El ruido del altavoz nos despierta indicándonos que otro día ha comenzado; de pronto aquella ominosa verdad se hace tangible cuando el alcaide vocifera una y otra vez que nos pongamos de pie. A continuación los acólitos que le siguen penetran atropelladamente en nuestro dormitorio con la intención de retirar las frazadas que todavía cubren los cuerpos de aquellos que permanecen acostados. Ciertamente la  amenaza de recibir un latigazo consigue despabilar por completo a esa pequeña fracción de reticentes que se han negado a abandonar sus camas.

Azules

Mientras tanto, los que obedecieron la orden abandonan el dormitorio para encaminarse hacia el recinto de las duchas, y de esta manera mis compañeros y yo comenzamos a recorrer el largo pasadizo que comunica ambos recintos. Y como para agobiarnos más, se nos ordena guardar silencio mientras dure el trayecto, no es necesario que la orden se repita pues si alguien se atreviese a quebrantarla sería enviado algunos días a uno de los tantos cepos que tiene esta prisión, por tanto a nadie extraña que la evocación de esta posibilidad disminuya las ganas de charlar que puedan existir  entre nosotros. En vez de eso preferimos imaginar lo que ocurrirá después que salgamos del recinto dedicado a la higiene. Quince minutos después levanto mi mirada para encontrarme con un minúsculo destello carmesí que nos indica que las duchas se encuentran desocupadas, entonces las puertas se abren y la luz deja de emitir su parpadeo hipnótico, mientras un grupo de ancianos, como nosotros ,emergen del interior ostentando sobre sus cuerpos el ominoso sambenito azul que señala su condición de sociópatas. Ellos han efectuado la primera ablución del día, y se disponen a encaminarse al refectorio; sin mayor expectativa contemplo su monótono transitar que es dirigido por la imperiosa voz del acolito que los conduce. Envueltos en un silencio, ciertamente macabro, nuestros predecesores desaparecen, eclipsados por el recodo que empalma este pasadizo con el siguiente.

Ahora la voz del alcaide nos conmina a despojarnos de los piyamas que vestimos, y la orden nos parece tan perentoria que nadie se atreve a desoírla, en un santiamén nos encontramos tan desnudos como recién nacidos, y nuestra indumentaria yace en el suelo formando un montón irregular cuyo centro es un individuo apergaminado por la desnutrición y la edad.

Como suele ocurrir, la visión de la magra anatomía de mis colegas suscita una oleada de burlas entre los acólitos que forman parte del sequito del alcaide; a pesar de la crueldad de sus risas no siento el más mínimo rencor hacia aquellos jovenzuelos cuya educación ha sido orientada a establecer un profundo abismo entre su condición y la nuestra, como lo demuestra toda esa parafernalia intimidatoria que llevan encima. Inesperadamente sus insultos se acallan contenidos por la autoritaria voz del alcaide, basta un solo gesto de la autoridad para al siguiente paso del ritual que nos ocupa.

Ahora se nos ordena franquear el umbral de recinto donde están las duchas, dócilmente nuestro grupo obedece y se distribuye según su antojo entre los límites de aquellas paredes enlosadas. Luego, las puertas se cierran y nos quedamos a solas, aunque sabemos que seguimos a disposición de lo que se le ocurra a la mente del omnímodo alcaide de esta prisión .

De pronto, una hilera de mangueras monstruosas, semejantes a gusanos, emergen de una serie de orificios excavados en las paredes del recinto, y el terror que inspiran aquellas cosas se hace patente pues se agitan de arriba hacia abajo como si estuvieran dotadas de vida. En eso, la fila de mangueras se endereza bruscamente, apuntando contra la masa desnuda que somos, mientras chorros de agua gélida nos arremeten con la fiereza de un geiser desencadenado.

La embestida inicial consigue derribar a quienes se encontraban más cerca del alcance de las mangueras, una segunda andanada vence la resistencia de los que habían conseguido mantenerse en pie, y así las andanadas continuaron hasta que una pálida alfombra de cuerpos vetustos se extendió sobre el aséptico suelo del recinto, semejando ser las víctimas de una batalla demasiado cruenta. Solo en ese instante, las mangueras que nos acosaban detuvieron su chubasco ocultándose detrás de las paredes. Y aunque el primer suplicio del día ha pasado, las puertas de este lugar continúan cerradas ¿Acaso el alcaide ha introducido una variante dentro de su esquema de tortura?, de hecho la experiencia sobre estas cosas me lleva a suponer que así debe ser, pues de otra forma ya nos encontraríamos camino al refectorio. Ahora que las cosas se han calmado, la mayoría de mis camaradas ha podido incorporarse y me atrevo a conjeturar sobre lo que nos espera más tarde.

De repente, un violento remezón sacude el recinto, y todo se pone a temblar; la mayoría de mis camaradas vocifera aterrada ante la posibilidad de quedar atrapado en este lugar demasiado pequeño, mientras algunos empiezan a farfullar alguna olvidada plegaria aprendida durante su lejana infancia.

