¡El  capítulo decimoséptimo de “Divorcio Diferido II: El sueño de Berenice”, de Daniel Canals, por fin en Historias Pulp! Como ya sabéis, con la bendición de nuestro compañero, aquí os compartimos las nuevas entregas de esta emocionante novela por capítulos. ¡Esperamos que la estéis disfrutando, pulperos! Ahora disponéis de todos los capítulos en la misma entrada, de esta forma podéis elegir el que queráis y pinchar directamente en el índice para leerlo.

Y ahora… ¡que comience la función!

Capítulo XVII

Al alba, el bosque parecía estático, sin ningún alma, excepto por la presencia de Guadalupe. Como cada día, había madrugado con la intención de recoger las diversas plantas necesarias para preparar ungüentos y tisanas; los remedios le proporcionaban unos ingresos adicionales que no podía desdeñar. También le ayudaba a mantener la fachada de respetabilidad necesaria para ocultar el verdadero negocio: la adivinación. Sofía se había quedado en la casa al cuidado de Berenice que no estaba repuesta del todo.

«El misterio se complica cada vez más», pensaba mientras recogía las hierbas. Tras ella, escondidos en unos matorrales, los guardas enviados por la condesa sostenían una lona sucia formando una trampa. Cuando tuvieron a la mexicana a tiro, no dudaron en cubrirla con ella y atarla ipso facto.

—No hay tiempo que perder —dijo uno de ellos sacando un enorme cuchillo de caza.

—¿Quieres que la sujete como hacemos con los jabalíes? —preguntó el otro.

—Sí. Aguanta a esta arpía satánica no sea que empiece con alguno de sus maleficios.

Sin ningún tipo de miramiento el guarda se sentó encima del fardo tratando de inmovilizar a la presa.

Guadalupe, que no dejaba de patalear en el interior, gritó:

—¡Soltadme o lo pagaréis muy caro!

El del cuchillo empezó a asestarle unas puñaladas atroces.

—¡¡Aaaaaaaaaahrjjgg!! ¡So… socorro! Aaaaaarjjjjjjj… —gritó Guadalupe agonizando.

Su asesino no se detuvo hasta comprobar que el suelo se teñía de rojo y, que la víctima, ni se movía ni gritaba ya en el interior de la lona.

—¡Listos! La condesa no nos podrá echar nada en cara esta vez —dijo el asesino, eufórico, mientras limpiaba el filo del arma—. Trae las palas; ahora solo nos queda enterrarla bien hondo.

Los dos guardas estaban contentos por haberse vengado de quién les había humillado haciéndoles perder, además, dos bolsas de oro por su culpa.

Sofía se estremeció, al contacto con el agua fría, mientras sumergía un paño para aplicárselo a Berenice en la frente. Tras atenderla, se secó las manos, pero la sensación de estremecimiento perduró en ella. «Ha sucedido algo horrible», vaticinó en su interior. Al pasar las horas, la prolongada ausencia de Guadalupe confirmó sus peores sospechas. Cerca del atardecer, dejando a Berenice descansando en la habitación, se acercó a la comisaría de policía para denunciar la desaparición de su madre.

Berenice, mientras, se agitaba enfebrecida en su cama. En sus removidos sueños se mezclaban un sinfín de imágenes y sensaciones a la vez: el niño cayendo por el negro abismo sin emitir ningún grito, el otro niño tras la pared de cristal, la condesa alocada… Las imágenes giraban, como en un torbellino sin fin, anteponiéndose unas a otras. En el centro de este carrusel vertiginoso aparecía fija la imagen de Leonard, el ruin arzobispo, con los ojos enrojecidos y riendo salvajemente.

***

Ana Marie Clermont empezó a asistir a la Catedral, de nuevo, a partir del bautizo de Beatriz. La ceremonia familiar fue oficiada por el propio Leonard. Eso sí, siempre iba acompañada de su marido y la niña; nunca sola. El paso del tiempo iba amortiguando los efectos del desagradable encuentro mantenido en el pasado y, acabó convenciéndose a sí misma, que lo mejor era pasar página.

No creía que el sacerdote lo volviera a intentar de nuevo. En primer lugar, ya no era diácono sino arzobispo en consecuencia tenía una reputación que mantener. En segundo lugar, ya ni siquiera la miraba: una mujer sabe cuándo un hombre muestra un interés real por ella. En tercer lugar, era una mujer casada y su estatus social había ascendido al unirse al clan de los Clermont: si osaba repetir el ataque, tras la denuncia, el escándalo iba a ser mayúsculo.

***

—Yo, la comunicadora entre los vivos y los muertos, te invoco sobre esta tabla…

Sofía y Berenice empezaron a convocar al espíritu de Guadalupe, mediante una de las blusas de la mexicana. Era necesario saber si estaba viva o muerta tras la inacción manifiesta de la policía cuya investigación no avanzaba en absoluto. Compungida, pero resuelta a utilizar sus poderes, Sofía exclamó la consabida invocación.

La sucesión de golpes confirmó la presencia del espíritu. En la hacía un frío indecible.

—Abre los ojos.

Berenice lanzó la primera pregunta telepática en su conexión mental con Sofía:

«¿Eres Guadalupe?».

El vaso se movió sobre la tabla hasta el SÍ.

«¿Cómo has fallecido?».

A, S, E, S, I, N, A, D, A.

«¿Dónde está tu cuerpo?».

B, O, S, Q, U, E.

Sofía permanecía impertérrita con los ojos en blanco. Su pelo flotaba alrededor de su cabeza levantado por la corriente estática.

«¿Qué podemos hacer por ti?», continuó preguntando Berenice.

J, U, S, T, I, C, I, A.

«¿Quién te asesinó?».

C, O, N, D, E, S, A.

Sofía volvió a intervenir:

—Madre, puedes continuar tu camino.

El vaso acabó moviéndose hasta la palabra ADIÓS.

Dicho esto, Sofía Clerk apoyó las manos sobre la mesa durante unos instantes, y tras reponerse del esfuerzo exigido por la sesión, rompió a llorar desconsolada. «No te preocupes, mi niña, yo cuidaré de ti», intentó consolarla Berenice dándole un fuerte abrazo.

Ambas mujeres no lo sabían en aquel momento, pero no iban a poder cumplir el deseo de justicia de Guadalupe. Acudieron a la comisaría y relataron la información obtenida, en la sesión espiritista, a unos incrédulos agentes. Tras varios meses de búsqueda, rastreando el bosque con perros, localizaron el cuerpo muy descompuesto por los efectos de la naturaleza. No se halló ninguna pista que pudiera relacionar el asesinato con la condesa Malton o alguno de sus empleados.

Por protocolo, y por acallar la insistencia de la joven Sofía, un comisario procedió a interrogar a la condesa discretamente. Ofendida por la insinuación, no dudó en amenazar al agente con llevar el asunto a instancias superiores donde, sin dudarlo, sería exonerada de tan infundada y perversa acusación.

Tras disculparse, el propio comisario dio por cerrada la investigación al no sostenerse la culpabilidad, de nadie, de una forma fehaciente.

A Sofía le recomendaron no dar publicidad al asunto por las repercusiones negativas que podría tener para ella misma, en un futuro, si persistía en mantener la acusación.

Al entierro de Guadalupe solo asistieron su hija, Berenice y el párroco asignado al cementerio, que ofició una pequeña y emotiva ceremonia de despedida. Desde aquel día, Sofía pasó a ser la nueva Madame Clerk.

***

 

Capítulo XVI

Berenice volvió a tener otro sueño desagradable. El niño, que parecía indiferente, desaparecía, cayendo en un abismo negro sin fin. Ella trataba de alcanzarlo, pero no llegaba a tiempo.

Se despertó, de repente, con el cuerpo empapado en un desagradable sudor frío. A su lado, en la otra cama, pudo ver como Sofía dormía tranquilamente. Observarla le hizo recobrar la serenidad. Se levantó, bebió un vaso de agua y cerró los ojos de nuevo. Aquella noche no volvió a soñar nada más.

***

Leonard visitó a su padre en el hospital. Le sorprendió encontrarlo tan débil y envejecido. En cambio, a su madre la encontró más resolutiva que nunca. No dejaba al enfermo ni un solo instante, atendiéndolo en todo momento. Cuando entró en la habitación, la propia condesa le estaba dando la comida.

—¿Cómo se encuentra, padre?

Leonard pudo observar el agradecimiento, por la visita, en los ojos de su progenitor, pero entre la debilidad que aún sentía y la boca llena por la comida, no respondió. Lo hizo la condesa por él:

—Está estupendo. El doctor nos ha dicho que solo ha sido un amago, aunque a partir de ahora debe cuidarse mucho. Yo me encargaré de ello.

Al cabo de pocos días, el conde fue dado de alta y el matrimonio regresó al castillo.

El conde quedó inválido de por vida y la condesa contrató a una enfermera para asistirle. A partir de aquel momento ella tomaría las decisiones como cabeza de familia.

Tras arropar a su marido y darle las pertinentes instrucciones a la enfermera, convocó en sus aposentos a los dos guardas que la habían cagado con Berenice. Necesitaba la máxima discreción para lo que tenía que decirles.

Los guardas parecían dos niños pequeños que hubieran hecho una trastada cuando se presentaron ante ella. Con sus sombreros en la mano, no se atrevían a levantar la mirada ante su ama. A pesar del tiempo transcurrido, sabían a la perfección que habían perdido la confianza de antaño.

—Hace unos años metisteis la pata hasta el fondo y casi os cuesta la vida —dijo la condesa yendo al grano—. Entonces, tuve que suplicarle a mi marido que os perdonara la vida y…

—Le estamos muy agradecidos, señora —interrumpió uno de ellos.

—¡Silencio! No os he dado permiso para hablar aún.

Los dos hombretones dieron un respingo.

—Os recuerdo que tenéis una deuda conmigo. Ha llegado el momento de que la paguéis.

Al cabo de media hora, los dos guardas salieron de los aposentos de su señora, prepararon sus monturas y partieron en dirección a la ciudad…

***

Guadalupe, Sofía y Berenice estaban en la pequeña sala donde “Madame Clerk” madre atendía a los clientes especiales que venían a la herboristería a por algo más que unos simples hierbajos para curar sus tripas.

Las tres mujeres ocupaban sendas sillas alrededor de una mesa redonda protegida con un tapete negro sobre la que había una antigua tabla de la ouija, un pequeño vaso y, cerca de Sofía, un camisón de seda manchado con sangre seca. Por debajo de la mesa ronroneaba un gato negro. La intención era la de poner en contacto a Berenice con su hijo fallecido, aunque era ya la tercera vez que intentaban aquello sin ningún éxito hasta el momento…

Tras consultar un vetusto grimorio y meditar sobre el asunto, Guadalupe había propuesto utilizar algún objeto relacionado con el niño, en la sesión. Berenice recordó entonces que aún disponía del camisón que llevaba aquella fatídica noche, metido en el pequeño equipaje que había podido salvar en el ataque de los dos canallas en el bosque.

Las tres mujeres permanecían con los ojos cerrados cuando, Sofía Clerk, inició la sesión con unos murmullos ininteligibles. Apoyaba un dedo en el vaso y sostenía el camisón con la otra mano realizando una extraña conexión Su voz fue aumentando hasta conformar la letanía:

—¡Yo, la comunicadora entre los vivos y los muertos, te invoco sobre esta tabla!

La única luz mortecina, que iluminaba la habitación, inició un parpadeo inusual y la temperatura descendió varios grados de golpe.

—¡Yo, la comunicadora entre los vivos y los muertos, te invoco sobre esta tabla!, —reiteró la médium añadiendo—: abrid los ojos.

Sofía retiró el dedo del vaso y gritó de nuevo:

—¡Si estás en esta habitación manifiéstate con un golpe!

¡Toc!

Aún y estando acostumbradas a lo oculto, las tres sintieron un latigazo escalofriante sobre sus espaldas; una mezcla de frío y miedo.

—¡Si estás en esta habitación manifiéstate con dos golpes!

¡Toc, toc!

Sofía confirmó la aparición una vez mientras su pelo, recogido en una trenza, flotaba por detrás de su cabeza:

—¡Si estás en esta habitación manifiéstate con tres golpes!

¡Toc, toc, toc!

—¿Cuál es la primera consulta de los vivos? —preguntó Sofía dirigiendo la mirada hacia su madre.

Guadalupe había ideado una serie de preguntas basadas en una conversación mantenida por telepatía con Berenice unos días atrás, así que inició el interrogatorio a la manifestada presencia:

—¿Cómo te llamas?

El vaso empezó a moverse solo, formando un nombre:

M, I, C, H, A, E, L.

Berenice, al ver la respuesta, miró a Guadalupe negando con la cabeza. Su hijo no había sido bautizado… La mexicana improvisó entonces otra pregunta fuera del guion establecido:

—¿Quién te puso este nombre?

L, E, O, N, A, R, D.

Una sensación nauseabunda inundó a Berenice por completo. Aquella afirmación demostraba que su hijo había sobrevivido, pero ahora le hablaba desde ultratumba. ¿Qué había ocurrido? Mirando a Guadalupe, le comunicó mentalmente su inquietud para que continuara preguntando al respecto.

—¿Cómo falleciste?

A, C, A, N, T, I, L, A, D, O.

—¿Caíste por un acantilado?

El vaso se dirigió hacia el SÍ.

Guadalupe miró a su hija. Sofía permanecía con la cara perlada de sudor y los ojos enrojecidos. Le hizo el gesto convenido para terminar la sesión y la médium dijo:

—¡Michael, puedes continuar tu camino!

El vaso se desplazó hasta la palabra ADIÓS.

Cuando ambas mujeres se giraron para mirar a Berenice, ya no estaba en la mesa… Se había desplomado en el suelo, desmayada por completo.

