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Elliot, por María Larralde

Elliot, por María Larralde

María Larralde nos presenta uno de sus relatos de ciencia ficción. Una distopía en la que la sociedad parece haber alcanzado la perfección en todos los aspectos gracias a una decisión tomada en un momento crítico de la historia humana.

En el relato, podemos ver cómo la autora plantea una serie de polémicas cuestiones de tipo psicológico y social, reflejando además una realidad que la sociedad suele negarse: los problemas no siempre están donde deseamos encontrarlos.

Esta es una conclusión personal del que escribe, claro. Que cada lector saque sus propias conclusiones. Esperamos que sepáis disfrutarlo, pulperos.

Y ahora… ¡que comience la función!

Año 2356, Moscow

… ya nada es como en el viejo mundo. Tras el cumplimiento de la última Revolución, la mitad de la población mundial ha sido exterminada manipulando su genética para que, en los primeros momentos de la fecundación, solo se generen hembras: los hombres han sido eliminados. La reproducción es artificial. Solo se generan mujeres y, además, contadas: una por familia.

La variabilidad genética se ha logrado, al igual, de manera completamente manipulada, dado que las únicas muestras que se criogenizaronen los bancos de semen, con motivo de engendrar nuevos especímenes humanos, fueron gametos masculinos cuya carga genética era XX.

La educación de las ciudadanas ha sido, desde aquel entonces, hace más de cien años, un adoctrinamiento perpetuo, diario, desde su más tierna infancia: “los hombres no son necesarios, son seres prescindibles cuya única función objetiva era la reproducción de la especie. Dado que los avances científicos y tecnológicos permiten prescindir de ellos, han sido eliminados por su alta conflictividad social, su tendencia hacia la dominación del género femenino y su sexualidad exacerbada cuya tendencia a la desviación degenerada es patente a lo largo de la historia de la humanidad”.

 

Capítulo I – La Revolución de las mujeres

Educación para las ciudadanas del futuro

Editorial ὑστέρα

 

****

Las sinuosas paredes de la casa ­cueva de colores vivos iluminaban el interior de la estancia suavemente con una luz ambiental, como una cálida tarde de verano. Natasha observaba una de las paredes, en ella se proyectaba una imagen con la que se deleitaba sin ocultar su excitación a su amiga.

­―¡Mira, míralo… pero, ¿por qué…?! ­

La mujer joven, de unos 28 años, rubia, de ojos claros como el mar, bello y esculpido cuerpo atlético, miraba una imagen en una pantalla que emergió de la pared del salón.

La imagen de un hombre joven, de grandes ojos verdes, cuyos labios carnosos y su nariz de boxeador le daban un aspecto sensual, al tiempo que su mentón cuadrangular ofrecía a la espectadora una masculinidad perdida en el tiempo, pero deseada en su cabeza cada vez con mayor fuerza, y que acabó por obsesionarse hasta el punto de sentirse agotada psicológicamente.

Nath, como la llamaban las amigas y familiares, deseaba tener un hombre, en concreto deseaba a ese hombre, que ya no existía. Y señalaba la pantalla, perfilando con su dedo índice la cara del sujeto que virtualmente daba la sensación de mirarla a los ojos con tal fuerza y firmeza que a ella la excitaba sexualmente, sin saber muy bien qué era aquello.

―¡Vaya, sí que está bueno el tío, sí! Oye, ¿por qué no te lo compras? ―fue, con mucho, lo único que se le ocurría decir.

¿Qué sabía ella de hombres? Nunca jamás estuvo con ninguno, y tampoco había visto vivo a ninguno, así que no podía opinar más que bobadas… ¡no existían desde hacía mucho!

Pero sabía que Nath no pararía. Nunca paraba cuando se trataba de conseguir algo que “deseaba”. Pero esto era demasiado, la ponía en peligro y además era del todo imposible. Los hombres ya no existían, así que era mejor pensar en mantener una relación con alguien del mismo sexo, al menos el cariño estaba garantizado.

―Bueno, ya sabes que lo que se nos enseña en Educación Ciudadana es que los hombres, en realidad, solo servían para procrear y perpetuar la especie… y por eso fueron eliminados. Es mejor, siempre se ha dicho, el amor entre mujeres, ya ves, a mí me va bien. ¡No necesito de ellos, me dan completamente igual! ¡Olvídalo Nath, no seas cabezona mujer!

―­Sí, ¡pero a mí no me va bien! No comprendo este exterminio. Yo, no disfruto con una mujer. !No me gustan las mujeres! ―­y miraba su adorada cara masculina, esa que le hacía despertar algo que nunca sentiría con otra mujer.