Entonces, el suelo que pisamos se abrió convirtiéndose en una especie de pozo sin fondo, y algo parecido a un cubo emergió de aquella oquedad ante nuestro asombro. A continuación la sección frontal del mismo empezó a abrirse, descubriéndonos su funesto contenido. Instintivamente nos damos la vuelta como si quisiéramos pasar por el alto el momento que se avecina, pero la alternativa resulta ilusoria: el espacio es demasiado corto para encontrar un refugio seguro contra la furiosa acometida de los acólitos que han surgido, en tropel, del cubo con las armas en ristre y dispuestos a asesinar a cuantos pudieran .Los acólitos abren fuego en un alarde del poder que tienen sobre gente como nosotros, y la descarga se cobra varias víctimas, cuyos cuerpos empiezan a volatilizarse por efecto de la radiación que emana ahora emana del suelo.

Los que sobrevivimos, recibimos la orden de ingresar al cubo, y vestir el infamante uniforme azul que indica nuestra condición de sociópatas. Cuando no queda ningún recluso desnudo, los acólitos se acogen al amparo del extraño vehículo que los transporta, el cual vuelve a recuperar su condición hermética, recordándonos por enésima vez que vivimos encerrados. Y el cubo se hunde en el subsuelo, produciéndonos la increíble sensación de estar cayendo a través de un abismo sin fin; mientras dura el viaje, una micropantalla se desprende de una de las paredes del cubo anunciándonos que pronto recibiremos un mensaje del alcaide, luego de unos instantes la pantalla nos muestra la ceñuda fisonomía de aquel hombre, de mirada torva que parece meditar el efecto que tendrán sus palabras sobre la treintena de hombres que han logrado sobrevivir a la matanza que dispuso.

Tal como lo suponía, el alcaide nos revela algo que no produjo ninguna muestra de alivio entre nosotros: ocurre que no están llevando fuera de la prisión en la que hemos permanecido desde que perdimos la autoridad que ejercíamos sobre este país, o para decirlo más explícitamente:

Nuestro destino es el corazón de la ciudad que gobernamos antaño. A mi entender, esta variación de la rutina constituye un signo más de la crueldad de aquel hombre que ahora frunce el ojo sobre el cual lleva ese monóculo, que parece servirle para escudriñarnos como si fuésemos alguna especie de microbio. Al rato, la micropantalla se ha replegado, y la travesía continúa sin más interrupciones. El cubo vuelve a emerger del subsuelo, mientras sus puertas se abren de par en par. Ahora los acólitos que nos custodian nos ordenan que descendamos. De manera obediente, mis colegas y yo ponemos pie entierra y nos encontramos con un paisaje desacostumbrado para quienes han vivido años en confinamiento. Nos encontramos sobre una avenida cubierta de malezas que le otorgan un aspecto agreste, hacia los flancos de la vía se divisa una mole de edificios dañados por obra de la guerra civil, y que sirve de albergue a las tribus de apátridas que le dieron la espalda a eso que solíamos llamar identidad. Más lejos, se perfila la enmarañada alambrada que rodea la plaza donde se hallan los antiguos edificios gubernamentales.

La avenida donde estamos carece de faroles, y solo la luz de la luna se encarga de iluminar el lugar confiriéndole un aspecto de sordidez espectral, que puede inspirar temor entre aquellos que lo observen por primera vez, como es nuestro caso; sin embargo, los moradores del lugar parecen estar acostumbrados a esa penumbra, y más bien se sienten poseídos por la maligna curiosidad de saber quiénes son los hombres que invadido sus dominios; como era de esperar un concierto de ladrido anuncia nuestro arribo, añadiendo más miedo al miedo que ya sentimos. Sin embargo, los acólitos no tuercen el rumbo de la obediente fila que conducen, y al parecer su intención es enfrentarnos con aquellos apátridas que antaño fueron nuestros súbditos, tal vez exista un acuerdo entre los que habitan estas ruinas y los que nos guían para darnos muerte. De golpe, siento que el valor vuelve a mí y doy un grito de alarma para despertar el embotado instinto de supervivencia en quienes me acompañan, pero veo que es demasiado tarde. Los apátridas ya nos reconocieron, y han soltado sus canes contra la desvalida hueste azul dela que soy parte. La cacería ha comenzado, engendrando una andanada de gritos y lamentos que desgarraría los oídos de un ser piadoso, pero no creo que haya nadie así entre la turba que azuza a sus perros contra nosotros.