***

Capítulo XV

Un sol radiante iluminaba la entrada del antiguo convento cuando Sofía Clerk salió para encontrarse con Guadalupe y Berenice. Llevaba una maleta y la acompañaba la Madre Superiora.
Ambas mujeres la esperaban en un moderno taxi alquilado para la ocasión. Mientras el chófer salía a coger el equipaje de la muchacha, descendieron del vehículo con la intención de despedirse de la monja:
—Bueno, aquí la tienen convertida en toda una mujercita —dijo la Madre Superiora con un deje de tristeza en su voz.
—Nunca podré agradecerle todo lo que ha hecho por nosotras —respondió Guadalupe emocionada.
Berenice, por su parte, miraba a la niña con curiosidad.
Tras los abrazos mutuos, las lágrimas y la correspondiente despedida, las tres mujeres partieron en dirección a la ciudad. La Madre Superiora esperó en el portal, agitando su mano, hasta verlas desaparecer por el horizonte, en medio de una nube de polvo.
Regresando al interior, no pudo dejar de pensar «Del coronel Clerk no se ha sabido
nada en todos estos años. ¿Qué le habrá ocurrido a ese hombre?». No obstante, la
decisión estaba tomada desde hacía mucho y, legalmente, no podía retener a la niña más tiempo en el convento. Había alcanzado ya la mayoría de edad.
Antes de ir en dirección a la herboristería, Guadalupe pensó que podían dar un paseo con el taxi por las principales avenidas de la ciudad. Sofía había estado encerrada casi toda su vida y se merecía ver cómo había evolucionado la sociedad, por sí misma. Fue un error. Mientras miraban los comercios y el bullicioso ambiente, a través de las ventanillas del taxi, alguien más las vio a ellas con una total claridad… la condesa Malton.
La piedra del anillo, con su siniestro brillo, volvía a exigir más sacrificios.

***

Las monjas del orfelinato decidieron llevar a los niños de excursión a la campiña. Era una costumbre que practicaban una vez al año coincidiendo con la llegada del buen tiempo. Para organizar la salida preparaban varias cestas de picnic llenas de bocadillos y bebidas.
Rayando el alba, salieron en fila india, en dirección al mar. A medida que se acercaban Ralph y Michael sentían la suave brisa marina en sus caras. Ambos estaban radiantes de felicidad. La comitiva se instaló cerca de un acantilado desde el cual se divisaba el océano en todo su esplendor. Por precaución, advirtieron a los niños que no se acercaran al borde debido a la peligrosidad del lugar. Acotaron una zona de seguridad, bastante amplia, donde podían vigilarlos tranquilamente.
A media tarde, Ralph, excitadísimo por el acontecimiento que representaba la excursión, soltó a Michael de su mano para correr detrás de sus compañeros de juego. Pensó que se sentaría en el suelo a esperarle, pero no fue así.
Michael, que había tomado conciencia de la brisa acariciando su cara como si estuviera recibiendo una susurrante llamada, fue directo hacia el borde del acantilado. A medida que se acercaba, notaba las caricias con más intensidad…
Ralph advirtió la desaparición de su hermano justo en el momento en que las monjas los llamaron para recoger, dando por finalizada la excursión. Con los nervios a flor de piel, empezó a buscarlo desesperado por los alrededores, aunque su búsqueda fue inútil.
Alertó a las monjas que decidieron ampliar el radio de la búsqueda. Una se quedó con los niños, que permanecían sentados en el suelo, mientras que las otras tres se dedicaron a peinar la zona colindante hasta el borde del acantilado. Ralph permanecía expectante.
El grito de una de ellas, los puso en guardia a todos:
—¡Ahhhhhhhh! ¡Está allí! —Con su dedo señalaba un diminuto cuerpo estrellado
contra las rocas.
Las tres monjas se asomaron quedándose perplejas. ¿Cómo podía haber sucedido
tamaña desgracia? La más veterana, reponiéndose antes que sus compañeras, empezó a poner orden:
—Coged a los niños, llevadlos de regreso al orfanato y acostadlos. Pronto va a empezar a oscurecer. Sor Cristina y yo iremos a hablar con las autoridades.
La policía determinó la muerte como accidental y exoneraron a las intranquilas monjas de cualquier responsabilidad. El propio arzobispo, al enterarse de la noticia por boca de las hermanas que habían regresado con los niños, se personó en la comisaría:
—Vino del mar y allí ha regresado. Nuestro Señor lo tenga en su gloria —pronunció
compungido.
«Un problema menos», pensó en su interior.
El cadáver no pudo ser enterrado porque cuando intentaron acceder al agreste lugar, el mar, ya lo había reclamado en su seno. No fue encontrado.
En honor a su memoria fue colocada una pequeña cruz blanca en el fatídico lugar.

***

—¡He visto a esas dos hijas de puta!

El conde, con sus facultades bastante mermadas por el paso del tiempo, no entendió muy bien, en un principio, la desazón de su esposa.
—¿De quién me hablas? —preguntó desconcertado.
—¡De Guadalupe y Berenice, bobo! ¡No te enteras de nada!
El conde pareció recordar de repente:
—¿Dónde las has visto?
—He ido a la ciudad a recoger unos vestidos que tenía encargados en la modista.
Cuando he salido de la tienda las he visto pasar metidas en un engendro de esos con
ruedas que tanto te gustan a ti.
—¿En un automóvil? —preguntó débilmente con un hilo de voz.
—Sí, las llevaba un chofer y les acompañaba una muchacha que no sé quién es. Pero lo más importante es que están vivas y, por fin, las he encontrado —dijo la condesa,
malignamente.
—¿Qué quieres hacer?— preguntó el conde, de nuevo, mientras su cara se cubría de un sudor frío. No se encontraba bien.
—¡Deben pagar todo el daño que han hecho! ¡Ojo por ojo y diente por diente!
—respondió la condes excitadísima, sin percatarse siquiera del malestar de su marido.
—¡Argggg! ¡Mi corazón! —gritó el conde, súbitamente, llevándose las manos al pecho y cayendo al suelo en redondo.
—¡Dios mío! ¡Llamad a un médico enseguida! —gritó la condesa saliendo al pasillo.
El médico diagnosticó un infarto. Tras estabilizar al paciente, ordenó su traslado al
hospital. La rápida coordinación salvó la vida del conde.
Fue acondicionado en un carruaje que partió de inmediato. Poco después, uno de los criados cabalgó hasta la estación telegráfica más cercana al castillo y emitió un mensaje urgente al hospital de la ciudad. Finalmente, casi a medio camino, el conde Malton era trasbordado a una de las primeras ambulancias motorizadas en la que finalizó su trayecto, ganando un tiempo valioso.
La condesa, cogiendo su mano, permaneció a su lado en todo momento. Estaba
preocupada por su marido, aunque le había sido infiel no quería imaginar su pérdida.
Por otra parte, la embargaba un odio supremo que sentía hacia las personas que
consideraba como las responsables de todas sus desgracias.

***

Capítulo XIV

En el orfanato no tardaron mucho en darse cuenta de que algo no iba bien con uno de los niños. Así como Ralph tenía un comportamiento normal, acorde con su edad, Michael no reaccionaba adecuadamente a los estímulos exteriores.

A la hora de alimentarse no dirigía su cabeza, por instinto, al pecho de la nodriza. Tampoco enfocaba los ojos hacia ningún objeto o persona en concreto y, siempre, anteponía las manos como tratando de entender lo que le rodeaba a través de ellas. Había nacido ciego.

Hicieron llamar a un médico oculista que confirmó el hecho tras diversas comprobaciones. La monja, que los había recibido la primera noche, envió una nota al arzobispo detallando la situación de Michael.

***

El conde, bastante envejecido por lo sucedido, empezó a recobrar algo de tranquilidad. Ya era casi mediodía cuando mantuvo una conversación con su esposa, tratando de congraciarse con ella:

—Por fin hay algo de paz en este castillo. ¿Qué te parece si esta noche visito tu alcoba?

La condesa no daba crédito a las estúpidas palabras de su marido y respondió:

—La paz sí que ha llegado, pero no para ti. No se te ocurra visitarme jamás o acabarás como la madre de Berenice. Soy capaz de cortarte el cuello mientras duermes…

El conato de discusión fue interrumpido con la llegada del carruaje con los dos guardas a bordo. Continuaban en estado de shock cuando se presentaron ante sus amos.

La condesa tuvo que perfumar uno de sus pañuelos y aplicárselo a la nariz antes de dirigirse a ellos:

—¿Cómo tenéis el valor de presentaros de esta guisa? ¿Qué ha ocurrido?

El que había atacado a Berenice balbuceó:

—La loca se ha escapado. Esto…, eh…, cuando íbamos a…

El matrimonio no daba crédito a lo que estaban escuchando:

—¿Me estás diciendo que se os ha escapado? —dijo interviniendo el conde mientras los inspeccionaba de arriba abajo. En su faz era incapaz de ocultar la repugnancia que le producían en aquel momento—. ¿Dónde?

Los dos hombres, con la mirada gacha, no atinaban a responder y se completaban las respuestas el uno al otro:

—En el bosque… —respondió uno.

—… cerca de la ciudad —precisó el otro

—¿Y este olor asqueroso? —preguntó el conde de nuevo.

—Eh… caímos en una pocilga intentando atraparla.

—Salid de nuestra presencia y… ¡lavaros cerdos! Ya hablaré más tarde con vosotros —dijo el conde, amenazante, dando por terminada la conversación.

Los guardas salieron cabizbajos, aunque ligeramente aliviados. No sabían muy bien por qué, pero no habían querido mencionar en su descargo el asunto de la bruja. Mejor no tirar más leña al fuego.

Tras la salida de los malolientes guardas, el conde preguntó:

—¿Quieres que haga despellejar a estos dos cobardes?

—No querido, aún pueden sernos útiles.

***

Guadalupe acogió a una aturdida Berenice, que tras los diversos traumas psicológicos sufridos no solo había enmudecido, sino que parecía haber envejecido de golpe. Su precioso pelo rubio estaba cogiendo un tono casi blanquecino y en su cara mostraba unas pronunciadas arrugas: las cicatrices provocadas por el sufrimiento. De su antigua y legendaria belleza solamente conservaba el talle y sus inolvidables ojos azules. Para tratar de animarla, le explicó el asunto de su propia hija y el cómo, pronto, se reuniría con ellas.

***

El arzobispo Leonard guardó el anillo en una urna transparente que colocó en una repisa dentro de sus aposentos. No lo llevaría encima, pero allí, podía admirar libremente el extraño fulgor que emanaba.

La sortija entró en una especie de letargo, durante dos lustros, en los que todo pareció volver a una aparente normalidad.

***

Diez años después…

Michael y Ralph crecían felices en el orfanato. El segundo apoyaba a su hermano ayudándole a superar los obstáculos de su discapacidad.

Ralph pasaba también una parte del día al servicio del arzobispo, que lo había reclamado para iniciar su formación religiosa. La intención de Leonard es que el niño le sucediese en un futuro lejano y pretendía moldearlo a su antojo.

Una tarde, tras el servicio, le ordenó ir a sus aposentos a buscar un volumen teológico que el arzobispo había olvidado allí. Rebuscando por las estanterías, sus ojos se posaron sobre el anillo. Ya con el libro en su poder se quedó mirando la urna, como embobado.

El anillo empezó a emitir un ligero brillo para pasar a resplandecer durante una breve fracción de segundo. Al muchacho no se le escapó ese detalle y, asustado, salió corriendo de la habitación como perseguido por mil demonios.

Leonard captó al instante que algo le ocurría al chaval. Estaba blanco como el papel y tenía el corazón acelerado:

—¿Qué ocurre Ralph?, —dijo sonriendo— parece que te hayas cruzado con el mismísimo Diablo.

—El anillo… el anillo… brillaba solo —acertó a balbucear.

A Leonard le cambió el carácter de repente. Le arrancó el libro de las manos y dijo amenazante:

—¡El anillo es sagrado! ¿¡ No lo habrás tocado!?

Ralph empezó a temblar como una hoja. Tenía los ojos vidriosos y encharcados por gruesas lágrimas que no tardaron en caer libremente por su cara. Enmudeció de golpe.

Leonard, el hábil creador de mentiras, se lució:

—Este anillo pertenece al arzobispado desde hace siglos. Si algún día quieres ser arzobispo, como ya hemos hablado, necesitarás tenerlo contigo. En su interior contiene la fuerza sagrada del Espíritu Santo.

Al niño se le abrieron los ojos como platos y balbuceó:

—Lo siento monseñor.

Leonard, recobrando el buen humor, lo disculpó:

—No te preocupes, ha sido culpa mía por enviarte allí.

Cuando el niño regresó al orfanato, el arzobispo meditó sobre lo acontecido: «Así que el anillo ha vuelto a brillar de nuevo después de tantos años… Interesante, muy interesante».

***

Capítulo XIII

La misma noche del doble alumbramiento, Leonard abandonó el castillo en uno de los carruajes de la familia. No le convencían mucho los nuevos sistemas de desplazamiento que estaban tan en boga en aquel momento. A su lado, en la cabina, viajaban los dos recién nacidos metidos en una cesta, envueltos en una manta suave que le habían proporcionado las criadas de su madre. Durante todo el trayecto, hasta la Catedral, el impío sacerdote ni siquiera los miró un solo instante, aun siendo consciente de que podían ser sus propios hijos. Las pobres criaturas dormían.

A Leonard lo que le interesaba era el anillo. Su extraño fulgor lo mantenía hipnotizado y era capaz de sentir la energía que emanaba de la sortija. Tras estar observándolo un buen rato, acabó poniéndoselo en el dedo de forma provisional.

Sabía que no debía mostrarlo en la Catedral. Primero, era una pieza muy ostentosa y segundo, el anillo era conocido a nivel social. Berenice había aparecido en todos los actos sociales y en los periódicos, con él puesto. Llevarlo en público podía parecer sospechoso, a los ojos de un observador perspicaz, pensó inquieto. Mientras cavilaba, se subió el cuello del abrigo. El invierno se avecinaba más frío que nunca.

Llegando a la ciudad, el carruaje paró enfrente de un edificio gris cuyo portal estaba pobremente iluminado. En el cartel de la entrada se podía leer “Orfanato Religioso San Michael”. Leonard se quitó el anillo, guardándoselo en el bolsillo.

Conocía el lugar a la perfección ya que el orfanato estaba tutelado por la propia congregación de la Catedral. Abrió la portezuela, descendió los dos escalones del estribo, con la cesta en la mano y despidió al cochero.

Tras golpear la puerta con la aldaba, fue recibido por una monja somnolienta. Al ver a la máxima autoridad eclesiástica de la ciudad, a aquellas horas intempestivas, se despertó de golpe. Debía ser un asunto importante el que trajera al arzobispo a llamar tan tarde.