―­¡Qué obsesión chica, si eso da igual! ¡Compra un ​reply y calla ya! Además no vayas diciendo esas cosas, sabes que lo mínimo es que te multen… no merece la pena, créeme.

Catheryne comenzaba a impacientarse, se perderían su serie favorita hablando del capricho de su amiga. A ella le gustaba mucho Nath, y ambas habían tenido sus escarceos sexuales, pero no había manera de tenerla contenta, y la relación, poco a poco, se convirtió en pura y simple amistad. Y, desde luego, mucho mejor para ambas, porque Nath era muy caprichosa y acababa cansando a cualquiera.

―¿Y cómo estás tan segura de que te gustaría probarlo? ¿No crees que es excesivo todo esto? ¿Por qué no dejan que existan hombres como él? ¡Te lo diré: son peligrosos! Además, no puedes conseguir a ninguno real, solo un ​reply ​y en el mercado negro… ¡puff, olvídalo, vaaa!

Natasha señalaba la fotografía de Elliot, el hombre del pasado que obsesionaba su mente y su cuerpo desde que pudo ver, ilegalmente desde un servidor pirata, una serie televisiva de hace más de 300 años en la que ese personaje era representado por un actor de carne y hueso, por un hombre real.

­ ―¿Excesivo? ¡No, no lo creo, en serio! ―negaba con su rubia melena moviéndose al compás disonante, casi como si hablara consigo misma, al mirar a su amiga y escuchar sus consejos, que le parecían simplemente una forma de quitársela de encima. Cosa que la enfadaba terriblemente, pues Cath siempre andaba contándole sus escarceos lésbicos con cada una de las parejas sexuales que tenía.

―­Creo que debes olvidarlo. Es una locura. Los hombres no existen Nath, olvídalo ya. Y ya sabes, como mucho cómprate un ​reply​, seguro que los hay de ese personaje o te lo pueden fabricar para ti… pero ya sabes, si lo haces escóndelo en tu casa y no le dejes salir­ ―Cath meneaba su cabeza con determinación, se levantaba del sillón burbujeante de relax que su amiga Nath le cedía siempre que iba a visitarla, pues sabía cuánto le gustaba masajear su esbelto y bello organismo en esa adquisición de las rebajas de la feria del mueble de las afueras de Moscow.

­―Un ​reply ilegal… Mmmm sí, podría ser la solución. Bueno, bien… te dejo tranquila ya, pero eres una pésima amiga, quiero que lo sepas. ―Y poniéndole el dedo, con el que minutos antes había recorrido la imagen del hombre, en su boca, la besó, metiéndole el dedo y la lengua al mismo tiempo a la atónita y perpleja Cath, que se dejaba hacer.

―¡Esto, esto… yo… quiero hacérselo a él! Porque no siento nada contigo, y ya sabes que te quiero… no te ofendas, Cath­ ―le decía separándose de ella y tirándose al sofá mullido de plumas, caliente y suave―. Quiero hacérmelo con él.

­―¡Vaale tía, muy bonito dejarme así con el pecado en la boca! ―le espetó su amiga con una sonrisa maliciosa.

La tarde pasó entre risas, toqueteos sexuales masturbatorios y series de terror en las que todos los “malos” estaban representados por hombres que realizaban acciones atroces contra débiles y hermosas mujeres indefensas. Y todos ellos eran repugnantes. Sus aspectos oscilaban entre deformes y puercos, por lo que la idea que una mujer podía tener de cualquier hombre era la de un ser totalmente repugnante que había sido eliminado por su seguridad.

Pero Nathasha soñó con Elliot. Y en ese sueño, él la manejaba a su antojo procurándole un placer sexual como nunca antes había sentido. Al despertar, miro su fotografía y sintió que le amaba. De ese día no pasaba, tenía que conseguir ​uno​.

Jocelyne era su contacto en el mercado negro. Casi no había diferencia entre éste y el legal. En realidad había pocas cosas prohibidas, algunas drogas de síntesis que convertían a sus usuarias en caníbales, y los hombres. Nada más. Todo era legal, todo. No existían casi leyes, el Estado era un gestor de recursos, nada más, la vida era fácil para las mujeres en un mundo donde no había que competir ni por, ni con los hombres.

¿Hambre? Erradicada. ¿Pandemias? Controladas. ¿Desigualdades? Eliminadas. ¿Desempleo? Inexistente. La natalidad estaba controlada y la mitad de población mundial había sido erradicada. Era un buen mundo para vivir feliz. Pero Nath no vivía feliz.

