El Exterminador por María Larralde

Este relato está dedicado a Rubén Mesías Cornejo,

amigo que siempre me ha prestado su hombro en mis malos momentos.

El Exterminador, fue creado a iniciativa de Rubén que siempre anda planteándome nuevos retos cuyos resultados son del todo inciertos.

(Contenido adulto)

EL EXTERMINADOR

 “El Rey de las Ratas”

María Larralde

 

I

El ruido detrás de las paredes y bajo el suelo que la segunda noche escuché en aquella casa de campo, apartada del mundo, comenzaba a crisparme los nervios. No había, en kilómetros a la redonda, otra casa de campo. Así, sin vecinos, decidí vivir durante aquella temporada de mi vida.

Estaba en plena crisis existencial y creativa. Después de tantos éxitos en mi inesperada carrera como escritora de Best Sellers eróticos, comencé a quedarme sin ideas. Mi editor lo comprendía, o eso decía. Él fue quien me aconsejó el lugar. Una casa de campo cercana al espléndido lago Morgan. Bosques con espesura infranqueable, temperaturas cálidas, lluvias suaves al atardecer que empapaban el suelo dejando un olor a monte y vida. Era justo lo que necesitaba: no pensar en nada

La primera noche dormí espléndidamente. Había un rumor en el bosque, tranquilizador, y con las ventanas abiertas se respiraba el dulce y fresco olor de la montaña. Después de meses de compromisos sociales, de firmas de libro, de proposiciones millonarias para adaptar mis novelas al cine, de entrevistas y cenas de gala, no quería contactar con ningún humano, al menos, durante unos meses. Que poco erótico es todo esto.

Necesitando este aislamiento del mundo, consiguiendo esta separación de mis congéneres, creí encontrar el lugar perfecto para lograr la inspiración, la ilusión, la pasión y las fantasías suficientes para retomar mi carrera.  Así fue.

El segundo día lo pasé caminando por el lago, me perdí en las orillas intentando rodearlo en mi paseo. Al atardecer no había conseguido dar la vuelta entera, pero no me importó. Tenía tiempo y podía no llegar a la casa si no quería. Fue, meditando sobre esta libertad, cuando entre los matorrales, al fondo de una zona rocosa del lago, vi, a contraluz, a un hombre desnudo tumbado.

Me senté detrás de los arbustos y miré. Era un hombre de mediana edad. Era extraño que hubiera alguien por aquel lugar a esas horas pues se acercaba el anochecer y, excepto alguna casa aislada, aquel lugar era casi inaccesible.

Así, sentada y oculta, le observé.

Estaba inmóvil, como dormido, pero respiraba levemente. Suaves movimientos de subida y bajada de su pecho y abdomen parecían dotarlo de un ritmo sensual. Era un hombre fuerte, fornido, de hombros anchos, de mentón robusto y nariz romana perfecta. Su pelo era negro y corto y su mentón aparecía perfilado con una perilla cuidadosamente recortada. El perfil de su figura era fantástico, tanto, que me quedé embobada ante aquella perfección.

Me fijé en su miembro viril. No pude evitarlo. No estaba erecto del todo pero mostraba un volumen que me produjo una leve salivación. Y sin darme cuenta estaba pensando en acercarme, levantar mi falda, ladear mi tanga y fluir sobre él hasta que mis líquidos cálidos y sabrosos se deslizaran por su pene y por sus ingles.

Pero entonces aquel hombre se movió, pareció despertar repentinamente. Yo estaba a una distancia segura y sabía que no me había visto, que no podía escuchar mi respiración o movimientos. Así que le observé tranquila.

Aquel hombre miró a su alrededor, despacio. Un brazo apoyado en la roca y su otra mano, grande y fuerte, comenzó a acariciar su verga. Primero con los dedos sobre los que escupió para mojarlos en saliva; después, con toda la mano rodeando su miembro que, aun así, sobresalía por encima del puño con un glande dilatado e hinchado de excitación. Su cabeza inclinada hacia atrás mostraba un cuello fuerte y ancho. Era como un sueño. Lo que yo contaba en mis relatos y novelas estaba ocurriéndome. Era una fantasía hecha realidad. Aquel semidiós estaba tan rico que cualquier mujer habría pagado por ver lo que yo estaba viendo.