—Buenos días hermana.

—Casi lo son, monseñor. ¿Qué se le ofrece?

—Traigo dos pobres criaturas huérfanas de padre y madre. Abra la puerta hermana, hace mucho frío —ordenó Leonard. El ligero vaho, que escapaba por su boca al hablar corroboraba sus palabras.

—Pase al zaguán, monseñor. Disculpe mi descortesía —respondió ella ruborizándose.

Una vez dentro, Leonard procedió a alcanzarle la cesta a la monja que no pudo dejar de maravillarse al contemplar a los rollizos bebés. El arzobispo había elaborado una historia ficticia por el camino para no levantar sospechas:

—Una terrible galerna ha hecho zozobrar, frente a la costa, un barco de bandera desconocida en el que viajaba la madre de estos niños. Por lo que han podido deducir las autoridades, la mujer habría parido en la embarcación cuando les sorprendió la desgracia —carraspeó ligeramente aclarando la voz y prosiguió— no hay ningún superviviente excepto estas dos criaturas. Dios, nuestro Señor, ha querido que sobrevivieran milagrosamente. Han llegado flotando hasta la playa en esta misma cesta.

 La monja que se había quedado embelesada escuchando la trágica historia, preguntó:

—¿Cómo los vamos a llamar?

—Eh… Ralph y um… Michael —respondió Leonard acordándose del cartel de la entrada.

—Pues Ralph y Michael son dos muchachitos muy afortunados. Precisamente estamos dando asistencia a una serie de madres primerizas, algunas de ellas solteras. Gente pobre ¿sabe? —dijo con una mirada significativa—. No creo que tengamos ningún problema para amamantarlos y conseguir que crezcan sanos y robustos.

—Vendré a verlos a menudo, cuando mis obligaciones me lo permitan. Por otro lado, le ruego la máxima discreción. No quiero que se haga público y tengamos que sufrir el ansia informativa de los periódicos. Bastante triste es ya todo este asunto.

***

El viento ululaba lastimoso entre los árboles cuando los dos guardas acompañaron a Berenice hasta el carruaje. Daba la sensación que la naturaleza intuyera la desgracia que iba a suceder aquella noche.

Sin protestar, la muchacha se dejó conducir dócilmente. No estaba segura de lo que iba a ocurrirle todo y que el conde se había tomado la molestia de explicárselo. Algo sobre un sanatorio mental… o un manicomio más bien.

No le preocupaba; no era bienvenida en aquella familia y, dentro de su desgracia, se alegraba por marcharse de allí. «Dios mío protégeme de cualquier mal», pensó encomendándose a lo divino. Mientras, sus dos acompañantes de viaje subidos ya en el pescante, se frotaban las manos de satisfacción.

Amanecía en el horizonte cuando llegaron a las afueras de la ciudad. Penetraron en una espesa arboleda y, en un recodo discreto del camino, interrumpieron la marcha. Berenice, algo somnolienta, pensó que ya habían llegado a su destino.

Los dos asesinos ya habían echado a suertes el primero de ellos que iba a disfrutar con la pasajera. El afortunado descendió de un salto y entró en la cabina, dejando la portezuela abierta. Se abalanzó sobre ella y empezó a violentarla; el otro guarda aprovechó para frenar el carruaje mientras esperaba su turno.

Berenice intentaba resistir los embates de aquel canalla. Le asqueaba el aspecto físico de su atacante y trataba de mantenerlo a raya empujándolo hacia fuera a patadas. El tipo no se amedrentó y aprovechando su corpulencia fue minando gradualmente la resistencia de la víctima.

Estaba a punto de sucumbir y darse por vencida cuando un grito restalló como un látigo en medio del bosque:

—¡Detente, asqueroso!

Guadalupe había salido, aún de noche, hacia el extrarradio de la ciudad para recoger en el bosque algunas plantas y hierbas tempranas, con la intención de surtir la herboristería. La providencia quiso que coincidiera con el escenario del ataque.

El guarda salió de la cabina y subiéndose los pantalones que llevaba medio bajados gritó hacia su compañero:

—No vas a tener que esperar tu turno, ya tenemos otra marrana para ti.

El otro se acercó a su compinche y ambos se encararon con la recién llegada:

—Mira lo que tenemos para ti… —exhibiendo ambos unos enormes puñales de caza que no deparaban nada bueno.

Guadalupe activó su estado de trance y lanzo una ataque psíquico a sus oponentes. Ambos quedaron paralizados por completo con las armas aún en sus manos. Luego, con una entonación imperativa la bruja mexicana ordenó:

—¡Guardad los cuchillos!

Obedecieron lentamente, abducidos bajo su influencia.

—¡Subid al carruaje y desapareced de aquí antes de me enfade de verdad!

Los dos bravucones estaban blancos como el papel; empezaron a sudar, sufriendo además, una grave descomposición provocada por el terror. Berenice aprovechó para escapar, alejándose a una distancia prudencial mientras ellos quitaban el freno con las manos temblorosas. Tras la operación, subieron al pescante y arrearon a los caballos poniendo tierra de por medio.

Cuando se perdieron de vista, Guadalupe relajó su mente y dijo:

—No tienes nada de qué preocuparte, niña. Yo cuidaré de ti.

***

Capítulo XII

Los dos partos se produjeron con muy poco tiempo de diferencia. Por un lado, Ana Marie Clermont daba a luz una preciosa niña en el hospital de la ciudad; le pusieron el nombre de Beatriz. Louis, henchido de orgullo, sostenía a su hija para mostrarla a todo el mundo.

Días después, en el otro extremo de la comarca, algo se complicó en el parto de Berenice. La partera, contratada por los Malton, le suministró un fuerte narcótico por orden del conde:

—No quiero que sufra. Tiene intensos dolores, es su primer embarazo y no parece normal —dijo para convencerla.

Observando el tamaño del vientre y debido a su dilatada experiencia, la mujer supo enseguida que no venía un niño, sino dos.

Al principio, los gritos de Berenice eran escalofriantes, pero a medida que la droga hizo su efecto, cayó en una especie de sopor. La consciencia de realidad física abandonó su cuerpo para ser sustituida por su eterna ensoñación. Dentro del sueño parturiente volvió a revivir el bucle habitual, aunque con un matiz diferente: había parado de correr justo frente a una pared de cristal. Acercándose, puso las manos y pegó la cara en la fría superficie, intentando ver mejor. Esta vez había dos niños allí.

Uno de ellos, el que aparecía siempre, trataba de hacerse coger por ella poniendo los dos brazos en alto, en su dirección. El otro, en cambio, miraba hacia un lado sin prestarle la más mínima atención. Parecía indiferente a su presencia y a la del que debía ser su hermano por el tremendo parecido entre ambos.

En la habitación, Berenice no llegó a escuchar los gritos de los dos recién nacidos. Permanecía completamente inconsciente.

La partera envolvió a los dos niños y los depositó en la misma cama donde yacía la desvanecida parturienta. Allí estarían bien. Cuando salió de la habitación para anunciar la buena nueva, se encontró de frente al conde y a su hijo Leonard en el pasillo.

—Todo ha ido perfecto, la joven señora descansa. Pueden pasar a ver las dos preciosidades que ha alumbrado —dijo alegremente.

—Si ha terminado su trabajo puede marcharse —respondió el conde con un tono seco y cortante—. En esta bolsa encontrará su remuneración.

La mujer, no queriendo indisponerse con tan alto dignatario, siguió las instrucciones al pie de la letra. Cogió la bolsa y desapareció. El conde, sin entrar a la habitación para conocer a sus propios nietos, condenó implacable:

—Coge a esos niños y llévatelos lejos de aquí, Leonard. No son bienvenidos y no los quiero en el castillo…

—¿Y Berenice, padre? ¿Qué va a suceder con ella cuando se despierte?

—Berenice no es de esta familia. En lo que a mí respecta, nunca ha pertenecido a ella…

En la habitación, el anillo volvió a brillar intenso y maligno.

***

Al despertar, medio drogada aún, Berenice sintió un frío terrible que le provocó intensos temblores. Un gélido viento invernal azotaba todo el castillo. Alguien había olvidado cerrar las ventanas de sus aposentos y las cortinas flotaban violentamente por el aire, sin control. Parecían espectros.

Cuando empezó a tomar consciencia de donde estaba y de lo que había ocurrido, su propio grito lacerante la arrancó de la ensoñación, al observar la cuna vacía. En pleno ataque de ansiedad, tuvo un mal presagio y sintió que le empezaba a faltar el aire…

Se escucharon unos pasos acelerados que venían por el pasillo, escuchó como abrían la puerta con llave y vio aparecer a una de las criadas de la condesa.

—¡¡Mi hijo!! —gritó con la voz todavía débil—. ¿Dónde está?

Sus ojos acuosos brillaban como dos zafiros, más intensos que nunca.

Por detrás de la criada, apareció el conde Malton en persona. Al notar la presencia del amo, la mujer bajó la mirada esperando sus instrucciones.

—Vete y que no nos moleste nadie —ordenó el conde.

Una vez solos, el conde miró a su nuera y dijo gravemente:

—Tu hijo no ha sobrevivido… lo siento —dijo mintiendo.

Los pensamientos empezaron a rodar desbocados, por la cabeza de Berenice, como un torbellino vertiginoso. En su mente se agolpaban sus sueños, su triste existencia, la violación de Leonard, la muerte de Marius, los gritos de la condesa, el supuesto asesinato de su propia madre… y ahora… Ahora tenía que afrontar el deceso de su propio hijo. Un dolor inhumano, que nunca antes había experimentado, atravesó su cuerpo hasta la última célula de su ser. Luego, continuó arrasando su alma.

Lanzó un último un grito escalofriante, que provocó el enmudecimiento de todos los seres vivos del castillo, incluida la condesa. Berenice se quedó en un estado de shock profundo. Nunca más iba a poder hablar. Se sentía vacía e inerte como la cáscara de un huevo roto.

Su mirada se hallaba perdida en el infinito y el conde, que parecía diez años más viejo tras escuchar el grito en primera persona, no dudó en que la muchacha había enloquecido. Lentamente, sin dejar de observarla, abandonó la habitación. Berenice ni pestañeaba, permanecía catatónica.

Ni siquiera había percibido que el anillo ya no estaba en su mano.

***

El conde no demoró su propio plan ni un solo segundo. Descendió hasta las caballerizas para mantener una siniestra reunión con sus dos guardas de confianza:

—Mañana por la noche quiero que saquéis a la loca del castillo.

—De acuerdo señor conde —dijo uno de ellos.

—¿Dónde debemos llevarla? —preguntó el otro.

—Le diré que vais a llevarla a una casa de salud mental para que se recupere —añadiendo—: no os preocupéis por nada, se ha quedado muda así que poco podrá protestar si es que lo intenta.

Luego, con la mirada que ellos conocían a la perfección, el conde concluyó la reunión diciendo:

—Esta vez recibiréis dos bolsas repletas de oro. Quiero que la hagáis desaparecer lo más lejos de aquí. Sed discretos. —Cogió uno de los candiles y subió pesadamente las escaleras en dirección a sus aposentos.

Al irse el conde, los dos guardas siguieron la conversación entre ellos:

—¿Has visto lo viejo que está?

—Sí. Lo van a matar entre todas. Cuando ha comentado lo de llevarnos a la loca, en un principio he pensado que se refería a la condesa.

—Bueno, no será un trabajo muy difícil. Además, podemos aprovecharnos de la mudita antes de enviarla junto a su padre. Está de buen ver —concluyó el guarda con una mirada lasciva.

Las risotadas de ambos no fueron escuchadas por nadie; era muy tarde en el castillo.

***

Capítulo XI

En muy breve tiempo, las casas de postas fueron sustituyéndose por relucientes surtidores de gasolina y los carruajes, por ruidosos vehículos a motor. Coches, camiones y motocicletas empezaron a circular por todas las calles. El proceso de modernización era imparable y estaba desarrollándose, a pasos agigantados, por toda la ciudad.

Guadalupe había decidido establecerse en uno de los barrios más humildes, inaugurando una herboristería. Era el camuflaje perfecto para pasar desapercibida y, en la trastienda, podría desarrollar su verdadera actividad: las artes adivinatorias. Sumando las habilidades como médium de su hija, aquello prometía ser un próspero negocio.

Colgó un letrero en la entrada que ya sugería bastante: “Madame Clerk. Pasen sin llamar, conozco su identidad”. No tardó mucho en empezar a recibir las primeras visitas.

***

En el castillo de los Malton se avecinaba otro drama:

—… fue su marido, ¡el conde Malton! ¡Él es el verdadero padre de Berenice! ¡Me forzó! —gritó sin poder contenerse más.

La condesa, desarrollando una fuerza inhumana, arrastró a su víctima del pelo, hasta la chimenea. Con su mano libre cogió un pesado atizador y, soltándola, empezó a golpearla con todas sus fuerzas. Aquello era una auténtica carnicería. Tras sufrir violentas convulsiones, debido a los golpes recibidos, la mujer falleció en medio de un espeso charco de sangre.

El conde, seguido por uno de sus guardas, apareció repentinamente siendo testigo de la brutal escena. Su esposa, completamente salpicada por la sangre, lo recibió riendo enloquecida:

—Ja, ja, ja. He matado a tu amante. Qué mal gusto tuviste, querido, ¡una sucia aldeana!

—¿Qué tonterías estas diciendo? ¿Quién es esta aldeana? —preguntó perplejo. Entre la sangre que cubría la cara amoratada de la mujer y la difusa memoria por el paso del tiempo, era incapaz de reconocerla.

—¿No la conoces? ¡La violaste hace años en una de tus sucias orgias, acompañado por el cerdo de tu padre!

El conde, pareciendo comprender la situación, se dirigió al guarda que contemplaba impasible la escena:

—Baja y trae a uno de tus compañeros. Sacad el cadáver y enterradlo lejos de aquí. Coged las herramientas y una de las carretas. ¡Rápido!

La condesa seguía hablando desquiciadamente:

—¿Sabes lo mejor de todo querido? La hija que no pudiste tener conmigo, la tuviste con ella…

—¿Qué hija? ¿A qué te refieres?

—¡A Berenice, estúpido! ¡Es tu propia hija!