Un lugar de encuentros, el Hotel LINK’s. Oscuro, con imágenes de naturaleza en sus paredes, tan reales que las clientes respiraban aire puro nada más entrar. Pero su contacto prefería el mar, así que pidió que le cambiaran el armonioso bosque verde, húmedo y tranquilo, con sonidos silvestres y cantos de pajarillos a lo lejos, por el sonido de la olas en un mar caribeño. El sol calentaba y ellas, desnudas, sentadas cómodamente en unas hamacas, comenzaron su charla.

En su encuentro con Joyce, fue directa y escueta, siempre lo era cuando quería algo:

―Quiero un reply de este hombre­ ―enseñándole, en su ​lámina, una copia de la fotografía del hombre­―. ¿Qué me dices, podrás?

―­Podré, zorra… podré­ ―Le guiñaba un ojo mientras bebía su té frío con hielo y limón, bebida tradicional de la isla desde tiempos inmemoriales­―, dame unos días y lo tendrás. Ahora ―­tomó aliento―­, el asunto te saldrá caro… pero merece la pena. Yo tengo uno, ¿sabes? ­―y le volvió a guiñar el ojo de tal manera esta vez que parecía tener un tic nervioso, mientras sorbía ruidosamente su té.

Joyce era una cuarentona, gorda y dejada, podrida de dinero y viciosa. Se metía de todo, traficaba con casi todo, le daba a cualquier tema, incluidos los hombres prohibidos. Así que si le había dicho que lo conseguiría es porque lo haría. La cosa era cómo pagar, porque la operación era del todo ilegal. Así que quedaron en que, como buenas amigas, Nath le regalaría un viaje alrededor del mundo, a ella y a cuatro de sus amiguitas, con las que mantenía el negocio. Asunto zanjado. Nath trabajaba en una agencia de viajes.

―­¡Te aseguro, Nath, que no hay nada igual! ¡Estas hijas de la gran verga, nos los quitaron y sabe Dios que no hay nada mejor en el mundo que un buen polvo con un hombre…! Haces bien, casi todas las mandamases tienen uno y mira, si te pillan o te cansas de él, solo tienes que meterlo en el DESCOM, máxima potencia, y se desintegrará en unos… mmm creo que en 10 minutos.

―­¡Míralo, Joice! ¿Tú crees que voy a cansarme de él? ―Lo miraba absorta, como creyendo idiotas las palabras de su proveedora.

­―¡Mira, zorra!, ¿yo qué sé? Tú quieres a ese tipo, ¡tendrás a ese tipo! Solo te digo (porque estoy en obligación de hacerlo) que si dejas de quererlo pues lo destruyes y se acabó el problema, el motivo me trae sin cuidado…­ ―y sorbía su té incansable y asquerosamente, haciendo un ruido insoportable con la pajita al beber.

Ambas callaron. Ambas se relajaron y consumieron sus bebidas, y tras una charla del todo intrascendente se largaron a sus cosas.

Al salir del Hotel LINK’S, Nath observaba las calles de su hermosa ciudad isleña. Todo construido en base a las formas del paisaje. Las ciudades, casi indistinguibles de su entorno, eran ondulantes estructuras mimetizadas en las zonas donde había colinas, soterradas grutas en las planicies, casas de madera en los árboles donde había bosques, flotantes hogares donde había mar, o en los ríos. La armonía estaba incorporada en la arquitectura, que más que una ciencia era un arte para la mejora de la calidad de vida.

Las energías que se utilizaban eran todas no contaminantes, hacía mucho que se habían dejado de utilizar carburantes de origen vegetal y mineral: el agua, el sol, el viento… todo era energía útil y limpia con la tecnología adecuada. La alimentación estaba enriquecida por las grandes industrias farmacéuticas. Los comercios volvían a parecerse a los tradicionales, pero completamente modernizados, y los artículos de consumo cabían todos en una cesta pequeña de 20×20 centímetros. Una vez elegidos los introducías en tu DESCOM y listo. Podías descomprimir desde una comida preparada hasta un vestido o botas de piel. Todo venía precintado y debidamente etiquetado, con una imagen del artículo en concreto en el pequeño envase de no más de 10 cm de largo y 2 de ancho. Pasar de 2D a 3D, y viceversa había sido un logro de la ingeniería industrial que había mejorado aún más, si cabe, la vida de las mujeres.

Natasha esperó.

Y al fin, tras un par de semanas de espera nerviosa, llegó su pedido. El mismo lugar de encuentro, la misma playa caribeña virtual para amenizar la velada y así, en un pasamano, Joyce le entregó, en su correspondiente paquetito, su ansiado “hombre reply” de Elliot.

