación que de la nublada vista, apoyó el cañón en su antebrazo izquierdo, empuñándola con la mano derecha. Ella era zurda, pero no tenía tiempo de cambiar de mano.

Trató de empujar con su brazo derecho. Tenía la impresión de que el cañón debía apuntar más arriba. Ya no veía nada. Todo parecía un sueño. Sabía que pasaban cosas, pero ya no recordaba de qué se trataba. Solo tenía la certeza de que tenía que tirar. Tirar de algo. Todo era oscuridad, y era agradable. Solo un último esfuerzo antes de dormir.

Liek tiró del gatillo de la escopeta y el conjunto de perdigones atravesó con violencia el cristal de la cápsula. La cabeza de la niña acabó aplastada, parte de ella esparcida por el interior. La mayoría de los cables implantados quedaron colgando, con pedazos de cráneo, cuero cabelludo e incluso de cerebro enroscados a ellos. Los indicadores de la cápsula se volvieron rojos de manera súbita y empezaron a pitar, alertando de un fallo crítico del sistema.

En el reloj de Klaus, la alarma que él mismo había puesto empezó a sonar, cubriendo rítmicamente los espacios en silencio de las alertas de la cápsula.

15 de diciembre, 2018

Las crónicas del reloj

Un pequeño grupo de mercenarios desempeña una misión extraña y sin apenas información…

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