Sus movimientos eran acompasados, su cara se crispaba levemente, frunciendo el ceño de placer. Y yo allí escondida como una niña estúpida, sin atreverme a aparecer ante él. Comencé a masturbarme entre aquellos matorrales. Mirándole hacer. Empecé a jadear, a mojarme, chorreando hasta parecer que me orinaba encima. Y de repente, aquel hombre paró y se puso en pie mirando hacia mí.

Era grande, muy grande. Todo era grande en él. Y me asusté un poco. Volví a la realidad. Pensé: “¡pero qué haces, estúpida!”, y haciendo el menor ruido posible, me adentré en el espeso bosque para alejarme, corrí hasta llegar a la hermosa casona de campo.

Al llegar, pensé sobre lo ocurrido pero me sentí segura. Cerré puertas y ventanas, me di una ducha, me hice una buena cena bañada en vino y me metí en la cama.

Pero entonces comenzaron los ruidos. Los ruidos en paredes y suelo. No podía describir qué eran. Parecían ratas. Me asusté un poco, pero inicialmente pensé que sería normal que en el campo hubiera animalitos inofensivos aunque molestos.

No pegué ojo en toda la noche y acabé por levantarme y salir al porche. Allí, bajo la luna, no se escuchaban mas que unos grillos cantores. El frescor del aire recorrió mi cuerpo, me senté en las escaleras de madera. Abrí la fina bata de seda blanca y dejé que el aire recorriera mi cuerpo. Recordé a aquel hombre del lago. Y, ahora sí, en aquella inmensa intimidad, dejé caer saliva desde mi pecho hasta mi sexo. La imagen en mi cabeza era la de aquel hombre desnudo masturbándose a placer en el lago. Entonces, con mis dedos, comencé a acariciarme lentamente. Cerré los ojos del placer y mientras aumentaba el ritmo abría más las piernas como para recibirle a él. Me metía los dedos para fingir su penetración y apretaba mis pezones como si me mordiera, creyendo que estaba sola. De repente, percibí un olor. Me asusté mucho, pues parecía un perfume masculino. Abrí los ojos y miré alrededor, entonces pude ver, entre las sombras del bosque, una figura grande a cuatro patas cuyos ojos brillantes se clavaron en los mios.

Me levanté y corrí adentro. Cerré todos los pestillos y llamé a la policía.

Estuvieron un rato preguntándome sobre lo sucedido. Me explicaron que por allí rondaban animales como lobos, zorros y jabalíes. Por lo que les conté, que no fue todo, pensaban que era alguno de estos animales en busca de comida.

Les repetí que olía a perfume masculino, pero descartaron que hubiera nadie por los alrededores. Aquella zona era tranquila. Nunca pasaba nada. Les conté lo de los ruidos en las paredes y me dijeron que llamara a un exterminador. Las casas podían ser ocupadas por roedores del campo que buscaban lugares cálidos y secos para anidar.

—Estas casas pasan muchos meses vacías, Señorita, y las ratas se meten en ellas. Seguramente es eso. Tome este número. Es un exterminador de ratas conocido.

Ambos se miraron sonrientes. Como con complicidad masculina, de esa tan irritante para nosotras. Y, acto seguido, se marcharon invitándome a no salir sola de noche.

Me sentí mal por aquel trato, pero pensé que eran unos pueblerinos de mierda y que no valía la pena enfadarse por ello. Me senté en el sillón relax y medité todo lo que me estaba pasando. Quizá no estaba tan mal, quizá podía escribir una historia semejante a la que me había ocurrido ese día.

Así amaneció, y enseguida llamé al que debía eliminar a las ratas.

El exterminador tenía por nombre Vasily. Su voz era muy masculina, grave y profunda, cosa que me gustó. A las once de la mañana apareció montado en una furgoneta azul.

Era él. ¡Era el hombre del lago!

Yo no sabía dónde meterme. ¿Cómo era posible esto?