Cualquier cosa se podía en esos días replicar por las industrias de biotecnología e ingeniería. Pero eso sí, todas las consumidoras debían adquirir una DESCOM, esa especie de microondas gigante, casi como un armario empotrado en la cocina de las casas. Pero la inversión merecía la pena. Comprabas cualquier producto empaquetado y lo introducías en tu DESCOM y ¡pop!, en unos minutos tenías tu producto de primera calidad, como si de una palomita de maíz se tratara, recién recompuesto para disfrutar de él: comida, mascotas, electrodomésticos, muebles, productos de cosmética, ropa y calzado… Y si te cansabas de algo o no te gustaba podías destruirlo en el programa de desintegración para productos defectuosos, pasados de moda o desagradables.

Al llegar a su casa, Nath corrió presurosa hasta su DESCOM, sentía tal excitación que su pecho se agitaba como si viniera de correr un maratón. El programa 3 era el adecuado, unos 20 minutos de reconstrucción, y ¡pop!, como una palomita surgiría su deseado producto, reluciente y desnudo, dentro del electrodoméstico. Debería esperar unos minutos hasta que se enfriara, y su hombre estaría preparado para servirla.

Ella miraba por la ventanita frontal y veía a través del cristal a su deseado producto desenvolverse dentro del receptáculo: crecía poco a poco hasta adquirir un tamaño humano, el envoltorio parecía una membrana gruesa similar a un útero vivo que crecía al compás del individuo en desarrollo.

Nath estaba ansiosa por verlo salir, andar, moverse, hablar, respirar… su voz sería idéntica a la del personaje, y ella lo programaría a placer. Ideal, era algo ideal tener un hombre con el físico que ella deseaba y con la personalidad programada para agradarle. No había mayor dicha, estaba feliz al ver cómo a los pocos minutos Elliot se movía y rompía el saco uterino del que intentaba salir por sus propias manos. Nath tenía tal necesidad de verlo que abrió la puerta. Elliot paró de moverse, asustado seguramente por el inesperado ruido de la puerta al abrirse tras de sí.

Se adentró despacio como si no quisiera hacer ruido y, aunque iba descalza, le pareció escuchar sus propias pisadas dentro del DESCOM. Percibió también la tibieza del suelo recientemente calentado por las ondas energéticas, y sintió una ansiedad interna que la hizo temblar como si tuviera frío. Al acercarse a él se agachó y delicadamente le ayudó a deshacerse de su envoltorio. Tuvo especial cuidado, ya que sus uñas eran largas y afiladas, de colores metalizados, como se llevaban esa temporada. Le costaban su dinero. Pero ella siempre había sido una mujer de su tiempo, menos en lo correspondiente a los hombres, claro.

Una sensación rayana en la felicidad o la dicha le aceleraba el corazón conforme retiraba delicadamente el útero artificial. Elliot estaba echado en el suelo, en posición fetal, posado sobre su lado izquierdo, y sus ojos todavía estaban cerrados. Una especie de gelatina blanda sobre su piel iba siendo absorbida dándole una textura y colores humanos. Nath le acarició el torso y notó el estremecimiento del joven. En unos momentos él abrió sus ojos, la miró a los suyos y sonrió levemente, con esa idéntica sonrisa: esa pequeña mueca de la comisura de sus labios por el lado derecho de la boca que producía un pequeño hoyito en su mejilla, y que a ella la volvía tan loca de excitación.

No tenía que esperar, él era un simple producto fabricado para satisfacer las necesidades de los clientes que lo adquirían. Ni siquiera se podía decir que fuera a tener sentimientos reales, aunque se daban casos de replys que, de alguna manera, acababan sintiendo amor, odio, placer… y nadie sabía cómo era aquello posible. En realidad, pocos ​replys se  mantenían activos mucho tiempo, normalmente las dueñas se cansaban de tener esos perritos falderos haciendo todo lo que ellas querían.

Pero Nath sentía que esta vez sería diferente, arrodillada ante aquel deseado ser bioclónico sintió algo que nunca antes había sentido, y que no esperaba sentir, perturbándole desagradablemente esa nueva emoción o amalgama de sentimientos extraños. Miraba a su deseado Elliot, él le correspondía y parecía saber, parecía que adivinaba lo que le pasaba. O eso creía ella. Se levantó, desnudo como estaba, muy despacio ante la mujer que permanecía todavía arrodillada, perpleja, observando y sin perder un detalle.

