El ruido del altavoz nos despierta indicándonos que otro día ha comenzado; de pronto aquella ominosa verdad se hace tangible cuando el alcaide vocifera una y otra vez que nos pongamos de pie. A continuación los acólitos que le siguen penetran atropelladamente en nuestro dormitorio con la intención de retirar las frazadas que todavía cubren los cuerpos de aquellos que permanecen acostados. Ciertamente la  amenaza de recibir un latigazo consigue despabilar por completo a esa pequeña fracción de reticentes que se han negado a abandonar sus camas.

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