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Divorcio Diferido II. El sueño de Berenice, de Daniel Canals Flores – Capítulo II

Divorcio Diferido II. El sueño de Berenice, de Daniel Canals Flores – Capítulo II

Daniel Canals cede a Historias Pulp la difusión del segundo capítulo de su nueva novela, El Sueño De Berenice. ¡Esperamos que los disfrutéis, pulperos!

Y ahora… ¡que comience la función!

Capítulo II

Aquella noche, solo durmieron a pierna suelta, el conde Malton y los invitados que habían pernoctado en el castillo. Los buenos vinos de la cena, provenientes de las impresionantes bodegas familiares, se encargaron de ello.

En cambio, el resto de la familia Malton, no descansó en absoluto. Sus desvelos tenían un origen en común, a Berenice. Marius, inquieto por vivir su primer amor. Leonard, celoso y muerto de envidia, por la suerte que había tenido su hermano al conocerla y compadeciéndose así mismo por su aciago destino. La condesa tampoco durmió bien. Una sombra de inquietud asomaba en su corazón y no podía intuir el motivo que la originaba.

A partir de aquel momento, Berenice y Marius empezaron a relacionarse, cada vez con más frecuencia. Salían de caza por los bosques que circundaban el castillo, asistían a los bailes que organizaba la familia, preparaban salidas campestres para disfrutar del buen tiempo…

Leonard, en cambio, tomó la decisión de abandonar el castillo porque no soportaba observar tanta felicidad a su alrededor. Consideraba que le habían arrebatado algo que le correspondía; su propia maldad le impedía ver más allá. La condesa, que había notado el huraño comportamiento de su hijo, decidió apoyarle ante el conde.

Influyó para que le dejara partir hacia la Catedral, situada en la ciudad, con la firme intención de que terminara su formación canónica.

El conde movió los hilos entre sus conocidos, de las altas esferas eclesiásticas y logró incorporarlo como becario en el archivo catedralicio. A media tarde, Leonard se marchó, sin despedirse de su hermano ni de Berenice. Besó la cara cargada de lágrimas de su madre, abrazó a su padre y se dirigió hacia a las cuadras acompañado de un pequeño equipaje.

Ensilló su caballo y salió al galope desapareciendo, en sentido inverso, por el camino flanqueado de cipreses que daba acceso al castillo.

***

«Es la mejor decisión que podíamos tomar. Allí se centrará en su carrera y dejará de sufrir», pensó la condesa.

Al finalizar el verano, con los primeros vientos del otoño, Berenice se instaló a vivir formalmente en el castillo bajo la protección de los condes de Malton. La condesa empezó a instruirla para moverse en sociedad y en todo lo relacionado con lo que iba a ser su noble futuro. Se hicieron llamar a las mejores modistas, se le asignó una dama de compañía y también recibió formación protocolaria, por parte del maestro de ceremonias. Cuando su amada estaba dedicada a la instrucción, Marius aprovechaba el tiempo practicando, junto al conde, las nobles artes de la cetrería, la caza y la esgrima.

Todo transcurría en una perfecta armonía hasta que un frio día de invierno, llegó la noticia al castillo, que una caravana de cíngaros se había instalado en la aldea. Se rumoreaba que les acompañaba una mujer capaz de leer la buenaventura y, tanto la condesa, como la propia Berenice, no pudieron resistir la tentación de conocerla.

La condesa hizo unas discretas gestiones, enviando a una de sus criadas, a buscar a la adivina.

En aquella época no estaba prohibido consultar a magos y adivinos, es más, solía hacerse con relativa frecuencia. En la ciudad, se podían encontrar multitud de sociedades secretas que abarcaban las diferentes ramas adivinatorias. En algunas, trataban incluso de estudiarlas a fondo para confirmar las hipotéticas bases científicas que pudiesen contener. La opinión de la Iglesia Católica era totalmente contraria y por eso, se exigía cierta discreción.

A media tarde, la adivina, camuflada en el interior de un carruaje cerrado, accedió al patio del castillo y una vez allí, fue directamente acompañada a los aposentos de la condesa. Berenice también estaba en la habitación.

La mujer era alta, de piel morena. Bajo un pañuelo que llevaba atado a la cabeza, se ocultaba un abundante pelo rizado y negro como el azabache. Las orejas cargadas con unos enormes pendientes, y vestida con una ropa de llamativos colores. Su mirada oscilaba entre la curiosidad por el lugar donde se encontraba, la astucia y la codicia por todo lo que le había prometido la criada de la condesa.

Ambas damas permanecían sentadas alrededor de una mesa, que la condesa había hecho preparar para la ocasión:

—¿Cómo te llamas? —preguntó la condesa.

—Guadalupe, señora.

—Nunca había escuchado ese nombre. ¿De dónde eres?

—De México, señora. Al otro lado del océano…

—Sé perfectamente donde está México. Nos han informado que sabes leer la buenaventura.

—Sí señora, me enseñó mi abuela desde pequeña. Ella también podía ver en las oscuras y profundas aguas del futuro, con perfecta claridad.

—Antes de que nos enseñes tus habilidades, contéstame a una última pregunta. ¿Por qué te haces pasar por gitana, cuando en realidad no lo eres, Guadalupe? —preguntó la condesa con un tono de pretendida inocencia, pero remarcando el nombre de la mujer al pronunciarlo.

—Es una historia muy larga y no quisiera aburrirlas con el relato de mi existencia. Solo le diré, para su tranquilidad, que nunca hice mal a nadie en toda mi vida —dijo zanjando el asunto. Parecía altiva y desafiante.

Berenice, que no había abierto la boca en ningún momento, preguntó entonces:

—¿Cómo lee el porvenir?

—A través de las manos, mi joven señora —dijo la gitana fijando sus ojos en el anillo de Berenice.

Si alguien hubiese observado la mano de la joven, en aquel preciso instante, hubiera podido jurar que el anillo había destellado ligeramente durante una fracción de segundo.

—Empecemos de una vez —dijo la condesa interrumpiendo la conversación.

—La joven señora tiene que salir, condesa. La información que voy a suministrarle es de carácter privado y solo debe conocerla usted. Si después quiere compartirla es cosa suya.

Parecía inquieta por la presencia de la joven, así que la condesa, dirigiéndose a Berenice, dijo:

—Querida, espérame en el salón. El fuego está encendido y podrás leer tranquilamente allí. Cuando hayamos terminado, tendrás tu turno con Guadalupe.

Berenice se puso en pie, tomó su abrigo y abandonó la estancia obedeciendo, sin rechistar, a la que iba a ser su futura suegra. Ya, a solas, Guadalupe tomó asiento frente a la condesa y esta le ofreció la mano, extendiéndola sobre la mesa. La falsa gitana la cogió entre las suyas y empezó a inspeccionar las líneas quirománticas con mirada experta.

A su vez, la condesa pudo observar, en ambas muñecas de la adivina, unas cruces estigmatizadas. Guadalupe notó el interés por sus cicatrices pero no dijo nada al respecto.

***

BLOG DE DANIEL CANALS FLORES

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Elmer Ruddenskjrik