Él se acercó y acarició la cabeza de Nath, enredó sus manos en el pelo rubio, sedoso y largo que se deslizaba entre sus dedos suave y lánguidamente. Elliot parecía saber, y atrajo la cabeza de Nath hacia sí. Ella se dejaba hacer, necesitaba experimentar con él todo lo que con otras mujeres no era más que una especie de obligación, una presión grupal que la asfixiaba cada día, cada vez que una de sus amigas quería mantener unas relaciones sexuales que a ella le parecían de lo más insípidas. Y despacio, acercando su boca el erecto pene de Elliot, la abrió levemente, cálida y húmeda, para besarle despacio, pues pensó que a él igual no le gustaría. Se equivocó.

Después se levantó acariciándolo, recorrió todo su cuerpo con manos y boca, hasta besarlo en la suya.

―­Hola… ­―al llegar frente a su cara se miraron a los ojos un largo rato­―. ¡Ven! ―Y cogiéndole de la mano lo sacó del DESCOM, lo llevó al baño y lo metió en la gran bañera hidromasaje que tenía preparada para él.

Él no había pronunciado ninguna palabra, solo se dejaba hacer, y ella lo limpió como si adorara hacerlo, como si disfrutara recorriendo con sus manos, llenas de gel perfumado con rosas del valle, todo su cuerpo. Era un hombre delgado y fuerte, fibrado, musculado sin exceso. Su piel era de un color algo cetrino, debido seguramente a su raza de origen. Nath se introdujo en la bañera con él, desnuda, y ambos se acariciaron durante un  prolongado espacio de tiempo, sin besarse, mirándose. Extasiada de placer, creyó que aquellos ojos pardo verdosos que tenía delante y que ese cuerpo masculino le darían la felicidad. Y espontáneamente se sentó sobre él y allí mismo copularon lentamente, bañados por olores de flores y besándose todo el tiempo, sin despegar sus bocas ni un solo segundo más que para volver a mirarse con deseo.

Toda esa noche continuaron amándose. Y al día siguiente.

Nath tenía lo que tanto había deseado, y todas las demás mujeres le habían prohibido. Su propia madre pertenecía a la Liga Antianthropos, nombre que a Nath le repugnaba por su intento de parecer culto y original, pero que a ella le parecía tan horrible como su cometido: vigilar que nadie creara o tuviera un hombre real. Los ​reply hombre estaban prohibidos, pero la infracción se resarcía solo con multas (eso sí, de cuantías elevadas) o con cárcel, nada imposible de solucionar, pero un hombre de verdad… eso era tu muerte.

Su madre espiaba cada hogar, cada lugar de trabajo, cada espacio de ocio y juego… Se introducía en la vida de las personas a través de sus conexiones de la red en el hogar. La red estaba controlada, aunque las ciudadanas pensaran que no era así, o lo obviaran para evitar mayores complicaciones sobre su libre albedrío. Nath sabía que era así, había conocido el ​modus operandi de esta liga de control de las ciudadanas. Y por eso mismo, desconectó toda la red domótica y comenzó, desde que Elliot llegó a su casa, a vivir sin relacionarse con el mundo exterior.

Inicialmente, aunque él no le hablaba, se entendían perfectamente, pues solo mantenían relaciones sexuales hasta que ella quedaba exhausta y relajada en su cama, en el sofá o en la cocina, donde la pillara. Él le preparaba algo de comer, la masajeaba para descontracturar sus músculos cansados, preparaba un baño caliente. Dormían juntos rodeándose con piernas y brazos, como dos enamorados.

Una semana después, Cath, a la que su amiga no había devuelto ningún toque, se presentó enfadada. Sabía que se debía al ​reply ​que se había comprado, pero le fastidiaba profundamente que un ser de “plástico” tuviera ese poder sobre ella, olvidando a sus amigas, a su madre, su trabajo. Había pedido vacaciones anticipadas, un par de semanas. Cath se enteró porque llamó al trabajo al ver que no contestaba sus llamadas.

­―Nath, ¿qué pasa contigo? ―dijo al entrar en su casa con aire altanero y un enfado morrocotudo con su amiga del alma.―. ¡Ah, claro…! Ya decía yo que algo… ―­y se quedó plantada delante del desnudo Elliot, que la miraba con su mejor sonrisa.

Nath se enfundaba en una delicada bata de seda blanca que ondulaba al compás de sus pasos hacia su amiga. De repente, desde atrás:

―­Hola, ¿quién eres tú?

Él se dirigió a Cath con un voz que su dueña no había escuchado en una semana entera, solo gemidos de placer, solo sonrisas, solo miradas pero nunca una palabra. Y ella, Nath, se quedó petrificada, volviéndose hacia él y mirándolo con enfado, como si la hubiera traicionado.