La mente del conde estaba dividida en dos, por un lado asistía incrédulo a la escena que se había originado por su mala cabeza: un error de juventud… Por otro lado, evaluaba la mejor forma de solucionar aquello y evitar el consecuente escándalo. Al llegar, sus hombres enrollaron el cadáver en la alfombra de la habitación y sacaron el cuerpo, hábilmente, escaleras abajo. La carreta ya estaba esperando y no tardaron más que unos pocos minutos en partir.

El tiempo suficiente para que Berenice, que había observado la maniobra, cayera desmayada sobre su cama intuyendo lo peor. La alfombra presentaba una mancha roja circular que no dejaba mucho lugar a la duda.

—Vamos a solucionar este embrollo, querida. Déjalo en mis manos y confía en mí. Prometo compensarte por todo el sufrimiento que has tenido que soportar —dijo el conde tratando de reconducir la situación.

Hizo llamar a un par de criadas y ordenó:

—Atended a la señora. Cambiad sus ropajes y quemadlos —añadiendo—: después limpiad la habitación.

Salió en dirección al salón. Necesitaba imperiosamente tomar una copa de coñac. Paladeando el licor, fue gestando el plan para evitarle cualquier complicación a su esposa.

***

El padre adoptivo de Berenice permanecía con la mirada baja apuntando a sus pies y agarrando su sombrero de paja con las manos; no estaba acostumbrado a recibir a su señor, en su propia casa y menos a esas horas de la noche. No era tonto e intuía que había sucedido alguna desgracia; le preocupaba su esposa, no había regresado aún de su visita al castillo.

El conde acompañado por un par de amenazadores guardas inició un discurso que no daba pie a réplica:

—Tu esposa se ha vuelto loca y ha atacado a mi mujer esta tarde. Hemos intentado frenarla pero al verse acorralada ha saltado desde la almena y se ha roto el cuello.

El pobre hombre ni se movió al recibir la fatal noticia. Seguía cabizbajo sin levantar la mirada

—La hemos enterrado para evitar indiscreciones. Por la afrenta provocada por tu familia, quiero que te vayas de mis tierras, pero como soy un hombre magnánimo te diré lo que voy a hacer.

El conde se dirigió entonces a sus propios hombres:

—Acompañadlo al puerto y embarcadlo en el primer barco de vapor que salga hacia América. No regreséis hasta confirmar que haya partido.

Sacó una bolsa llena de monedas de oro y dejándola en la mesa concluyó dirigiéndose de nuevo al aldeano:

—Solo te voy a decir dos cosas más. Primero, coge este dinero; con él podrás iniciar una nueva vida. Segundo, si se te ocurre regresar por aquí date por muerto.

El aldeano sabía que el conde no mentía, sobre todo en su última afirmación. Sin decir nada, se puso el sombrero, cogió su viejo abrigo y con aspecto resignado, metió la bolsa del dinero en uno de sus bolsillos.

Los cuatro hombres salieron de la cochambrosa vivienda. Fuera les esperaban sus monturas y un caballo adicional traído exprofeso para el hombre. A aquellas horas no había ni un alma en el exterior.

Un segundo antes de partir, ya con las antorchas encendidas, el conde susurró al guarda que iba más retrasado:

—Ya sabéis lo que tenéis que hacer. No me defraudéis y… podéis quedaros con el oro.

En medio de la oscura noche, regresando hacia el castillo, el conde empezó a idear la segunda parte de su plan, encaminado a deshacerse de su hija bastarda.

***

No le dijeron nada a Berenice de lo acontecido. Ella tampoco preguntó al respecto. A partir de aquel día se dedicó en cuerpo y alma a cuidar su embarazo. ¿Qué otra cosa podía hacer en su triste situación?

***

Capítulo X

El día siguiente amaneció completamente despejado en la residencia de estudiantes. Tras asearse, Guadalupe se dispuso a desayunar en la cocina del refectorio. La reunión con Sofía era inminente y casi no pudo tomar bocado.

A las nueve en punto de la mañana, fuera del alcance de las miradas indiscretas, se produjo el encuentro en la habitación de la Madre Superiora. Sofía era una criatura preciosa. Tenía el pelo largo, recogido en una trenza y los ojos del mismo color que su madre. Ambas se miraron con curiosidad y tomaron asiento una al lado de la otra. Sor María pronunció un corto discurso de presentación:

—Sofía, te presento a la Sra. Guadalupe, una amiga de tu padre. Ha venido de muy lejos para verte y estar un rato contigo. —Antes de irse, se giró repentinamente, como recordando algo importante y dirigiéndose a Guadalupe dijo:

 —No olvide nuestro acuerdo.

Al cerrarse la puerta, de manera espontánea y sin decirse ni una sola palabra, madre e hija iniciaron una conversación telepática…

«Eres mi madre, sabía que no estabas muerta».

«Lo soy. Por lo que veo, has heredado los poderes de la familia».

«Si, madre. A veces puedo predecir el futuro, hablar con la mente y…».

«¿Y qué, hija? Puedes hablar de lo que quieras conmigo, soy tu madre».

«Puedo comunicarme con los espíritus de los muertos…».

Tras intercambiarse algunas confidencias más, Guadalupe y Sofía trazaron un sencillo plan. La niña terminaría su formación en la residencia y al cumplir la mayoría de edad, se establecerían en la ciudad. Su madre iría a visitarla, una vez por semana, y así podrían estar juntas para tratar de recuperar el tiempo perdido. Al terminar la visita, ambas se despidieron dándose la mano, tratando de no levantar suspicacias ante Sor María.

La Madre Superiora acompañó a Guadalupe hasta la salida. Fuera estaba esperándola un carruaje que la llevaría de regreso a la ciudad.

***

Los embarazos de Ana Marie y Berenice transcurrían casi paralelos, aunque con unas diferencias muy notables. Los Clermont empezaban a preparar la estancia para la llegada de su primer hijo. Berenice, en cambio, no disponía de nadie que la apoyara y además, empezaba a estar inmensa. Ya no salía de sus aposentos y el único contacto con el exterior era el de una criada que le habían asignado para atenderla.

Una tarde, desde la ventana de su habitación, observó la llegada de un carruaje al castillo. A lo lejos, le pareció distinguir como descendía… ¡su propia madre! Una criada acompañaba a la visita por las escaleras de la zona trasera que desembocaban directamente en los aposentos de la condesa. La mente de Berenice se vio azotada por una multitud de preguntas: «¿Era realmente ella? ¿Qué hacía allí? ¿Había ido a visitarla?». No iba a tardar mucho en disipar todas sus dudas…

La pobre aldeana tembló de pavor al contemplar los ojos inyectados en sangre de la condesa. Su miedo fue en aumento cuando despidió a la criada y se quedaron las dos solas. «No sé como pero lo sabe… alguien ha tenido que decírselo», pensó la madre de Berenice mientras un escalofrío recorría su espalda.

—¿Sabes por qué te he mandado llamar?

—No, condesa.

—Voy a ser muy clara y quiero que tú también lo seas conmigo.

Refulgía el fuego de la chimenea en sus alocados ojos, dándole un aspecto casi infernal. En el otro lado del castillo, el anillo también resplandeció, levemente, con un tono rojizo. Berenice estaba tan preocupada por lo que pudiera estar ocurriendo en la habitación de la condesa que ni siquiera reparó en ello.

—Quiero que me expliques quién es tu hija.

—No la entiendo, señora…

—Quizás deba llevarte a rastras hasta las mazmorras del castillo para que confieses. Allí no seré tan amable contigo —aseguró la condesa—.Yo misma manejaré el látigo.

La mujer no podía apartar la mirada de sus pies. Todo su cuerpo temblaba espasmódicamente sin poderlo contener. Empezó a balbucear, cayendo de rodillas:

—Se… señora, me dijeron que me matarían si algún día des… desvelaba la verdad.

—No te preocupes por eso querida. Ahora ya no tiene ninguna importancia. Yo misma te mataré con mis propias manos si no me cuentas la verdad —dijo, apoyando una mano sobre su hombro con la intención de tranquilizarla—. Habla y conservarás la vida.

La pobre mujer, entre sollozos, relató:

—Una noche vinieron a la aldea unos caballeros. Estuvieron en la taberna hasta altas horas de la madrugada y luego, para divertirse, hicieron salir a todas las mujeres mientras obligaban a los hombres a permanecer en el interior de las casas, so pena de atravesarlos con sus espadas si salían…

—Continua, no pares.

—Seleccionaron a unas cuantas de nosotras y nos llevaron a un granero cercano donde se divirtieron todo lo que quisieron. Varias quedamos embarazadas…

—¿Quiénes eran esos caballeros?

—Si lo digo estoy muerta, señora, me matarán.

—Y si no lo dices también, así que date el gusto de desenmascarar a esos canallas. ¡Quiero saberlo!

—Solo conozco a dos de ellos, señora…

La condesa perdió los papeles y agarrándola del pelo gritó:

—¡Sus nombres!

—El… el… conde y su difunto padre… —tartamudeó, con una mueca de dolor en su rostro.

—¡Guarra! ¡Pécora! ¡Hija de la gran puta! —. A cada insulto, la condesa estampaba la cabeza de la mujer contra la pared de piedra. De repente, sin soltarla, interrumpió los golpes. La sangre chorreaba por toda la cara de la aldeana debido a la brecha abierta en su frente; ni gritaba, estaba paralizada por el terror.

—¿Cuál de los dos te preñó, mi marido o mi suegro? —preguntó con voz maléfica.

—¡Ahhhh, ahhhhg! —la mujer aullaba de dolor y tenía tanto miedo que se orinó encima.

—¡Habla o te juro que no verás el próximo amanecer!

—Fue su… fue su…

***

 

Capítulo IX

Camino de la residencia donde esperaba encontrar a su hija, Guadalupe pensaba en la última desgracia de la familia Malton. Había leído la noticia en los periódicos. «El influjo maligno del anillo no ha hecho más que empezar…», pensó inquieta. Ella misma había sido poseída por su poder.

Llegó a su destino. Ante sus ojos apareció la imagen de un antiguo convento de planta cuadrada con dos plantas de altura. En una de sus alas sobresalía un pequeño campanario. Descendió del carruaje apestoso pidiéndole al cochero que la esperara. A lo lejos, el cielo amenazaba tormenta. Accionó la aldaba del portón un par de veces y esperó a ser recibida.

Se abrió la puerta, de uno de los inmensos portones de madera, asomándose una joven novicia con la cara ruborizada por haber venido corriendo:

—¿Qué desea? —preguntó mirándola con curiosidad. No era día ni hora de visita.

—Deseo hablar con la Madre superiora de un asunto. Es importante.

—Sígame, anunciaré su visita, aunque es una hora un poco intempestiva. No sé si podrá recibirla.

Ambas mujeres atravesaron el claustro en dirección al refectorio. En la residencia acostumbraban a cenar temprano y había muchas cosas que preparar para atender a todas las alumnas. La madre superiora, una mujer ya entrada en años, estaba dando las pertinentes instrucciones a un grupo de muchachas. Todo el mundo ayudaba allí.

Al observar la inesperada visita, se limpió las manos en el delantal, se lo quitó y dirigiéndose a una de las monjas dijo:

—Continuad preparando la cena. Vuelvo enseguida.

La joven novicia dijo alardeando:

—Sor María ha venido una visita. La he dejado pasar porque trae un asunto importante.

—Entra en la cocina y continúa con tus tareas —dijo la Madre superiora, sin inmutarse.

Luego, dirigiéndose a Guadalupe, la invitó a seguirla a través del pasillo hasta su despacho. Tuvieron que atravesar el claustro, de nuevo, mientras la tormenta se acercaba cada vez más. Se notaba como aumentaba la electricidad estática en el ambiente.

Sor María empujó la pesada puerta de su estancia que estaba dividida en dos habitaciones: una zona para atender a las visitas adornada con un exiguo mobiliario y un dormitorio que seguramente sería más sobrio aún. Un inmenso crucifico presidia el lugar como el único elemento significativo.

Ambas mujeres tomaron asiento, una enfrente de la otra. Tras estudiarse mutuamente durante un segundo casi imperceptible, Sor María fue directa al grano:

—¿Qué desea usted?

—Mi nombre es Guadalupe y soy…

La mexicana se atascó un instante. No quería dar una impresión equivocada a su interlocutora. Finalmente, terminó la frase:

—Soy la madre de una de las alumnas de su internado.

Sor María cambió su adusta mirada por otra que mostraba cierta curiosidad. Sabía a la perfección que no conocía a aquella mujer ni la había visto con anterioridad.

—¿Podría decirme el nombre de su hija?

—Se llama Sofía. Sofía Clerk.

Por un instante, las cejas de Sor María se arquearon hasta el infinito. Aquello era realmente extraño, aunque perfectamente posible: siempre existía un padre y una madre, era el orden lógico de la vida. Conocía a Sofía, era una de sus alumnas más queridas debido a su inteligencia sagaz. También sabía quién era el padre, ya que ella misma lo había atendido cuatro años atrás en ese mismo despacho. En aquel momento, le pareció un hombre preocupado por el destino de su hija; obligado por sus circunstancias personales quería dejarla en las mejores manos posibles. De la madre, comentó que estaba muerta y ahora… «La muerta había resucitado o eso parecía», pensó la monja sin decirlo. En el exterior, el cielo se oscureció por completo; empezó a llover y a tronar

El cochero, que esperaba en el exterior, no lo pensó dos veces y al ver la tardanza de Guadalupe, decidió alejarse rápidamente del lugar. Ella estaba a cobijo y él, en cambio, solo contaba como única protección la cabina mohosa. Supuso que su clienta lo entendería.

En el despacho continuaba la conversación.

Guadalupe decidió sincerarse con la monja y explicarle el relato de su infortunada vida desde que empezó su relación con el coronel Clerk.

Solamente obvió alguno de los capítulos más escabrosos como su profesión de adivina o sus escarceos con los cíngaros y la condesa Malton.

Sor María se mostró comprensiva con ella. Reconocía la verdad en sus palabras, aunque no sabía adonde quería llegar a parar Guadalupe. Finalmente, llegaron a un acuerdo: podía visitar a Sofía pero sin desvelar su identidad verdadera, por el momento.