Vestía un pantalón vaquero oscuro, un fino jersey ajustado al cuerpo y una cazadora tres cuartos estilo militar. Sus ojos eran azules, de un azul claro brillante.

—Buenas, Señorita…

—Nora, me llamo Nora Fisher —juro que esperé que me conociera y que me hiciera algún comentario sobre mis libros eróticos, pero no lo hizo.

—Bien, Nora, cuénteme qué pasa.

Me sonreía levemente mientras, ya adentro en el vestíbulo, mantenía una postura erecta y de seguridad en sí mismo.

Le expliqué lo de los ruidos, y me hizo enseñarle toda la casa incluidos el sótano y la buhardilla. Mientras recorríamos las habitaciones su olor comenzó a penetrarme.

¡Era el perfume de la noche anterior! Un olor a madera, a campo fresco, como después de la lluvia.

—No veo signos de que haya ratas, Nora. Aún así, voy a poner trampas y venenos suficientes como para que si alguna de ellas anda oculta en los dobles fondos de las paredes, muera de inmediato —dijo distraído, mirando por todos los huecos y recovecos de la casa.

Yo lo miraba atontada. Me acordaba de su cuerpo desnudo, y no puede evitar la pregunta.

—Vasily, creo que ayer le vi.

—¿Ayer, dónde Nora? —me contestó sonriendo, como sabiendo a qué me refería.

—Ayer, fui a dar un paseo por el lago. Le vi sobre unas rocas, y estaba desnudo… perdóneme pero le vi masturbándose y me gustó, me gustó mucho.

—¿Sí? Me alegra Nora. A mí me encantó ver cómo te masturbabas en el porche… —me dijo, acercándose despacio, con ojos brillantes no humanos.

 

II

La lluvia cae a raudales mientras los rayos iluminan con sus terribles descargas la ciudad de Quintín. Baja e inunda en un torrente de agua sucia las cloacas. Todas nosotras estamos empapadas. A ellas no les importa. Solo piensan en comer. Yo tengo frío pero eso da igual. Es impropio de una rata quejarse. Si grito y me muevo es peor, una de ellas —una fea y gorda rata gris— se volverá y morderá mi pata derecha. Mi pata derecha está pegada a su boca. Casi no siento el dolor. Ella roe este miembro, ya inútil, de mi cuerpo. Solamente me queda un poco de carne en el muslo donde la rata gris no llega ni retorciendo bestialmente su cuello para alargarlo hasta él. Y si me muevo o discrepo, o muestro disgusto o dolor, es peor. Se abalanzan varias de mis congéneres contorsionando sus cuerpos hasta propinarme tantos bocados como pueden. Un día moriré. Me comerán estas ratas. Pero no importa que muera. Yo quiero salir de este amasijo de músculos y tendones. Desde que nací estoy sujeta a mis semejantes por el rabo. Me arrastran con descomunal inercia hacia un festín de carne y huesos putrefacto. Todo este aglomerado de carne, heces y orina ha quedado compactado, se ha incrustado en nuestros rabos formando un repugnante engrudo sanguinolento. Nos movemos solamente con las patas delanteras. A veces, debemos ir casi rodando para seguir una misma dirección y los tirones, torceduras, heridas y rotura de huesos es algo habitual.

Hay una rata que es la que manda. Creo que es la madre de todas nosotras. Pero no puedo saberlo, no tengo recuerdos de mi infancia. Ella es la peor. Parece disfrutar de nuestro sufrimiento. Ella decide hacia donde debemos movernos. Ella manda las señales olfativas para que las demás sigamos fielmente sus instrucciones. Cuando encontramos un cadáver, desperdicios, insectos o bebés en sus cunas plácidamente dormidos, como hasta saciar mi hambre pero lloro por ser parte de un engendro. Un amasijo de tendones, de sangre descompuesta, de nudos nerviosos que al unísono piensan. Yo conservo mi individualidad y sufro por formar parte del llamado “Rey de las Ratas”. Pero no es Rey, es Reina. Es nuestra madre la que empezó con esto. Ella no quería separarse de sus amados hijos.