―­Pero… ¡Elliot, creí que no podías hablar! ¿Por qué… ?

―­Porque tú no necesitabas que te hablara, pero ella quiere respuestas­. ―Contestó a su dueña con una voz cálida y grave, como un niño que se excusa tras un mal  comportamiento e implora perdón.

Cath miraba el miembro viril casi erecto de Elliot, los había pillado tras un encuentro sexual. Él la miró y sonrió con ternura.

―­Te gustaría probar… ­―El hombre se sentó en el sofá de relax que tanto le gustaba a ella. Parecía conocer los deseos de las personas que estaban en contacto directo con él.

­―Eh… yo ­―y miraba a su amiga, que iba irritándose por momentos con él y que le alzó la mano a ella en señal de “ni se te ocurra decir que sí”.

―­Pues Nath, nunca he estado con uno, no sé, si a ti no te importa que lo pruebe, yo…­ ―y lo miraba tumbado, hermoso, sensual, con su cuerpo masculino expuesto como un objeto de placer.

Entonces Cath pensó que no estaría mal saber cómo era hacérselo con un hombre, parecía apetecible, quizá sería distinto, quizá los juguetes sexuales que utilizaba con sus parejas femeninas ya no le serían necesarios… pensó en milisegundos todo esto.

―­¡Fuera, Cath, fuera de aquí! ¡Y tú, ponte ropa, joder! ­―Gritó un poco fuera de sí pero sin excesos, empujando a su amiga hacia la calle sin miramientos.

―­¡¿Qué haces?! ¡Oye que es un reply, si no quieres compartirlo no pasa nada, ¡anda que… ! Menudo problema, yo puedo encargar uno igual si quiero.

―­¡Pues hazlo! ¿No decías que no te gustaban los hombres? ¿Ahora sí?

­―Bueno, es curiosidad realmente, no te molestes tanto y déjame entrar, no sabía que eras tan estrecha. Conmigo siempre has sido muy abierta. No sabía que eras así de celosa… ¡perdona, joder! Pero él se ofreció, está programado para eso, Nath.

Nath se volvió para mirar a Elliot, éste andaba vistiéndose mientras ambas seguían de bronca, ni se inmutaba por la situación, y cuando terminó de colocar cada una de las prendas que Nath había adquirido para él, se volvió hacia ambas y les dijo:

―­Tengo hambre.

Ambas se miraron sorprendidas. Nath se dirigió hacia la cocina y rápidamente preparó una comida a base de ensalada, sándwiches, frutas… y preparó una mesa para tres. Cath la miraba como asustada.

―­¿Qué haces Nath? ¿Qué haces? ¡No puedes servir a un reply, ni a un hombre!

―­¿Qué… ? ¡Ah ya, si, bueno, joder… ! Mmmm se supone que él no lo es, ¿no? Un hombre, quiero decir… ­ ―decía riéndose de Cath en plan burlón, con un cuchillo en la mano que usaba como una batuta de director de orquesta.

Mientras Elliot se sentaba a la mesa y comenzaba a comer con un hambre voraz, ambas estaban mirando como metía los alimentos en su boca, sin ni siquiera mirarlas, sin  prestarles atención…

­―No tengo hambre, Nath.

― Me alegra, porque no te invité a venir ni a comer…

­―¿Pero qué te pasa? ¿Por qué tienes que ser así de desagradable conmigo? ¡No sé qué problema tienes pero esto te está volviendo medio loca, no es buena idea…!

―­¡¡Ni… se … te … ocurra… decirme lo quetengoquehacer!! ― Le gritó, ahora sí, fuera de sus casillas con su mano alzada y su dedo índice amenazándola delante de su cara, levantándose y mirándola de frente.

―­¡Vaya, puff! ¿Pero no lo ves? Te estas volviendo loca Nath… míralo ahí comiendo tan tranquilo ¿Y a mí tratándome así? ¡¡Míralooo…!!

Ambas lo miraron, y Elliot terminó de comer sin inmutarse. Al terminar, se limpió su carnosa boca algo manchada de la salsa del bocadillo que rebosaba en abundancia y que había estado lamiendo con su sonrosada lengua, ávidamente, segundos antes.

­―Solo lo diré una vez, yo sé lo que las personas desean, estoy programado para eso­ ―se levantó de la silla y se acercó a Nath rodeándola por la cintura desde atrás, de forma que asomó la cara apoyándola sobre el hombro derecho de ella­―, y Nath me quiere para ella… como pareja. Y tú sigues pensando en follar conmigo, así que poneos de acuerdo.