Salieron al claustro, siendo recibidas por un fuerte viento que agitaba violentamente los árboles del patio interior. Llovía a mares entre fantasmagóricos relámpagos. La monja la acompañó hasta la salida y una vez allí descubrieron la huida del cochero con el carruaje. A Guadalupe no le quedó otro remedio que pasar la noche en la residencia.

***

Desde la muerte de Marius muchas cosas habían cambiado en el castillo. La condesa rehuía la presencia de Berenice, todo y haber jurado mantenerla bajo su protección. Casi no salía de sus aposentos ni se relacionaba con el resto de la familia: estaba perdiendo el juicio.

La situación tampoco era fácil para Berenice. El castillo era frecuentado por Leonard con mayor asiduidad, siempre que sus nuevas obligaciones se lo permitían. Durante sus visitas dejaba claro, con sus miradas lascivas, que sus intenciones hacia ella no eran buenas. Lo único que frenaba sus malignos deseos era el embarazo de su cuñada y el pesado pestillo de la puerta que ella corría cada noche en su habitación.

Berenice, tratando de disminuir su atractivo, se cortó el pelo casi a cepillo, aduciendo ante la familia que le era más cómodo llevarlo así en su actual estado. Leonard no cejaba en su empeño ni con esas. Una tarde, al cruzarse a solas con ella por el pasillo, le susurró:

—Con el pelo corto aún me excitas más. Cuando hayas parido volverás a ser mía…

En otro lugar del castillo se estaba gestando un nuevo drama. La condesa no podía dejar de pensar en la maldita profecía y no dudaba en culpabilizarse, a sí misma, por no haber hecho caso de las advertencias. El dolor, la falta de sueño y de una correcta alimentación empezaron a minar sus fuerzas y debilitar su razón. Empezó a alternar el llanto con la risa de una forma espasmódica que asustaba a las criadas que la atendían. El conde tampoco se atrevía a acercarse mucho a ella debido a sus continuos cambios de humor.

Una tarde, la condesa mandó a su criada a la aldea con una nota para la madre de Berenice. En ella, le exigía ir a visitarla al castillo sin darle ninguna información adicional más que la intención de querer verla.

Empezaba a nadar en el lago de la locura pero aún no se había sumergido completamente del todo y todavía no había perdido la memoria…

***

Capítulo VIII

La condesa, que se había desmayado al ver el estado de su hijo en la camilla, tuvo que ser reanimada por el doctor con un frasco de sales. Marius, aún consciente, preguntaba por ella.

—¿Cómo está doctor? ¡Dígame la verdad! —preguntó angustiada.

El pobre doctor, que había atendido a la familia desde siempre, todo y a su pesar, negó con la cabeza.

—¡¡Ajjjjj!! ¡¡Ahhhhhhhh!! —gritó la mujer, mesándose inconscientemente el cabello con ambas manos.

—¡Serénese! ¡Por Dios! No querrá presentarse en este estado ante su hijo…

En ese mismo instante entró el conde al castillo. Sin recobrar siquiera el aliento, subió los escalones de tres en tres hasta aparecer enfrente de su esposa. La condesa, al verle, recobró ligeramente la serenidad y se abrazó a él.

—Quiere hablar conmigo… —dijo ella—. Ha preguntado por mí.

—Entra tú primero. Quiero hablar con el doctor.

La condesa entró a los aposentos de Marius y se acercó hasta el borde de la cama. Yacía herido de muerte, aún consciente, pero extremadamente pálido. Solo un ligero brillo en sus ojos confirmaba su presencia en este mundo. Berenice, en el otro extremo, permanecía al lado de su marido manteniendo el tipo.

—¡Hijo mío!

Marius sonrió suavemente forzando los labios. Con un susurro casi inaudible anunció con la mirada fija:

—Madre… vas a ser abuela…

La condesa miró fugazmente a Berenice. En aquel momento cientos de pensamientos golpeaban en el interior de su cabeza como un violento torbellino.

— Madre… júrame que los protegerás siempre —dijo Marius con un hilo de voz.

—¡Hijo mío! —dijo la condesa sintiendo cómo la desesperación la invadía de nuevo.

—¡Júramelo!

—¡Te lo juro, hijo!

Al escuchar sus palabras, Marius, haciendo un esfuerzo titánico, giró la cabeza hacia su esposa como dándole a entender que había logrado su último propósito y murió. Berenice y la condesa se derrumbaron a la vez.

El conde, al escuchar sus lamentos y sus gritos, entró precipitadamente a la habitación acompañado por el médico. Al contemplar a su hijo no necesitó ninguna explicación; había visto la muerte muchas veces con anterioridad. El doctor, por orden expresa suya, certificó el motivo del fallecimiento como un accidente de caza, detallando solo lo imprescindible en su informe. Más tarde, cuando Leonard llegó al castillo, le aplicó la extremaunción en presencia de toda la desconsolada familia.

***

Aún se mantenían algunas de las costumbres medievales en el seno de la Iglesia, sobre todo, en las concernientes al clero. En la Catedral vistieron el cadáver del arzobispo Thomas con sus ropas sacerdotales y lo instalaron en una discreta sala en uno de los laterales del templo. Siguiendo la liturgia establecida, debía permanecer allí unos días hasta confirmar realmente su muerte. De esta forma, los feligreses podían despedirse de él y rezar por su alma en los reclinatorios dispuestos al efecto. Para evitar los malos olores pusieron varios incensarios alrededor.

Transcurrido el plazo prescrito se procedió a su entierro provisional en una de las numerosas criptas del edificio. Leonard se encargó de atar la cuerda que unía el pulgar del difunto arzobispo a una campanilla en el exterior del féretro. Otra medida de precaución por si decidía regresar de nuevo. Tras permanecer allí un mes más, aproximadamente, terminó recibiendo la sepultura definitiva en el cementerio de la ciudad.

La congregación confirmó, por unanimidad, el nombramiento de Leonard como el nuevo arzobispo.

***

Al principio, Guadalupe inició la búsqueda de su hija por toda la ciudad sin apenas ningún éxito. Habían pasado varios años hasta poder disponer del suficiente dinero para comprar el costoso pasaje del viaje a Europa. Además, solo disponía como referencias el nombre del padre y el cuerpo militar al que pertenecía: el coronel Clerk, del Regimiento de Caballería. Para ella, Rudolf Clerk, su amante.

Se habían conocido en México, estando él destinado allí como la máxima autoridad militar de la zona y ejerciendo el cargo de gobernador durante cinco años.

En ese tiempo, Guadalupe se quedó embarazada, tuvo una preciosa hija y siempre mantuvo la esperanza de que terminarían casándose tarde o temprano. La realidad fue muy distinta: el coronel no solo la abandonó sino que, además, se llevó a la niña con él aduciendo el poder darle una mejor vida a su lado.

Estuvo visitando los colegios, los parques, los hospitales… Todos aquellos lugares donde creyó que podría encontrarla. Casi estaba a punto de darse por vencida cuando, en el entorno militar, indagando con suma discreción, pudo averiguar que el coronel había abandonado la ciudad unos años atrás dejando a la niña en una residencia estudiantil de las afueras, bajo el cuidado de las monjas.

Al coronel le asignaron un destino peligroso en el que no se garantizaba su propia seguridad, así que no quiso correr ningún riesgo con la niña. Dejó una fuerte suma de dinero como dote, para que no le faltara nada a su hija, y partió. Desde entonces, no se habían recibido noticias suyas.

Con esta información, Guadalupe se dirigió hacia una casa de postas cercana y alquiló un carruaje barato. El interior de la cabina estaba sucio de barro y olía a moho. Sin darle la menor importancia, ordenó al cochero que la llevara a la residencia. La ansiedad por la idea de reencontrarse con su hija le había quitado todos los remilgos.  

***

El entierro multitudinario de Marius, sumió a toda la ciudad en un sentimiento de profundo pésame. Tras las solemnes exequias, su féretro fue transportado por un regio carruaje fúnebre adornado con plumas de avestruz. Seis caballos negros tiraban de todo el conjunto guiados por dos cocheros.

Seguidamente iba un regimiento de plañideras llorando y desgañitándose, las autoridades, la familia, los empleados del castillo y una cohorte de curiosos ciudadanos. Todos iban vestidos de riguroso luto y manteniendo sus cabezas descubiertas en señal de respeto. Berenice y la condesa permanecieron unidas, apoyándose la una en la otra, durante toda la procesión y en el posterior sepelio.

Finalmente, el cuerpo de Marius pudo descansar en paz en un improvisado mausoleo habilitado para él.

Capítulo VII

La boda de Louis y Ana Marie, todo y no ser tan espectacular como la de Marius y Berenice, fue muy comentada y celebrada en la ciudad. La noticia también fue divulgada por todos los periódicos locales:

“22 de abril de… Hoy se ha producido en la Catedral, el feliz enlace de la joven pareja formada por Louis Clermont y Ana Marie Johansson. La ceremonia la ha oficiado el diácono Leonard Malton, tras el reciente percance acontecido al arzobispo Thomas. Los dos contrayentes provienen de familias muy arraigadas en la ciudad. Al salir, han sido escoltados hasta su carruaje por sus amigos y familiares, partiendo posteriormente todos los invitados, hacia el lugar de la celebración del banquete… ”.

La novia, cubierta con un velo, no miró ni un solo instante al arzobispo durante todo el oficio. Él tampoco salió a despedir a la pareja, una vez terminado el enlace. En el interior de Ana Marie ya se estaba gestando la hija de ambos…

***

El sol empezaba a descender hacia las montañas, cuando la condesa ordenó a la criada acercarse a la casa de los padres de Berenice. Prefirió esperar dentro del carruaje, con las cortinillas echadas, permaneciendo a salvo de las miradas indiscretas. Solo la presencia del vehículo, portando la insignia de la familia, ya infundía respeto y un cierto temor a los lugareños. Adicionalmente en el pescante, al lado del cochero, iba uno de los guardias rurales del conde armado con una ostentosa escopeta.

La criada, arremangándose la falda con ambas manos para no arrastrarla por encima del barro, se acercó al portal de la casa y golpeó la puerta con la aldaba. Al no obtener respuesta, volvió a golpear más fuertemente provocando con el ruido, la aparición de una vecina:

—No se moleste en llamar, no están. Han ido a la ciudad a entregar un par de fardos de heno a la casa de postas. Volverán ya de noche, si es que no hacen un alto en el camino…

La criada volvió dando saltitos, como una rana en un estanque, hasta que se situó de nuevo al lado del carruaje. Su ama, que ya había escuchado el comentario de la vecina, le ordenó subir y regresaron al castillo. «Ya encontraré otra ocasión», pensó la condesa.

***

Una semana después, del enlace de los Clermont, el conde y Marius, aún de madrugada, decidieron salir de caza aprovechando la buena temperatura reinante. Los guardas se estaban vistiendo, cuando padre e hijo salieron por la puerta del castillo; quedaron en unirse con ellos más tarde, una vez que estuviesen correctamente pertrechados y con los perros a punto.

Salieron a pie. Primero, reconocerían la zona y después, ya con los perros, se dedicarían a la caza de perdices y codornices salvajes. Marcharon hasta el linde de la arboleda más cercana al castillo y una vez allí, tuvieron un encuentro desagradable e inesperado… la muerte acechaba en el bosque.

Tres tramperos, armados con rifles, estaban preparando un cepo para zorros cuando se vieron sorprendidos por Marius. Estaba prohibido cazar allí sin la autorización del dueño del coto y los intrusos sabían lo que les esperaba si eran apresados; en el campo todavía imperaba la ley del amo. Nadie reprocharía al conde tomarse la justicia por su mano ante unos desconocidos allanando sus propiedades.

Empezaron a levantar los rifles en su dirección y Marius no dudó ni un instante en disparar su escopeta de postas, contra ellos, al mismo tiempo que gritaba:

—¡Cuidado, padre!

Uno de ellos, cayó abatido por el disparo de Marius. Al unísono, dos balas penetraron en su propio pecho dejándole malherido. El conde disparó a su vez, hiriendo a otro. El tercer hombre no se amilanó. Abrió el cerrojo de su arma y empezó a cargarla de nuevo.

Ambos hombres estaban levantando sus armas cargadas de nuevo, cuando se escuchó una detonación proveniente del suelo, que impactó en el hombro del individuo haciéndole errar el tiro. Marius había cargado también. Un último disparo, desde el arma del conde, hizo que el tipo se doblegara sobre sí mismo cayendo en redondo.

Los guardas, extrañados al escuchar el primer disparo y sabiendo a la perfección que los dos cazadores no podía empezar sin ellos, habían soltado a los perros, que no tardaron en localizar a su amo.

El conde estaba arrodillado, abrazando a su hijo, cuando vio movimiento en la zona de los intrusos. Dos de ellos, trataban de huir mientras que el otro permanecía tumbado e inmóvil. Al notar el aliento, de los perros recién llegados, no dudó en dar la orden:

—¡Atacad!

La jauría de bracos, excitados por el olor de la sangre derramada, tardó poco en dar alcance e inmovilizar a sus presas. Los guardas llegaron a la carrera, tras los perros, haciéndose cargo de la situación. Por orden del conde, cuatro de ellos elaboraron una improvisada camilla para Marius y se dispusieron a trasladarlo inmediatamente al castillo.

—¡Avisad a un médico, rápido! —gritó el conde.

Tras comprobar que los guardas seguían sus instrucciones al pie de la letra, se dirigió a la zona donde los perros acorralaban a los intrusos. Uno estaba muerto y los otros dos temblaban echados en el suelo, muy malheridos. Tres de sus hombres los tenían encañonados y esperaban sus órdenes.

—¡¡Hijos de puta!! ¿¡Cómo osáis enfrentaros al dueño de estas tierras!? Encima habéis malherido a mi hijo. Solo por esto, no volveréis a ver la luz del día…

—¡Piedad señor! —dijo uno de ellos.

—Voy a mostrar la misma compasión que vosotros habéis tenido conmigo —respondió el conde implacable.

Dirigiéndose a sus hombres, ordenó:

—Matadlos y sumergidlos en cal viva, pero hacedlo fuera de los límites del castillo —puntualizó—. No quiero tener esta carroña enterrada en mis tierras.

Dicho esto, les dio la espalda y se puso a correr en dirección al castillo.