Para los humanos somos un monstruo. Una leyenda que algunos no saben si es real o una invención de supersticiosos y agoreros. La realidad, yo os la cuento, somos una aberración biológica.

Nuestra capacidad de trepar y subir a las casas de los hombres está intacta. A una orden de la reina, todas nos ponemos en marcha como tropa. Es espantoso hasta para mí. Si no siguiera las órdenes de Ella, mi cuerpo se bambolearía arrastrado por el resto. Y después me devorarían hasta la muerte.

De la especie humana, solo atacamos a los recién nacidos, a los bebés inmóviles de las cunitas solitarias en noches de frío. Los bebés están deliciosos, tiernos y blanditos, y para cuando los incautos padres van a rescatarlos, la criatura yace muerta y devorada viva. Por nosotros, por mí.

Pero hoy, la lluvia nos empapa hasta la médula de nuestros cuerpos. Los relámpagos hacen vibrar suelos, paredes y techos de la alcantarilla en donde nos encontramos. Solamente hemos comido restos de comida basura tirada en un contenedor cercano. Por eso la rata gris está royendo mi pata derecha, babeándola, saboreando con su lengua asquerosa y negra el hueso flaco que me queda colgando, mientras se duerme. Ya casi no duele. Pero el runrún de su mordisqueo me adormece y voy cerrando los ojos por el sordo dolor que me produce.

¡Veo algo en las sombras de la cloaca!  Las cloacas son inmensas en Quintín. Grandes túneles horadados hace mucho tiempo que recogen las inmundicias humanas a toneladas. Ríos de orina y mierda humanas que para mí ya no huelen a nada.

Estoy segura. Una sombra más oscura que la sombra reinante anda moviéndose enfrente, a unos cien metros de distancia. La figura se acerca muy despacio. Es bípeda. Es un hombre. Pero sus ojos brillan en la oscuridad ¿No es un hombre? De repente para, se agacha, y a cuatro patas olisquea el suelo mojado de la alcantarilla.

Nosotras estamos simplemente recostadas en un recoveco de la pared, acolchado con papeles viejos de periódicos (que también comemos cuando hay hambre), plásticos y nuestros propios excrementos. La mayoría están durmiendo. Yo me siento mal. Quiero salir de esta pesadilla. A veces estiro y estiro para ver si, aunque sea mutilada, puedo sesgar esta unión antinatura. Pero me duele tanto…

El ser viene moviéndose muy despacio, sigilosamente. Pero sus ojos cada vez fulguran con mayor intensidad. Su olisqueo es de animal salvaje, pero estoy segura de que es un hombre. Lleva algo en las manos que no sé distinguir. Es algo que se asemeja a un paquete de regalo.

¡Lo he visto antes, no recordaba que le había visto hace meses! ¡Es el cazador de ratas! ¡Es el exterminador de ratas! El mismo que entró en aquella casa de campo donde comenzamos a anidar en la época de calor.

Recuerdo a la mujer. Una mujer que se paseaba desnuda por la casa y dejaba restos de comida por cualquier sitio. Allí no sentíamos hambre y aún éramos quince en el amorfo amasijo. Ahora somos más de cien.

Recuerdo a aquel tipo abalanzándose sobre ella. Comenzó a devorarla mientras le arrancaba la ropa con sus manos. Unas manos extrañas. Parecidas a las mías. Ella gritaba. Pero de repente él le tapó la boca con la suya. Comenzó a comerle la lengua a dentelladas. Levantó la falda de la mujer y con un gran rabo la penetró haciendo que se desgarrara por dentro. Todo alrededor de su cintura estaba bañado en sangre de la mujer. Ella aún se retorció unos minutos. Se asfixió con su propia sangre y lengua. Sus ojos estaban rojos del esfuerzo. Tengo que decir que yo me comí después uno de ellos.

El tipo iba creciendo conforme se excitaba. Su cuerpo se iba llenando de pelaje gris y corto. Su hocico se pronunció hasta alcanzar una gran dimensión. Metía su nariz en la boca de ella mientras copulaba ferozmente. Ella estaba muerta cuando aquella cosa miró hacia nosotros. Mi madre nos ordenó que corrieramos hasta meternos debajo de la casa, en los cimientos. Allí teníamos la guarida.