Nath sacó definitivamente a su amiga de casa. Aquello era demasiado, que quisiera a su ​reply​, sabiendo lo mucho que ella lo deseaba, lo que le había costado que se lo hicieran ex profeso y haberlo pagado con unas vacaciones multimillonarias para cuatro mujeres a gastos completos y a todo trapo, era demasiado hasta para ella, que había tragado siempre con todo, hasta con una sexualidad indeseada.

Pero ahora ya no tenía porqué soportar todo aquello y, ni mucho menos, estaba dispuesta a compartir su amado Elliot, por mucho que no fuera un hombre de verdad.

Cath se marchó enfadadisima.

―¡Se lo diré a tu madre, ¿sabes?!

―­Mi madre lo sabe, ella me ayudó a conseguirlo. ―Era completamente falso, pero también era mentira que su amiga, por muy enfadada o molesta que estuviera, se lo fuera a contar a una bruja despiadada como era la madre de Nath.

Sabía lo que su amiga había pasado con su madre, siendo de la Liga Antianthropos se consideraba a sí misma una persona íntegra moralmente, una mujer líder y ejemplo para las demás. Infundir temor, odio y desprecio hacia los hombres había sido su misión en la vida. Pero Nath la veía como una persona egocéntrica, narcisista y con una personalidad rígida que le impedía disfrutar de todo aquello que no fuera cumplir la ley y hacerla cumplir a las demás. Por eso, en cuanto terminó sus estudios y comenzó a trabajar, se marchó de casa.

Su madre compartía piso con su compañera sentimental de toda la vida, Carlota, de origen Español. Se conocieron en unas vacaciones que su madre realizó por ese exótico país hacía 20 años. Se enamoraron y Carlota se vino a Moscow, sin conocer el idioma y dejando atrás a sus amigas y a su propia madre. Parecían felices juntas, aunque Carlota era un mero apéndice de su madre.

Cath se calmaría y reflexionaría sobre lo que acababa de hacer. Estaba segura de ello. Aunque se fue de malos modos, era muy voluble y de carácter irritable, pero era una fiel amistad forjada durante toda la vida. No la iba a delatar. Estaba segura.

―­¡Ven, Nath! ­―El joven le hablaba con voz demandante, como un crío que quiere mimos, mientras la atraía hacia sí para acariciarla y besarla dulcemente.

Sabía cuáles eran las necesidades de su dueña en todo momento. Su configuración de personalidad, sin embargo, estaba basada en la del personaje de ficción que el actor real representaba en aquella serie.

Nath disfrutó un fin de semana de sexo y placer como nunca en su vida, pero tenía que volver al trabajo, y salió enfurruñada por la puerta de su casa ergonómica para adentrarse en el mundo de los viajes de negocios o de placer de todas las ciudadanas que en esos días contrataran sus servicios en la Agencia Good Weather, donde trabajaba desde hacía cinco años.

Pasó un día terrible, comenzó a dolerle la cabeza, sentía ansiedad por ver a Elliot. Sabía que estaría allí al volver, pero tenía miedo, miedo de que alguien lo viera, miedo de que alguien lo descubriera. Se daba cuenta de que casi no le había explicado nada de su mundo. Él no tenía po rqué saber que era un ser prohibido. Aunque le había advertido seriamente que no saliera de casa bajo ningún concepto. Y le había explicado cuál era su  situación: era un ​reply​, no era una persona real, era una reproducción fiel de un personaje de ficción. Porque ella así lo había encargado, y así se lo habían reconstruido.

Al volver, ya por la tarde, a casa, se encontró la puerta entreabierta. El susto fue bestial. Pensó que Cath la había delatado por rencor y que la Liga lo había destruido, y estarían poniendo patas arriba toda la vivienda en busca de pruebas sobre la distribuidora. Pero no se escuchaba follón, ningún revuelo dentro, más bien silencio. Entonces se asustó porque pensó que Elliot había salido de casa, y eso sería su muerte. Cualquiera de las que le vieran en la calle, lo denunciaría y rápidamente lo destruirían, aunque le intentarían sacar antes toda la información sobre su dueña. Si se había ido, era su final. Y ella tendría un grave problema legal.

Todo estaba a oscuras, Elliot estaba sentado en el sofá de relax. Estaba desnudo y, a sus pies, se entreveía un bulto grande. Nath se acercó asustada, pero mantuvo la firmeza. Él estaba programado para darle placer, seguro que era algún objeto que se había quedado sin recoger.

Uno de los puffs que tenía en la terraza, seguro que era eso.