***

Aquella misma mañana, en el hospital de la ciudad, el arzobispo Thomas fallecía entre terribles convulsiones, tras pasar varios días en coma, sin haber recobrado el conocimiento en ningún momento.

Leonard le aplicó el santo óleo de la extremaunción y encargó el envío del cadáver a la Catedral para preparar el ceremonial litúrgico del entierro. Al regresar, un criado proveniente del castillo familiar, le informó del accidente acaecido a su hermano. Su presencia era requerida allí.

Ordenó al criado que había traído la fatal noticia, ensillar y traerle su propio caballo de un establo cercano. Sin tiempo que perder, ambos hombres salieron al galope.

Capítulo VI

Cayó la noche. Por los alrededores del castillo, aún resonaban las risas de los últimos invitados, cuando Leonard dirigió sus pasos hacia la habitación donde se iba a consumar el matrimonio. Asegurándose de que no había nadie por las inmediaciones, golpeó ligeramente la puerta con los nudillos.

Berenice abrió. Llevaba puesto un camisón de gasa, que dejaba intuir a trasluz, las curvas de su cuerpo desnudo. Leonard, lujuriosamente, pudo admirar la imagen virginal que se presentaba ante sus ojos. Sin mediar palabra, entró en el aposento de su hermano.

Marius permanecía inconsciente sobre el tálamo nupcial. Berenice, que apenas había tenido tiempo de desabrocharle el uniforme a su marido, dio un paso hacia atrás cuando Leonard sacó un afilado cuchillo.

—Si gritas os mato a los dos —dijo quedamente.

—Por favor, no nos hagas daño —murmuró temblorosa.

—¡Gírate! —ordenó Leonard, sacando unos grilletes con su mano libre. Estaban forrados de tela, en su interior, para no dejar marcas en la piel.

—¡No, por favor! —intentó resistirse ella.

—No me costaría, nada en absoluto, arrastrarte hasta el cuarto de tortura, al lado de las perreras, que aún conservamos desde los tiempos de mi bisabuelo.

—Si os viera como actuáis, seguro que se revolvería en su tumba… —respondió Berenice.

— Ja, ja, ja, ¿mi bisabuelo? —rio Leonard, despectivamente—. Era conocido en la región por dos motivos: su lujuria y su crueldad. Más de la mitad de los hijos de la comarca son bastardos suyos, aunque yo soy peor que él…

La mirada perversa, con la que acompañó su última frase, fue la que la hizo ceder a su voluntad. Berenice ofreció su indefensa espalda, colocando ambas manos tras ella y el infame diácono aprovechó para inmovilizarla. Después, le arrancó un pedazo del camisón y la amordazó.

Teniéndola ya, a su merced, Leonard se despojó de su ropa y…

***

El clan de los cíngaros, con el que viajaba oculta Guadalupe con su falsa identidad, había decidido abandonar la ciudad. No se sentían cómodos en aquella región y su intención era viajar más al sur, en busca de mejores oportunidades. Ella, en cambio, decidió quedarse.

Necesitaba modificar su aspecto para no llamar la atención, así que decidió entrar en una pequeña tienda de ropa. La encargada, al verla, se acercó para echarla sin contemplaciones. Justo en el mismo instante, Guadalupe depositó una bolsa repleta de dinero encima del mostrador:

—Necesito cambiar mi atuendo, inmediatamente, ¿puede ayudarme?

Adquirió unos vestidos más acordes con el nuevo escenario en el que tendría que moverse y se deshizo del disfraz de gitana; también compró una maleta y diversos complementos.

Luego, siguiendo las indicaciones de la encargada de la tienda, alquiló una pequeña habitación en una pensión femenina cerca de allí. Se había embarcado en aquel largo viaje solo con un objetivo: encontrar a su hija.

***

Al abrir los ojos, a la mañana siguiente, Berenice no era muy consciente de lo que había sucedido. Notaba su cuerpo dolorido y al girar la cabeza vio que se encontraba sola en la inmensa cama.

Estaba desnuda, debajo de las sábanas y no había ningún rastro de su camisón. La puerta del dormitorio se abrió de golpe y apareció Marius, aún con el traje puesto, portando una bandeja con el desayuno.

—¿Cómo está mi princesa? ¿Fui lo bastante gentil ayer? —preguntó. Al haberse despertado con la ropa puesta aún, imaginó que quizás no había sido demasiado cortés a la hora de consumar el matrimonio.

Berenice se vio forzada a sonreír, aunque en su interior ardía de desesperación. Los recuerdos de la noche anterior habían aflorado en su mente y le costó mucho disimular su desazón.

Marius siguió explicándole varias novedades mientras le servía un café:

—Varios invitados iban tan borrachos ayer que durmieron en el jardín, menos mal que los guardias los cubrieron con unas mantas. Seguro que si te asomas verás alguno roncando todavía.

—¿Y Leonard? —preguntó ella.

—Es curioso que preguntes por él. Esta mañana ha cogido su caballo y se ha marchado a la ciudad. Ha dejado una nota aduciendo no sé qué obligación en la Catedral. Se habrá ido con una buena resaca, ayer bebió casi tanto como yo.

Berenice, asqueada en lo más profundo de su ser, decidió no decir nada al respecto. Tras reflexionar sobre el asunto intuyó que Marius mataría a su propio hermano si llegaba a enterarse algún día de lo sucedido.

Lo único que Berenice no sabía, es que otro miembro de la familia había visto también a Leonard, saliendo de la habitación aquella noche, a altas horas de la madrugada: la propia condesa de Malton.

***

Ese mismo mes de abril, en la ciudad, se acercaba la hora de otro gran acontecimiento: la boda de Louis Clermont con Ana Marie Johansson. Ella le había ocultado el fatídico encuentro con el diácono y su único objetivo, ahora, era casarse y ser feliz junto a su marido.

Louis sabía perfectamente que ella no iba a llegar virgen al matrimonio puesto que ya habían mantenido relaciones con anterioridad. Eso le facilitó la ocultación del hecho a Ana Marie.

Muy cerca del día del enlace, ocurrió un hecho inesperado. Todos los periódicos de la ciudad abrieron con la misma noticia en sus portadas: ”El arzobispo Thomas ha sufrido una intoxicación al ingerir unas setas venenosas y han tenido que ingresarlo urgentemente en el hospital. Se teme por su vida”.

Leonard, tras deshacerse del resto de las setas, tuvo que asumir el arzobispado de manera provisional, con todas las funciones pertinentes…

Ana Marie quería morirse. Él se iba a encargar de oficiar su boda. Trató de no pensar mucho en ello, atribuyéndolo todo a la mala suerte.

***

La condesa no podía dejar de pensar en las palabras de Guadalupe. Su intuición estaba en alerta máxima y temía que empezaran a asomar las nubes negras anunciadas en la profecía:

“¡Descubrirás el engaño en tu marido! ¡Tu hijo mayor fallecerá antes que tú! ¡Tu otro hijo sembrará el mal allí donde esté! Y tú…, tú serás una simple espectadora de toda esta desgracia que no podrás evitar. Una gran maldición ha llegado a vuestra familia y la culpable está entre vosotros… ¡Berenice!”

¿Por qué Leonard había salido de la habitación de Marius la noche del enlace? ¿Qué ocurrió allí? Observó un cambio en la brillante y alegre mirada de su nuera. A veces, parecía estar sumergida en una extraña melancolía. No tuvo valor para preguntarle por el motivo de la tristeza que la embargaba, pero decidió adelantarse a los acontecimientos e indagar por su cuenta.

Esa misma tarde, llamó a su criada de confianza y le dio unas precisas instrucciones para preparar una discreta visita a la aldea. Necesitaba respuestas por parte de la anterior familia de Berenice.

***

Capítulo V

Cientos de banderas ondeaban en todas las almenas, con la insignia de los Malton. Un grifo coronado, de color negro, en un fondo amarillo. Tras las paredes del castillo, en el interior de la capilla familiar, se iba a oficiar la ceremonia de casamiento más importante del año.

Casi cuatrocientos invitados, muchos de ellos representantes de las familias más destacadas del país, esperaban de pie la entrada de los novios. Habían tenido que habilitar incluso las salas anexas para dar cabida a todo el mundo. Marius fue el primero en llegar en una carroza dorada, acompañado por la señora condesa. Llevaba un traje militar, de un blanco inmaculado y ribeteado con adornos dorados formando la insignia familiar.

Las miradas de todos los presentes se repartían entre el novio y su madre. Los ojos de ambos brillaban de felicidad. La condesa llevaba un ligero vestido de encajes, bordados a mano, de color azul cielo. Una de sus muñecas iba adornada con una pulsera ancha que disimilaba la cicatriz dejada por Guadalupe.

Tras la espera de rigor, una fanfarria de largas trompetas anunció la llegada de la novia a la entrada de la capilla. Una delicada carroza de tonos rojizos y plateados, traída expresamente para la ocasión, precedía a media docena de preciosos caballos negros. Los cascos de los animales, así como sus adornos, eran del mismo tono del carruaje.

La novia iba acompañada por el propio conde Malton. El maestro de ceremonias, máximo encargado del protocolo nupcial, no había considerado apropiado que nadie de la pobre familia de Berenice la acompañase hasta el altar. Ella entendió perfectamente la situación al tratarse de un asunto casi político y no puso ninguna objeción al respecto. Sus padres tampoco tuvieron ningún reparo en ello y se contentaron con ocupar uno de los anexos junto al personal de servicio del castillo.

Al mismo tiempo que descendían las trompetas, el conde ayudaba a Berenice a bajar el escalón que la separaba del suelo. Dos doncellas se unieron, al instante, acomodando la cola del vestido sobre la alfombra roja preparada para la ceremonia. Era ya cerca del mediodía, cuando empezó a ascender por los mullidos escalones colgada del brazo de su inminente suegro y rodeada por un ejército de damas de honor que la contemplaban expectantes y maravilladas.

Berenice estaba deslumbrante bajo el sol primaveral. Su efigie era la perfección de la belleza. Su vestido la convertía en una perla impoluta. Había sido diseñado y cosido a mano por los mejores modistos de la ciudad, que no escatimaron en recursos ni en creatividad para ensalzar su figura.

Estaba elaborado con las telas más sofisticadas y elegantes que pudieron encontrar. Una mezcla de sedas, gasas, encajes y bordados de muy difícil confección creaban un conjunto único y maravilloso. Diversas transparencias dejaban asomar su piel blanquecina. El día anterior, el doctor de los Malton le había aplicado una sangría mediante unas voraces sanguijuelas, para lograr la tonalidad perfecta. Un baño con leche, en vez de agua, hizo el resto.

Su cabeza iba coronada con una diadema de platino y perlas. El único detalle que no acababa de encajar, aunque para ella fue innegociable, era el rojo intenso de su misterioso e inseparable anillo, que aquel día, brillaba más que nunca.

En el interior, empezó a sonar el órgano anunciando su entrada. Al fondo, en el altar, la esperaba Marius, la señora condesa y el arzobispo Thomas acompañado por el diácono Leonard… su cuñado. Todas las miradas se posaron en ella y, al verla pasar, solo se oían murmullos de satisfacción por el buen gusto mostrado. El apuesto novio no podía haber elegido mejor partido.

Al llegar junto a Marius, los condes se retiraron, ocupando la primera fila de los invitados. Dos asistentes colocaron dos butacas frente al reclinatorio dispuesto para los novios y dio comienzo la ceremonia.

Leonard no podía apartar su lasciva mirada sobre Berenice. Ella, en cambio, parecía ignorarle o no darse cuenta de ello. El diácono empezó a repasar en su mente el maligno plan que tenía previsto mientras ayudaba, automáticamente, en el servicio al arzobispo. No era la primera ni la última boda que iba a oficiar aquel mes.

Entre los invitados, alguien no podía apartar la vista de los sucios ojos de Leonard. Ana Marie, acompañada por Louis, también había sido invitada al evento. Los Clermont formaban parte de la alta sociedad y era una de las familias más antiguas de la ciudad.

El diácono había reparado en su presencia, pero se mostró indiferente ante las insistentes miradas de la joven. A finales de aquel mismo mes, el arzobispo Thomas uniría, en la Catedral, a Louis Clermont y su prometida en santo matrimonio. Leonard lo sabía porque ya habían presentado los papeles correspondientes y él aprovecharía, entonces, para dar por zanjado el escabroso asunto que la unía a ella, como una aventura más en su agitada vida.

Marius y Berenice se miraban mutuamente embelesados. Después de darse el sí quiero, provocando lágrimas de felicidad en la condesa y la satisfacción de casi todos los presentes, procedieron a abandonar el altar acompañados por la bendición del arzobispo y por el séquito de damas de compañía.

Al salir de la capilla, les estaba esperando un extraño carruaje sin caballos, también adornado nupcialmente. El conde les anunció, a viva voz, que era uno de los primeros regalos de boda que iban a recibir: un automóvil.

Aquel curioso artefacto causó la inmediata admiración de los invitados que no dudaron en rodearlo para poder admirarlo más de cerca. El conde, que estaba seguro de haber creado una gran expectación y sorpresa en la pareja, anunció:

—Durante el banquete, que vamos a celebrar al aire libre para aprovechar este precioso día, podrán ustedes observar una demostración más detallada.

Marius y Berenice estaban encantados con la idea, así que ambos se acomodaron en la parte posterior mientras el propio conde subía al volante para pilotarlo personalmente hasta los jardines del castillo donde se iba a celebrar el banquete.

El resto de invitados cerraban la curiosa comitiva, charlando alegremente entre ellos, mientras se dirigían a las cercanas carpas instaladas en el exterior. Más de cincuenta camareros iban a atender el ágape en la inmensa mesa preparada con forma de u.

Los novios, los condes, el arzobispo y el diácono presidian la mesa principal. Precisamente Leonard ocupó un puesto de honor junto a su hermano y durante todo el evento procuró que nunca le faltara el buen vino en la copa.

El evento, aparte de la demostración del vehículo propulsado a motor, fue amenizado por músicos y diversos espectáculos incluyendo a equilibristas, trapecistas, payasos, juegos para los niños e incluso se instaló un ajedrez gigante que hizo las delicias de los presentes. Por orden del propio conde, los camareros no pararon de servir las más exquisitas viandas y los mejores vinos disponibles en la bodega, mientras la propia condesa supervisaba junto al maestro de protocolo que todo estuviese en el sitio adecuado, en su tiempo previsto, tal y como se había planeado anticipadamente.