El ratero, el exterminador, nos había visto. Pasó allí el resto del día después de comer parcialmente y copular con el cadáver de la mujer. Bajó al sótano y levantó las viejas y carcomidas tablas de madera del suelo. Pero antes de que pudiera volar con dinamita aquella vieja guarida con nosotras dentro, pudimos escapar por la madriguera de conejo por la que nos habíamos colado hacía tan solo unos días.

Tras la primera noche de espera, al ver que el asesino había desaparecido, volvimos a darnos el festín. Nos terminamos de zampar a la señora.

Ahora, viene a terminar con lo que empezó. Jamás deja un trabajo a medias.

—¡Voy a gritar! ¡Voy a dar la voz de alarma! ¡Viene, se acerca, va a volar todo esto por los aires para asesinarnos! Y, después, comernos. Él, es el Rey de las Ratas. No. No gritaré. Estas, están dormidas. No voy a gritar.

 

III

—Bien, sí… ¿esta misma mañana? De acuerdo, allí estaré. Dígame Señora, ¿desde cuando escucha los sonidos de ratas tras las paredes?

Desde el otro lado del teléfono Nora le explicaba qué estaba ocurriendo en su recién alquilada casa de campo. Pero Vasily conocía muy bien su trabajo. Era exterminador de estas y otras plagas desde joven. En Quintín, y en los pueblos de los alrededores, era el único dedicado a este desagradable y demente trabajo. Lo hacía solo. Nunca tuvo compañeros. La tradición familiar le venía de su abuelo. El Hombre Rata de Quintín. El abuelo de Vasily no solo usaba venenos eficaces contra ellas. Venenos que nadie más conocía. Además de este reconocido buen hacer exterminando plagas, un día su hijo descubrió en su casa, a las afueras del pueblo, un auténtico laboratorio de experimentos atroces con ellas. Y es que el viejo Cholo a muchas ratas las capturaba vivas. Las estudiaba, las diseccionaba, las recomponía, observaba sus comportamientos, las exponía a situaciones de extrema hambruna y sed para —según él mismo contaba en la taberna de Lou sin remilgos— <<conocer a esas “hijas de puta” a fondo>>.

Fue bastante espeluznante encontrarle muerto a los 60 años, en el sótano de su vieja casa, devorado por las ratas. Vasily le encontró aquella mañana de verano, cuando estaba dispuesto a salir con él para ir aprendiendo “el oficio” que a su propio padre le repugnaba y que el viejo no había podido inculcar en su hijo. El chico encontró algo más. Un cuaderno de notas y ciertos mejunjes que jamás había enseñado el viejo a nadie. Todo esto se llevó Vasily y lo guardó como un tesoro para poder leerlo y utilizarlo a solas. No dio la voz de alarma.  Lo que el niño hiciera con aquellas cosas malditas, nunca se sabrá, pero el resultado fue que este niño usó todos los conocimientos del viejo de forma equivocada. Las mentes jóvenes malinterpretan las cosas de tal modo que hasta un paseo inocente se puede convertir en una tragedia.

Cuando al viejo lo encontró el vecino más cercano, estaba en los huesos. Ya ni siquiera hedía. Lo incineraron por petición de su único hijo. Y éste tiró las cenizas a la basura. Quería hacer desaparecer su legado y memoria junto con su cuerpo.

Vasily, heredó esta profesión de su abuelo —su padre jamás quiso dedicarse a semejante asquerosidad—. Pero a Vasily, desde bien pequeño, le apasionaba ir de cacería con el viejo Cholo. Se lo llevaba sin permiso de su padre, que intentó por todos los medios que su hijo estudiara afuera del pueblo internándole en un centro privado para evitar el contacto con el loco Cholo. Pero nada pudo con la unión entre viejo y nieto. Era superior a todo lo que los demás pudieran creer, opinar o maldecir.