―­Hola, Nath. La he eliminado, ya no es un problema para ti. Ven, vamos a follar.

Al acercarse se encendieron las luces espontáneamente, él estaba sentado disfrutando de un masaje en su cuerpo desnudo. Parecía haber sudado, su piel estaba siendo recorrida por miles de gotitas de sudor que resbalaban por su cuerpo desde la frente y nuca por el cuello, o desde sus axilas (que mantenía alzadas sobre su cabeza, reposando sus manos en la nuca, sobre la cabecera del sofá). Sus piernas se posaban sobre el bulto tirado frente a él. Ese bulto era Cath.

―­¡¿Qué has hecho?! ¡Elliot! ¡¿Qué has hechooo… ?!­ ―Con espanto se abalanzó hacia el cuerpo de la amiga, estaba muerta pero seguía caliente. Su pelo estaba despeinado, había semen en su boca, estaba cubierta con una bolsa de plástico en la cabeza.

La había asfixiado. Su coloración morada la hacía parecer una especie de muñeca deforme, hinchada, cuyos ojos estaban rojos del esfuerzo por respirar. La escena era tan terrible que Nath comenzó a llorar sin saber muy bien qué hacer.

―­Ella quería denunciarte, y tuve que hacerlo, Nath. Yo tengo una programación que cumplir. No dejaré que nadie me elimine, no te preocupes, la meteremos en el DESCOM. ¿No es así como se eliminan los artículos indeseados?

­―Pero ella es una persona, no un artículo Elliot­ ―y la abrazaba, habiéndole quitado la bolsa de su cabeza y acariciándole el pelo, meciéndola entre sus brazos como si fuera su madre, y necesitara acunarla una última vez.

­ ―No, Nath, ella es un reply.

―­¿Qué? ―La cara de la mujer era un poema, si es que una cara descompuesta puede calificarse de tal manera.

­―Lo que oyes­ ―y calló, su boca y sus ojos se cerraron en apretado gesto de enfado repentino.

―­¡No sabes de qué hablas! ¡Tú eres un ​reply​, tú lo eres, no ella!

―­No, Nath, soy un hombre de carne y hueso, y ella es una ​reply​. Ven, voy a demostrarlo.

Cogió en brazos el cuerpo sin vida de Cath y lo introdujo en el DESCOM. Activó el programa de descomposición rápida y Cath se fue derritiendo ante los absortos ojos de Nath… No gritó, ni lloró, simplemente miró cómo su amiga de toda la vida se desintegraba. Y a su lado, Elliot sonreía levemente viendo la escena y sabiendo que ella no se daba cuenta.

Comenzaba a controlar a su dueña. Nath se volvió hacia él:

­―¿Cómo te diste cuenta, Elliot? ­ ―Se volvió temerosa hacia él.

―­Ella misma me lo dijo, me advirtió de que eras una persona caprichosa y que cuando te cansaras de mí, me destruirias. Me pidió que me marchara con ella, parece ser que muchas de las personas que existen en este mundo no lo son, Nath­. ―Y mientras hablaba con su voz penetrante, suave y lacónica, como si estuviera muy cansado del esfuerzo realizado, la mujer lo miraba sintiendo ambigüedad.

―Esto es muy raro, Elliot, podrías haber esperado a que llegara, y yo habría hablado con ella. No tenías derecho a hacerlo…­ ―le reprochaba mientras miraba sus hermosos y egipcios ojos, que ya no le inspiraban ternura y deseo, sino miedo, un miedo que comenzó a fluir por su cuerpo en forma de temblor y agitación nerviosa.

―­Lo sé. Pero debía hacerlo, es mi obligación. Yo no soy el único. Yo no soy lo que crees. Soy humano ­―y dio un par de pasos hacia atrás, separándose de ella.

­―¿Pero, cómo es posible? ―Y con ojos abiertos del miedo, retrocedió a su vez, quedando pegada de cuerpo entero en la puerta del DESCOM, que todavía terminaba el programa de desintegración.

―Porque ahora nos toca a nosotros…­ ―y golpeó a Nath un fuerte puñetazo en el mentón, dejándola noqueada.

Elliot abrió la puerta del DESCOM, y la introdujo inconsciente. El programa de  desintegración se encargaría del resto.

El hombre se vistió, se encapuchó y salió de la casa andando furtivamente, perdiéndose en la oscuridad de la noche hacia algún lugar desconocido en el que, junto con otros, llevaría a cabo su contrarrevolución.

Y mientras caminaba, recordaba aquella otra época del pasado…

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Elliot

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Elmer Ruddenskjrik