La celebración terminó con un baile de gala en el gran salón del castillo, momento en que Leonard aprovechó para deslizar un potente somnífero en la última copa que iba a servirle a su hermano aquel día. Tras brindar con él, efusivamente, el diácono se retiró a sus aposentos. Solo tenía esperar, la tela de araña se había empezado a tejer…

Capítulo IV

Leonard notó el interés de la joven, aunque acabó interpretándolo a su manera. Ana Marie era una preciosa mujer de aspecto algo vulnerable y él, en cambio, era un halcón asesino sobrevolando a una grácil paloma.

Una soleada mañana de domingo, tras la misa, decidió acercarse a ella para proponerle, en apariencia, un inocente encuentro entre ambos. Leonard aprovecho que estaba sola en aquel momento. James se había adelantado tratando de buscar un taxi disponible. Mientras, Ana Marie, que lucía un bonito vestido entallado, se protegía del sol con una sombrilla.

—Señorita Johansson, ¿ha visitado usted, alguna vez, las catacumbas de la Catedral?

—Pues la verdad es que no —respondió, contenta de que el joven se hubiera dirigido a ella.

—Venga el martes de la semana que viene y se las mostraré, pero debe ser un secreto entre nosotros —añadió misteriosamente.

—¿No será peligroso, diácono? —preguntó ella con ingenuidad.

Leonard le regaló una de sus mejores sonrisas antes de responder:

—No se preocupe, estará bajo mi protección.

Ana Marie, quizás por su inocencia o por su poca experiencia sobre las bajas pasiones humanas, aceptó la propuesta confiando en él.

Al cabo de un par de días, a media tarde, salió de su casa en dirección a la Catedral. Nadie la acompañaba ya que había convenido con una de sus mejores amigas, el pasar la tarde las dos juntas, como hacían a menudo. Caminó un par de calles y al llegar a la avenida principal, alquiló un carruaje en la casa de postas.

—¿A dónde quiere ir señorita? —preguntó el cochero.

Le dio una dirección cercana a la Catedral, no quería dejar ningún rastro tras ella que pudiera comprometer al joven diácono causando una indiscreción. Se ruborizó, levemente, bajo su pamela ya que aquello era toda una aventura.

El carruaje cruzó toda la ciudad y la dejó en el lugar asignado. No tardaron mucho ya que en aquellos tiempos el tráfico no era muy denso todavía.

Ana Marie descendió del carruaje, pagó al cochero y lo despidió. Cerca de la Catedral había otra casa de postas, así que no tendría ningún problema para regresar.

Después, tras comprobar que no había nadie conocido cerca, se dirigió hacia un acceso lateral que la llevaría a las oficinas del arzobispado. Golpeó la puerta con el picaporte y al cabo de unos pocos minutos fue recibida por el propio Leonard.

—Ha llegado usted a la hora perfecta, hoy no hay mucho movimiento por aquí —dijo cerrando la puerta tras él.

Al pasar por la sacristía, Leonard cogió un candil de una de las repisas, lo encendió e hizo que la acompañara a través de las diferentes dependencias catedralicias acercándose al altar mayor. En todo el recorrido no se cruzaron con una sola alma y Ana Marie tuvo la sensación de que se encontraban completamente solos allí.

Un poco temerosa preguntó al diácono:

—¿Padre, no hay nadie aquí hoy?

—Puede tutearme Ana Marie, somos amigos ¿no?

—Creo que sí… Leonard —respondió ella entre emocionada y dubitativa.

—Confía en mí. No hay nadie, tienes razón —explicó entonces el diácono—. Hoy bendecían a la Virgen en el puerto y la han sacado a navegar. Es la patrona de la cofradía de marineros.

—¿Y nadie ha sospechado que no fueras con ellos?

—Ja, ja, ja, pues no —rio Leonard—. Ha sido fácil, les he dicho que me quedaría en mis dependencias porque no me encontraba bien. Además, alguien tiene que vigilar el edificio en su ausencia.

Al llegar enfrente del altar, ambos se persignaron antes de introducirse por uno de sus laterales. Descendieron por una angosta escalera que los llevó hasta un pasillo subterráneo que parecía haber sido excavado muchos siglos atrás. La mortecina luz del candil provocaba unas sombras difusas en el techo abovedado.

Leonard sintió como Ana Marie se pegaba más a él llegándole a coger por el brazo. Para tranquilizarla empezó a explicarle donde se encontraban:

—Estas son las catacumbas más antiguas del mundo. Fueron edificadas, antes del cristianismo, por una antigua civilización.

—¿Para qué se construyeron? ¿Cuál es su función?

—Aquí enterraban a sus muertos… Mira este grabado.

Ana Marie dirigió su mirada hacia una de las paredes y pudo contemplar una calavera grabada encima de una inscripción desconocida para ella, que no supo interpretar.

—¿Qué pone? —preguntó de nuevo.

—Aún lo estamos estudiando. Son símbolos druídicos de un lenguaje antiguo y desconocido. Seguramente, hace mención al muerto que está tapiado detrás de la losa.

En aquel mismo instante una improvisada ráfaga de viento recorrió el túnel en el que se encontraban apagando la luz del candil. Ana Marie soltó un grito y se aferró a Leonard que aprovechó para sonreír lobunamente en la oscuridad. “Ya eres mía”, pensó mientras dejaba la lámpara en el suelo.

Ella paralizada por el terror, al principio no se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, pero al notar como las manos de Leonard la empezaban a desvestir, empezó a sollozar:

—No, por favor, déjame…

Leonard estaba enardecido y lejos de atender a las súplicas de la joven, terminó forzándola contra su voluntad, apoyada en una de las antiguas losas. En la profunda oscuridad, Ana Marie lanzó un grito profundo y lastimero al notar el brutal ataque del diácono.

Al terminar, Leonard encendió el candil, de nuevo, y la obligó a vestirse.

—No le digas a nadie jamás lo que ha sucedido aquí. Primero, no te van a creer y segundo, no podrás casarte con tu prometido si se entera de esto. Has tratado de seducir a un siervo de Dios y eso es un pecado mortal.

—Tú me has forzado, canalla —dijo ella entre sollozos.

—Eres tú la que has venido aquí a buscarme para tentarme y yo he sucumbido a tus encantos, así que corramos un tupido velo. Te recuerdo que hace unos instantes te has arrojado en mis brazos…

Sin mediar ninguna palabra más, Leonard la acompañó a la salida sin despedirse siquiera de ella.

***

En el castillo de los Malton, un leve fulgor imperceptible, iluminó el interior del anillo de Berenice, en aquel preciso momento. La maldición había comenzado.

Al volver a encontrarse con la condesa, Berenice trató, en vano, de saber qué es lo que había ocurrido con Guadalupe, pero fue incapaz de preguntarle nada acerca de lo acontecido al observar el completo mutismo de la dama al respecto.

El campamento gitano desapareció el mismo día que acontecieron los hechos, tal y como la señora del castillo había ordenado, por lo que no se mencionó nada más sobre aquel fatal encuentro.

***

Capítulo III

Atardecía cuando Guadalupe empezó a interpretar la mano de la condesa. Estuvo bastante rato mirando fijamente las diferentes líneas y sus bifurcaciones. Solo una vez, de manera casi imperceptible, desvió la mirada hacia sus ojos. A la dama no le pasó desapercibido este detalle.

La adivina, bastante inquieta, empezó a murmurar:

—Sois una mujer muy poderosa que va a disfrutar de una larga existencia… las líneas indican que nunca os faltará el sustento y que moriréis, muy anciana, en vuestro propio lecho…

—¿Me has hecho perder todo este tiempo para decirme algo que puedo llegar a intuir por mí misma? ¿De verdad te crees que soy una ingenua campesina? ¿Sabes con quien estás tratando? —la interrumpió la condesa, enojada.

—Señora…, yo… —balbuceó Guadalupe.

—Si no me dices la verdad sobre lo que has visto, ordenaré a la guardia que te levanten la piel a latigazos, en las perreras del castillo —amenazó furiosa. Como reafirmando sus palabras, desde la ventana, pudo escucharse un aullido lejano de alguno de los perros de caza, propiedad del conde. El animal parecía inquieto.

Guadalupe cerró sus párpados un instante, el tiempo suficiente para que los fulgentes rayos, del atardecer, cambiasen por completo la coloración de la estancia. Todo se tiñó de rojo sangre. Al abrirlos de nuevo, la condesa tuvo la pavorosa sensación de que a la falsa gitana, se le habían encendido también. Sus ojos eran ígneos y diabólicos.

Los estigmas invertidos de sus manos también resplandecían malignos y notó como Guadalupe, transformada en algún ente sobrenatural, empezaba a apretarle fuertemente la mano hasta hacerle daño.

—¡¿Así que quieres saber la verdad, furcia?! ¡Yo te la voy a decir! ¡Negras nubes se ciernen sobre tu estirpe y sus almas! —dijo la adivina con una voz cavernosa y profunda.

Permanecía tan paralizada por la visión que hasta se olvidó del dolor al que estaba siendo sometida; por su brazo corría un hilo de sangre. Horrorizada, no podía apartar la vista de la boca completamente negra, de aquella transformación inesperada.

La adivina prosiguió con su profecía, que quedó grabada a fuego, en la mente alterada de la dama:

—¡Descubrirás el engaño en tu marido! ¡Tu hijo mayor fallecerá antes que tú! ¡Tu otro hijo sembrará el mal allí donde esté! Y tú…, tú serás una simple espectadora de toda esta desgracia que no podrás evitar. Una gran maldición ha llegado a vuestra familia y la culpable está entre vosotros… ¡Berenice!

Al escuchar el nombre de su futura nuera, la condesa despertó del letargo en el que se había sumido, mientras la bestia vomitaba sus negros presagios. Vio su brazo completamente empapado por su propia sangre y asqueada, trató de zafarse de aquella abominación.

—¡Mientes! ¡Todo es mentira! —gritó furiosa—. ¡Suéltame o tú sí que lo lamentarás por toda la eternidad!

Levantándose de improviso, puso su pie en el borde de la mesa y empujó con todas sus fuerzas, obligando a la adivina a soltarle el brazo. Guadalupe cayó de la silla, rodando por el suelo. La condesa, aturdida aún por los acontecimientos, aprovechó para avisar a su criada mediante una señal convenida. Esta permanecía en una habitación cercana y no tardó mucho en aparecer:

—Señora, ¿me ha mandado llamar?

La pobre mujer se quedó petrificada al contemplar la escena. Su señora estaba de pie, con el brazo lleno de sangre, mientras la adivina permanecía desconcertada, de rodillas en el suelo. Parecía como si hubiera despertado de un sueño y no recordara nada de lo sucedido. Los puños, de su blusa, también mostraban unas cruces sangrientas marcadas en ellos.

—¿Quiere que avise a la guardia, señora? —dijo la criada con un tono de alarma en la voz.

—No, solo quiero que la eches de aquí —respondió. Luego, mientras se limpiaba la herida en una jofaina, ordenó a Guadalupe:

—Tú y los gitanos que te amparan, abandonaréis esta noche los dominios del castillo. Si al amanecer me entero que aún estáis aquí, lo lamentaréis. No quiero volver a verte, nunca más, en toda mi vida.

Después, girando la cabeza, dio la sesión quiromántica por concluida. La criada ayudó a Guadalupe a levantarse del suelo y la acompañó hacia la escalera que descendía hasta las caballerizas. El carro que la había traído todavía continuaba allí.

Berenice observó extrañada, desde los ventanales del salón, como la adivina abandonaba las dependencias del castillo. Notó un ligero escalofrío recorriendo su espalda e intuyó que algo no había ido bien.

En un principio, pensó en dirigir sus pasos hacia los aposentos de la condesa, con la intención de preguntarle el motivo de la temprana partida de aquella mujer, pero su propia voz interior la hizo desistir. Ya tendría tiempo de averiguarlo.

A la hora de la cena, en la mesa familiar, la condesa no apareció. Envió a su criada para excusarla: estaba indispuesta y no se encontraba muy bien, así que cenaría en sus aposentos. El resto de la familia no se extrañó. Aquello había sucedido alguna vez, con anterioridad y se dispusieron a disfrutar de la velada sin dar mayor importancia al asunto. Berenice, en cambio, sí que empezó a ponerse nerviosa, aunque tuvo que disimular su inquietud ante los demás. Aquella noche su reiterativo sueño le pareció más real que nunca.

***

Transcurrió el tiempo y llegó el momento de anunciar el enlace entre Marius y Berenice. Se fijó la boda para la primavera y la feliz noticia se anunció en los ecos de sociedad de la época. No todos los días se casaba un miembro, de uno de los linajes más antiguos del país, así que se levantó una gran expectación llegando hasta los oídos del propio Leonard.

El ya nombrado diácono, había dedicado todo aquel tiempo hasta entonces, a colaborar en los trabajos de construcción de la Catedral y en el aprendizaje de los oficios religiosos. Tras varios años ejecutándose la magna obra, el edificio estaba casi terminado. Leonard cargaba arena, agua o cualquier otro material que los obreros pudieran necesitar. Esto le ayudaba a mantenerse distraído y a fortalecer su joven cuerpo a la vez.

Alguien empezó a tener cierto interés en él, cuando iba a visitar la Catedral. Ana Marie Johansson, la joven prometida de Louis Clermont, solía ir a las misas dominicales acompañada por James, el mayordomo. Su prometido no era tan devoto como ella y solo asistía en aquellas ocasiones en que la liturgia social lo requería.

Solía fijarse en aquel joven, que oficiaba la misa junto al párroco, más por curiosidad que por deseo. Indagando un poco, había llegado a averiguar que pertenecía al linaje de los Malton. Eso le hacía observar en él, cierto aire de nobleza acompañando su atractivo porte.

***

Capítulo II

Aquella noche, solo durmieron a pierna suelta, el conde Malton y los invitados que habían pernoctado en el castillo. Los buenos vinos de la cena, provenientes de las impresionantes bodegas familiares, se encargaron de ello.