A mí alrededor sigue desarrollándose el aperreamiento ante la expectativa de los apátridas que se entretienen apostando en cuanto tiempo la mandíbula de un can puede destrozar con un hombre azul. Y así, todos mis compañeros perecen destrozados por la poderosa dentadura de aquellas dentaduras sin intentar siquiera defenderse, casi como si estuvieran esperando el momento de entregar lo poco de vida que les quedaba en el cuerpo .Ahora un circulo de cancerberos me rodean ansiosas de probar mi carne vestida con este malogrado ropaje azul, al cabo de unos segundos ya no será necesario correr, ni hacer nada para preservar mi vida ; sin embargo es cierto que algo extraño está ocurriendo con mi cuerpo, y no tiene nada que ver con el dolor de las mordidas de esos animales horribles; de repente me siento más torpe de lo que soy, y termino desplomándome sobre el suelo, mientras el mundo se torna oscuro y despoblado de bestias amenazantes .Cuando vuelvo en sí, me doy cuenta que me encuentro vivo, y que esto sentado ante la prolija mesa que adorna el refectorio. Lo extraño del caso es que soy el único presente en el aposento, y que no tengo frente a mí la exigua ración de alimento que me corresponde, sino un ordenador portátil que parece invitarme a expresarme después de tantos años de silencio. La oportunidad es demasiado tentadora para dejarla pasar, y me animo asentarme para elaborar un esbozo de lo que fueron los primeros años de mi confinamiento .Cierro los ojos para imaginar aquel momento pretérito, en el que todo parecía menos ominoso para la gente como yo; pero la tarea es laboriosa, y a menudo me exige detenerme para encontrar un adjetivo que consiga rememorar la patética locura que me poseyó entonces. Paulatinamente la pantalla empieza a recoger, con docilidad, las palabras que voy pronunciando, dándole forma escrita a mis recuerdos en voz alta. De repente, el alcaide aparece en el refectorio, y se dirige hacia mí para ordenarme que le ceda el lugar que ocupaba mientras dictaba mis recuerdos al ordenador. No hago más que obedecer, y ahora el alcaide se encuentra sentado ante la pantalla, ocupado en leer lo que he dictado.

              “FECHADO EN EL AÑO XXII DE LA ERA DEL CAUDILLO”

 “Y aconteció que después de un año después de la caída de la Republica, el Caudillo de los Acólitos dispuso que los miembros de mi gabinete y yo fuéramos encerrados en el mismo Palacio desde el cual gobernábamos esta nación, cuando todavía este concepto era comprendido por la mayoría de los aquí presentes”.

“Ahora el palacio parece un manicomio, o una sucursal del limbo donde el tiempo transcurre atravesándote con la dureza de un cuchillo bien afilado”

“He tropezado con uno de los reclusos más singulares que deambulan por este lugar; se trata de un hombrecillo achinado, y entrado en años que me mira fijamente como si deseara destruirme, y tal vez sea así pues ha decidido avanzar sin considerar mi presencia. Con suma precaución, me hago a un lado para que el oriental pase, este lo hace e irrumpe dentro del presidio, perdiéndose entre la penumbra del pasadizo con la intención de agredir a quienes se atrevan a cuestionar las bondades de su gestión ministerial.”

 “Mientras tanto, continuo mi camino hacia el exterior, y me detengo a la vera de uno de los jardines que todavía rodean al palacio , pues acabo de reconocer a una pareja de prominentes ex ministros, sentada sobre el crecido césped del jardín, dedicados a disputar una demencial partida de ajedrez, en la que las reglas del juego han sido suprimidas pues ahora las piezas son arrojados, cual dardos, de un extremo al otro del tablero, con el evidente propósito de tocar el cuerpo del oponente.” “Y así aquellos orates blanden cualquier trebejo para arrojarlo contra su rival, imaginando que aquella pieza contenía alguna clase de fuerza aniquiladora capaz de disminuir la resistencia del otro. De esta manera, cada golpe acertado se constituye en una espantosa afrenta para el que lo recibe.”

“Cuando la partida concluye, pues todas las piezas han sido arrojadas, ambos contendientes prorrumpen en carcajadas espoleadas por la extraña emoción que los embaraza. Luego, la contienda se reanuda, con los colores cambiados, hasta que la llegada del ocaso impide la reiteración de aquella partida absurda”

“Después de pasar revista a todo esto se me ocurre que la autodestrucción es la única manera de evitar que ellos consigan anularnos. Con ese propósito me acerco a la ominosa alambrada que rodea todo el perímetro del palacio. La visión de aquella alambrada me ha despertado el incipiente deseo de trepar esas alambradas para acabar con el absurdo que ahora es mi vida; pero no me atrevo a dar ese paso tan radical. Me he habituado demasiado a la vida para atreverme a inmolarme.”

El alcaide ha terminado la lectura visiblemente molesto, resulta evidente para el no soy más que un estorbo al que su lógica le aconseja eliminar de una vez por todas después de tantos años. Sin mediar palabra, arroja la silla al suelo y se vuelve hacia con la pistola desenfundada; de inmediato extiende su brazo, y aprieta el gatillo. Y el ruido de aquel disparo se convierte en la última percepción consciente en mi vida de convicto.

FIN

Rubén Mesías Cornejo

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