Cholo fue el primero en hablar de Él. Según le contaba el abuelo a su nieto,  las ratas se unen para formar un ser descomunal que se aparece a los hombres para devorarlos en noches oscuras y solitarias. En callejuelas hediondas, El Rey, ataca a los vagabundos, presas fáciles y nunca reclamadas. Pero no conformándose con este alimento sube, además, a buscar su manjar preferido, por tuberías, conductos de agua o fachadas de los edificios habiéndose registrado en las últimas décadas muertes de bebés en sus cunas. Infantes comidos hasta el tuétano por este conglomerado de ratas devoradoras.

—Buenas, Señorita…

—Nora, me llamo Nora Fisher —dijo ella mostrándose cercana al desconocido. Lo miraba de manera insinuante, como quien tiene deseos carnales reprimidos.

—Bien, Nora, cuénteme qué pasa —Vasily comenzaba a sentir un hormigueo en su cuerpo. Su sentido del olfato era más agudo que el de los hombres, su sentido del tacto más sensible. Olía las feromonas de la mujer.

Se contuvo hasta estar seguro de que nadie había en ningún sitio, ni en la casa ni en los alrededores. Esta mujer estaba sola. La tenía a su merced. Había ratas, un Rey de Ratas insignificante, en la casa. Ya daría con él en otro momento. Era el que andaba molestando a Nora por las noches. Pero ella no sabía que el verdadero peligro estaba enfrente suya, recorriendo las habitaciones junto a ella, hablando de las alimañas como un verdadero profesional y mintiendo sobre las ratas que sí habían invadido la casa de campo, pero que él negó que así fuera.

—No veo signos de que haya ratas, Nora. Aún así, voy a poner trampas y venenos suficientes como para que si alguna de ellas anda oculta en los dobles fondos de las paredes, muera de inmediato —dijo distraído, mirando por todos los huecos y recovecos de la casa.

Ella llamó su atención buscando la mirada penetrante del Exterminador y le dijo con voz suave y tímida.

—Vasily, creo que ayer le vi.

—¿Ayer, dónde Nora? —le contestó sonriendo, como sabiendo a qué se refería.

—Ayer, fui a dar un paseo por el lago. Le vi sobre unas rocas, y estaba desnudo… perdóneme pero le vi masturbándose y me gustó, me gustó mucho.

—¿Sí? Me alegra Nora. A mí me encantó ver cómo te masturbabas en el porche… —le dijo, acercándose despacio, con ojos brillantes no humanos.

Vasily se acercó a ella despacio, mirándola fijamente a los ojos almendrados y negros, la mujer parecía fascinada hasta que, de repente, una mueca de dolor y espanto asomó en su rostro.

Él la rodeaba con sus brazos cuyas manos acababan en garras con uñas negras, fuertes y duras. Le cortaba la piel al tiempo que la asfixiaba y mordía en el cuello con dientes afilados e hipertrofiados de color amarillento. Ya la barba no era tal, sino pelos largos como bigotes de roedor, pero en gran cantidad y profusión. Los ojos de aquel hombre eran todo oscuridad hueca. Y crecía físicamente con la excitación que sentía. Una fuerza descomunal e irracional lo invadió por completo. La tiró al suelo y copuló con ella durante horas, devorándola a un mismo tiempo.

Y es que Vasily había tomado, desde niño, las pociones que su abuelo había elaborado con la savia de las ratas más adaptadas de entre todas las que había cazado durante sus 30 años de insidiosa profesión. Y Él, como buen heredero, continuó el trabajo que su abu había comenzado. Obtener en el hombre la gran capacidad de adaptación y supervivencia que tienen las ratas. Eso consiguió Vasily.

Era El Rey de las Ratas.

 

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2 Comentarios

  1. Me. Lino

    Grande Vasily. Uno de mis personajes favoritos. Chuck Hogan estaría orgulloso. Muy buen relato ?.

    • María Larralde

      Muchas gracias por tu comentario. Efectivamente, es mi personaje favorito junto a Abraham Setrakian, y el hispano. Quise hacerle un pequeño homenaje, un poco más gore que el original, y a mi manera, por supuesto. Pero es que “el ratero”, como le llamo, es un personaje carismático, moralmente atractivo y, desde un principio, equilibrado, inteligente, divertido e irónico. Un saludo Me. Lino.

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