En cambio, el resto de la familia Malton, no descansó en absoluto. Sus desvelos tenían un origen en común, a Berenice. Marius, inquieto por vivir su primer amor. Leonard, celoso y muerto de envidia, por la suerte que había tenido su hermano al conocerla y compadeciéndose así mismo por su aciago destino. La condesa tampoco durmió bien. Una sombra de inquietud asomaba en su corazón y no podía intuir el motivo que la originaba.

A partir de aquel momento, Berenice y Marius empezaron a relacionarse, cada vez con más frecuencia. Salían de caza por los bosques que circundaban el castillo, asistían a los bailes que organizaba la familia, preparaban salidas campestres para disfrutar del buen tiempo…

Leonard, en cambio, tomó la decisión de abandonar el castillo porque no soportaba observar tanta felicidad a su alrededor. Consideraba que le habían arrebatado algo que le correspondía; su propia maldad le impedía ver más allá. La condesa, que había notado el huraño comportamiento de su hijo, decidió apoyarle ante el conde.

Influyó para que le dejara partir hacia la Catedral, situada en la ciudad, con la firme intención de que terminara su formación canónica.

El conde movió los hilos entre sus conocidos, de las altas esferas eclesiásticas y logró incorporarlo como becario en el archivo catedralicio. A media tarde, Leonard se marchó, sin despedirse de su hermano ni de Berenice. Besó la cara cargada de lágrimas de su madre, abrazó a su padre y se dirigió hacia a las cuadras acompañado de un pequeño equipaje.

Ensilló su caballo y salió al galope desapareciendo, en sentido inverso, por el camino flanqueado de cipreses que daba acceso al castillo.

***

«Es la mejor decisión que podíamos tomar. Allí se centrará en su carrera y dejará de sufrir», pensó la condesa.

Al finalizar el verano, con los primeros vientos del otoño, Berenice se instaló a vivir formalmente en el castillo bajo la protección de los condes de Malton. La condesa empezó a instruirla para moverse en sociedad y en todo lo relacionado con lo que iba a ser su noble futuro. Se hicieron llamar a las mejores modistas, se le asignó una dama de compañía y también recibió formación protocolaria, por parte del maestro de ceremonias. Cuando su amada estaba dedicada a la instrucción, Marius aprovechaba el tiempo practicando, junto al conde, las nobles artes de la cetrería, la caza y la esgrima.

Todo transcurría en una perfecta armonía hasta que un frio día de invierno, llegó la noticia al castillo, que una caravana de cíngaros se había instalado en la aldea. Se rumoreaba que les acompañaba una mujer capaz de leer la buenaventura y, tanto la condesa, como la propia Berenice, no pudieron resistir la tentación de conocerla.

La condesa hizo unas discretas gestiones, enviando a una de sus criadas, a buscar a la adivina.

En aquella época no estaba prohibido consultar a magos y adivinos, es más, solía hacerse con relativa frecuencia. En la ciudad, se podían encontrar multitud de sociedades secretas que abarcaban las diferentes ramas adivinatorias. En algunas, trataban incluso de estudiarlas a fondo para confirmar las hipotéticas bases científicas que pudiesen contener. La opinión de la Iglesia Católica era totalmente contraria y por eso, se exigía cierta discreción.

A media tarde, la adivina, camuflada en el interior de un carruaje cerrado, accedió al patio del castillo y una vez allí, fue directamente acompañada a los aposentos de la condesa. Berenice también estaba en la habitación.

La mujer era alta, de piel morena. Bajo un pañuelo que llevaba atado a la cabeza, se ocultaba un abundante pelo rizado y negro como el azabache. Las orejas cargadas con unos enormes pendientes, y vestida con una ropa de llamativos colores. Su mirada oscilaba entre la curiosidad por el lugar donde se encontraba, la astucia y la codicia por todo lo que le había prometido la criada de la condesa.

Ambas damas permanecían sentadas alrededor de una mesa, que la condesa había hecho preparar para la ocasión:

—¿Cómo te llamas? —preguntó la condesa.

—Guadalupe, señora.

—Nunca había escuchado ese nombre. ¿De dónde eres?

—De México, señora. Al otro lado del océano…

—Sé perfectamente donde está México. Nos han informado que sabes leer la buenaventura.

—Sí señora, me enseñó mi abuela desde pequeña. Ella también podía ver en las oscuras y profundas aguas del futuro, con perfecta claridad.

—Antes de que nos enseñes tus habilidades, contéstame a una última pregunta. ¿Por qué te haces pasar por gitana, cuando en realidad no lo eres, Guadalupe? —preguntó la condesa con un tono de pretendida inocencia, pero remarcando el nombre de la mujer al pronunciarlo.

—Es una historia muy larga y no quisiera aburrirlas con el relato de mi existencia. Solo le diré, para su tranquilidad, que nunca hice mal a nadie en toda mi vida —dijo zanjando el asunto. Parecía altiva y desafiante.

Berenice, que no había abierto la boca en ningún momento, preguntó entonces:

—¿Cómo lee el porvenir?

—A través de las manos, mi joven señora —dijo la gitana fijando sus ojos en el anillo de Berenice.

Si alguien hubiese observado la mano de la joven, en aquel preciso instante, hubiera podido jurar que el anillo había destellado ligeramente durante una fracción de segundo.

—Empecemos de una vez —dijo la condesa interrumpiendo la conversación.

—La joven señora tiene que salir, condesa. La información que voy a suministrarle es de carácter privado y solo debe conocerla usted. Si después quiere compartirla es cosa suya.

Parecía inquieta por la presencia de la joven, así que la condesa, dirigiéndose a Berenice, dijo:

—Querida, espérame en el salón. El fuego está encendido y podrás leer tranquilamente allí. Cuando hayamos terminado, tendrás tu turno con Guadalupe.

Berenice se puso en pie, tomó su abrigo y abandonó la estancia obedeciendo, sin rechistar, a la que iba a ser su futura suegra. Ya, a solas, Guadalupe tomó asiento frente a la condesa y esta le ofreció la mano, extendiéndola sobre la mesa. La falsa gitana la cogió entre las suyas y empezó a inspeccionar las líneas quirománticas con mirada experta.

A su vez, la condesa pudo observar, en ambas muñecas de la adivina, unas cruces estigmatizadas. Guadalupe notó el interés por sus cicatrices pero no dijo nada al respecto.

****

 

Capítulo I

«Berenice tenía el mismo sueño recurrente desde que de pequeña, encontró el anillo en la playa. Se veía sola, encerrada en un palacio de cristal del que nunca podía salir. Como una mariposa encerrada en un candil chocando indefectible contra las paredes una y otra vez.

En el sueño corría descalza, buscando una salida desesperada. Solo una sábana cubría su cuerpo, flotando alrededor de ella. Cuando llegaba a una de las paredes, podía ver un niño pequeño a través del cristal, que la miraba tiernamente pidiéndole un abrazo, pero ella no podía parar. Giraba y seguía corriendo hacia la siguiente pared, recorriendo un largo pasillo. Siempre metida en el mismo bucle».

Aquella mañana, se despertó con una sensación rara. Descubrió unas manchas de sangre en las sábanas. Su madre le comunicó que se había convertido en mujer. También, la miró muy seria y le dijo que a partir de ese momento, podía quedarse embarazada si dejaba que algún hombre se le acercara demasiado. Joven e ingenua decidió que a ella no le pasaría eso jamás. No podía dejar de recordar al niño de su sueño.

Al cabo de unos años…

Berenice se hizo famosa en las aldeas, de los contornos, por su belleza. Rubia, con el pelo largo y unos inolvidables ojos azules que hipnotizaban a todos aquellos que se cruzaban en su camino. Nadie era capaz de negarle nada y todos los aldeanos soñaban con poder desposarse con ella. Aunque su existencia, no iba a ser la de acabar siendo la esposa de cualquier aldeano. El destino le deparaba una serie de sorpresas, que quizás si las hubiera conocido en aquel momento, hubiese preferido pasar su vida cuidando de un marido labriego.

La fama de su belleza llegó pronto a los oídos del poderoso conde de Malton, dueño y poseedor de todas las tierras circundantes, que no tardó mucho en invitarla a uno de los habituales bailes que solían celebrar en el castillo.

Era un señor amable y generoso. Estaba casado y  era padre de dos hijos ya en edad casadera, Marius y Leonard. El primero, estaba predestinado a ser el heredero de las tierras. El segundo, iba a ofrecer su existencia al servicio de la Iglesia, tal y como mandaba la tradición familiar. El conde tenía la esperanza de poder casar a Marius con una bella damisela de la nobleza, pero hasta el momento ninguna mujer había hecho mella en el espíritu del primogénito. De ahí, la celebración de continuos bailes y festejos.

Una tarde de invierno, con los invitados reunidos en el impresionante salón de baile, del castillo, hizo su entrada Berenice. Llevaba puesto un sencillo vestido que había encontrado en un arcón, propiedad de su abuela. Entre ella y su madre lo habían arreglado, adecuándolo para la ocasión.

Los murmullos no tardaron en recorrer el inmenso salón y todas las miradas se posaron en aquella bella criatura. El anillo, con la piedra roja engastada brillando en su mano, le daba un aire misterioso y elegante. Sumado a su belleza y a la sencillez del vestido, parecía un ser casi irreal. De otro mundo.

Marius quedó impactado con la belleza de aquella desconocida y no tardó en rondarla para invitarla al primer baile de la jornada festiva. El conde satisfecho por el interés mostrado por su hijo, comentó con su esposa:

—Parece que, por fin, Marius ha sido tocado por las flechas de Cupido, querida mía.

—Tu hijo mayor es merecedor de tu confianza. Solo era cuestión de tiempo que se enamorara de alguna bella mujer. Y juro por Dios que no ha podido elegir mejor partido. ¿Quién es ella, querido?

—Es una aldeana de nuestras tierras, no es noble pero su familia siempre ha destacado por su honradez y laboriosidad. Creo que con una educación adecuada, de la que estoy seguro que podrías encargarte tú personalmente, llegaría a ser una buena consorte para nuestro preciado hijo.

—No avancemos acontecimientos querido y disfrutemos de la velada con nuestros invitados.

Marius bailaba con Berenice, en aquel momento, con el beneplácito de todos los presentes. Bueno, de casi todos, ya que Leonard observaba la escena desde uno de los balcones superiores maldiciendo la suerte de su hermano y la suya propia.

Transcurrió toda la jornada y Berenice no se separó ni un solo momento de Marius. A ella también le había impresionado gratamente el caballero alto y fornido, vestido elegantemente y la deferencia con la que la había tratado desde el primer instante que se vieron. A ambos les brillaban los ojos, con la inequívoca señal del enamoramiento a primera vista.

Tras el baile, la fiesta continuó con una cena de gala en la que el conde hizo traer los mejores vinos y los más exquisitos manjares. Berenice y Marius se sentaron uno frente al otro, dando la sensación de que se habían conocido desde siempre.

Al lado de Marius, Leonard no perdía a ambos de vista. Su hermano le presentó a Berenice como su futura reina y ella no había podido más que sonrojarse y reír nerviosa ante el comentario.

Leonard se había inclinado respetuosamente, con un brillo maligno en sus ojos, solo dulcificados levemente cuando se posaron en los de ella. Berenice notó un intenso frío, recorriéndole la espalda, al mirarle. Después, cada uno ocupó su lugar en la inmensa mesa y empezó el festín.

La cena acabó a altas horas de la madrugada, con casi la mitad de los presentes, durmiendo en los inmensos divanes repartidos por todas las estancias. Berenice, en cambio, prefirió irse a su casa pensando en la inquietud de sus padres y Marius se ofreció gentil a acompañarla.

Ambos partieron en una calesa, mientras Leonard, oculto en una de las troneras del castillo, vio cómo se alejaban. «Berenice será mía o de nadie, lo juro por la tumba de mis gloriosos ancestros» se prometió a sí mismo.

Marius, orgulloso y protector al lado de Berenice, fue guiando la calesa hacia la aldea. Un candil les iluminaba el oscuro camino y una inmensa luna llena hacia el resto. Tras una media hora, llegaron sin ningún contratiempo.

Marius paró en el portal de su casa, cogió el candil y mirándola fijamente dijo:

—Juro por Dios que algún día serás mi esposa. Mientras tanto, te suplico que me permitas cortejarte.

—Solo hace un día que nos hemos visto y parece que nos conozcamos desde niños. Acepto, pero debes prometerme ser siempre gentil conmigo, tal y como lo has sido esta noche

—Te lo prometo Berenice —dijo Marius solemne.

—Es tarde y no quiero preocupar a mi familia. Agradezco que me hayas acompañado hasta aquí y deseo que no sufras ningún contratiempo en tu regreso.

—Adiós Berenice, nos veremos muy pronto.

Tras estas palabras, Marius cogió el candil de nuevo y esperó a que se cerrara la puerta. Antes de introducir la calesa hacia la noche, respiró profundamente. Era la primera vez que se enamoraba en su vida y eso le desconcertaba

Cerca del amanecer, regresó al castillo penetrando por el portalón principal custodiado por los guardias, que lo dejaron pasar de inmediato al reconocerlo. Leonard, aún despierto, también lo vio regresar.

****

 

Prólogo del autor

“El sueño de Berenice” es la continuación de  “Divorcio Diferido”. Esta segunda parte, hay que entenderla como un regreso al pasado de algunos de los personajes del primer libro. Si el relato provoca el mismo interés que causó el primero, proseguiré con una tercera parte en la que desvelaremos más incógnitas sobre esta extraña historia.

En este pasado remoto, haré mención a algunos personajes anteriores y daré a conocer otros nuevos, todo ello envuelto en ese halo misterioso con el que me gusta adornar mis relatos con un poco de suspense e intriga. También, miedo…

Quien quiera conocer la primera parte de esta historia (Divorcio Diferido) podéis acceder al link para adquirirla en Amazon al mínimo precio permitido, tanto en ebook como en papel:

DIVORCIO DIFERIDO 

Quiero mostrar mi agradecimiento a todos los que me animáis a escribir, me ayudáis a desarrollar mi carrera y sobre todo a los que leéis lo que escribo, gastando vuestro tiempo con mis relatos. ¡Gracias por leerme!

Daniel Canals Flores

BLOG DE DANIEL CANALS FLORES

 

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